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#Our father· Crepúsculo Rol




Cruzar el infierno sin miedo

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Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Vie Feb 10, 2012 5:20 am

Martes, 14 de febrero de 2012 | 03.27 h.
Algún hotel de Estados Unidos | Habitación 412
Noche despejada

Se estiró boca arriba en la cama, entre las sábanas revueltas que lo cubrían hasta la cintura. Puso las manos tras su cabeza, tranquilo, relajado... satisfecho. Podía captar el olor de una vela que se consumía, ya sin esperar por nadie, o los ruidos del tráfico nocturno que atravesaban el cristal de la ventana; también el crepitar del fuego en la chimenea. Pero sobre todo, podía sentirla a ella, allí, a su lado. Su olor, su pulso muerto, su piel helada que contrastaba con la suya. Y era tan sencillo percibirla, ser consciente de su presencia, que mantuvo los ojos cerrados, porque no le hacía falta verla.

¿Cuántas cosas habían sucedido desde la primera vez que la había visto? Demasiadas, pero ahora que la tenía a su lado no importaba.

- Si supiésemos cuándo y dónde volveremos a encontrarnos... nuestra despedida sería más tierna- susurró en francés las palabras que, una vez, alguien le había dicho. Que él había pensado cada vez que había vuelto a reencontrarse con Juliette a lo largo del tiempo, pero que nunca había compartido con ella en voz alta hasta aquel momento. Y sin avisar, eso le llevó a aquella noche de 2007. En un recuerdo tan nítido, que era como si lo viviese de nuevo.

__________

Martes, 4 de diciembre de 2007 | 21.07 h.
Estreno de “El Fantasma de la Ópera” | Universidad de Washington
Noche nublada y fría

A sus 25 años, Reuven ya era un agente de la Mossad por derecho propio, y había demostrado suficientes aptitudes como para que el FBI se interesase por él. Eso fue lo que le llevó a Washington, le reclamaban en aquella sede para “estrechar lazos” entre agencias. Puede que los americanos no fuesen especialmente sutiles, pero siempre se comportaban como caballeros, y parecían orgullosos de su país y todo lo que se producía en él.

Así fue cómo, aquella noche, terminó junto al agente del FBI Masters en la ópera universitaria. Vistiendo un elegante traje de diseño, como la ocasión y no solo su trabajo merecían, y acomodado en la butaca de un palco, se mentalizaba para soportar una tediosa ópera que no le interesaba lo más mínimo, pero a la que debía asistir como deferencia a sus colegas americanos.

Y entonces, una chica llenó el escenario con su presencia y el auditorio con su voz. Reuven se quedó petrificado, sentía algo extraño en su interior. Se movió en su asiento, estaba incómodo. Aquella mujer lo perturbaba a la vez que lo atraía. Cogió el panfleto que les habían dado a la entrada y buscó su nombre, era como si necesitase saberlo.

Christine Daaé, interpretada por Juliette Belmont.

Juliette. ¿Curioso, no?

Y si bien se sintió perturbado durante toda la obra, cuando esta terminó y el agente Masters le propuso presentarle a la plantilla, no dudó en aceptar. Pero para él, la compañía se reducía a una sola mujer: la señorita Belmont. El vello se le erizó cuando la tuvo a unos metros, tanto que ni prestó atención al olor vampírico que destilaba uno de los hombres que formaba parte de la compañía. Era una humana de aspecto alegre y jovial, parecía contenta y satisfecha con el papel que había interpretado y no era para menos. Masters la saludó, al parecer era amiga de su hija, que también participaba en la función. Se sintió cohibido, por eso, en lugar de saludarla a la europea, le tendió la mano en un gesto demasiado frío para todo lo que se producía en su interior.

- Reuven Karzai, encantado de conocerla- sí, sonrió de forma amistosa, no pudo evitarlo, y tampoco mirarla rozando un estado de hipnosis-. Supongo que estará cansada de oirlo, pero su voz es maravillosa- Nada de comentarios capciosos, o bromas fuera de lugar. Se estaba comportando como un caballero. ¿Caballero, él? ¿Qué coño le pasaba?

Lo sabría poco después, cuando un alfa le explicase algo más sobre su naturaleza de licántropo. Psicadelsis. Almas destinadas a estar juntas. El destino era cruel con Reuven, porque aquella misma noche, cuando él se hubiera ido tras la escueta presentación, Juliette perdería su alma a favor de la inmortalidad.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Arya Bellemondo el Vie Feb 10, 2012 5:19 pm

Cuanto daño puede hacer la distancia, pero cuanto mas dichoso es el encuentro después de tanto tiempo. Hubiese deseado que su corazón funcionara, para que entonces el pudiera percibir los latidos que con fuerza golpeaban su pecho, de la emoción y el regocijo que era tenerle a su lado, hubiese deseado también ser humana, para compartir la calidez de esa piel abrasadora que quemaba su piel en cada caricia, en cada encuentro donde no estuviese de por medio la ropa o las sábanas. Atesoraba su aroma, el sabor de su piel y sus labios, aquella sonrisa de satisfacción tras el orgasmo, esos ojos que brillaban intensamente, las perlas de sudor en aquella piel canela.

El era la visión mas hermosa del mundo, ese cuerpo desnudo que ya se conocía a la perfección, incluso pudiese hacer un mapa con la geografía de su piel. Hundió el rostro en su regazo, aunque el no la abrazaba, ella sentía su cercanía. Ladeó el rostro para pegar su oído al pecho que hervía, podía escuchar aquel latido, su respiración se armonizó con este.- ¿Sabes?... si me quedo quieta de este modo… puedo sentir como si mi corazón latiera al ritmo del tuyo.- expresó la joven cerrando sus ojos, depositando un beso en el pecho de Reuven y reposando de nuevo la cabeza en el mismo.

El sol se acercaba y el peligro de la luz diurna no tardaba en amenazar su existencia, pronto sería la despedida, en un par de horas el sol se asomaría inconvenientemente por la ventana; ella lo sabía y el sintió aquello, puesto que de inmediato escuchó aquellas palabras que sonaban hermosas en su lengua natal. Cuanto extrañaba Francia, cuanto extrañaba su humanidad, por que si aún le perteneciese, entonces no habría barreras, no habría un por que, que le impidiese estar con el siempre y entregarse en cuerpo y alma a aquel hombre. Pero las cosas nunca eran así de fáciles.

-No te despidas aún…- habló llevando su dedo índice a los labios de Reuven, no quería despedirse.- Tal vez es una tontería, pero si pudiera postergar por siempre tu partida, daría a cambio lo que sea. ¿Qué pides? ¿Mi inmortalidad? Es tuya… ¿Este corazón que ya no late? Arráncalo, te pertenece… Pero no te despidas aún.- suplicó buscando los labios de Reuven, mientras la sábana resbalaba por su espalda al estirarse hacia el cuerpo ajeno, mostrando su torso desnudo a la tenue luz de las velas. Acarició aquel cabello oscuro, que contrastaba con las hebras doradas del propio que resbalaba por sus hombros como una cascada de oro.

***
Martes, 4 de diciembre de 2007 | 21.07 h.
Estreno de “El Fantasma de la Ópera” | Universidad de Washington
Noche nublada y fría

Los aplausos llenaron la sala, el telón bajó para ponerle fin a la obra. Juliette lucía radiante en aquel vestido blanco, con sus cabellos en ese entonces marrones envueltos en listones y perlas. Corrió a abrazar a Matthews, este le dedicó una mirada que en ese momento no entendió. Le pidió que se encontraran en la entrada trasera del teatro antes que terminase la velada, quería ir a celebrar con ella a solas, pero Juliette primero necesitaba aparecer en la celebración del éxito del musical. Se despidió con un tenue beso y se dirigió al camerino compartido que tenía con tres actrices mas de la obra.

Se puso elegante y guapa, un vestido de seda rojo, regalo de Matthews. Los miembros de la compañía estaban eufóricos, a cada rato se escuchaban los “pop!” de los corchos al abrir la champagne. Un enorme pastel con una máscara en glaseado blanco era cortado y repartido.

“Señorita Juliette” Escuchó decir tras de si, se giró con una gran sonrisa, era el padre de Melinda, quien hacía el papel de Meg Giry. Le abrazó y depositó un beso en la mejilla del hombre, entonces aquel le presentó a un joven apuesto y de rasgos del oriente. Le sonrió haciendo una leve reverencia con la cabeza y estrechó su mano con delicadeza. – Juliette, mucho gusto.- quizás un saludo demasiado informal, pero era una jovencita, no estaba acostumbrada a tanta formalidad. Iba a preguntarle por su nacionalidad, pues el nombre le resultaba curioso e interesante, pero supuso que sería algo inapropiado, a demás de que el rostro adusto del joven la intimidó un poco. – Nunca me canso de oírlo.- dijo bromeando, pues si bien sabía que su voz era un don especial, no era del tipo de chica con un ego inflado por ello.- Muchas gracias.- y una sonrisa se dibujó en los labios de la joven.- ¿Gusta una copa? Hay que celebrar…- ofreció tendiéndole una de las copas de champagne servidas en una mesita.- Por que las funciones que vienen, sean siempre como esta.- brindó alegremente y tras chocar su copa con la de Reuven, bebió un poco de aquel líquido espumoso.

Sonó entonces su celular con el ringtones de la canción principal de la obra, era Matthews. – Con su permiso, tengo que retirarme. Ha sido un placer Reuven.- y sin mas le besó la mejilla para despedirse. Finalmente corrió hasta perderse tras de las cortinas que daban paso a los vestidores y de ahí a la salida trasera del cuarto. Dolor… sangre… oscuridad. Sus latidos pararon aquella noche y murió para renacer a la siguiente a una nueva vida, a una vida inmortal.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Vie Feb 10, 2012 8:23 pm

Chocó su copa con la de Juliette, y cuando se despidió besándole en la mejilla, puso su mano donde ella había colocado sus labios. No tardó mucho en darse cuenta de lo ridículo de aquel gesto, por lo que apartó la mano rápidamente, y carraspeó frunciendo el ceño, buscando recuperar la compostura, ajustándose el nudo de la corbata mientras miraba cómo ella se iba, como si eso fuese a ayudarle.

La escena no pasó desapercibida al observador agente Masters, que en aquel momento, le dijo aquella frase que, años después, él le susurraría en francés en aquella habitación de hotel. A pesar del tono de burla del americano, sus palabras le parecieron brutalmente ciertas.
__________

Tras el beso, sonrió ensimismado. Tenerla al lado de nuevo, sentir el tacto de su gélida piel, escuchar de su voz aquellas palabras en las que creía, pero no confiaba. El paso del tiempo le había demostrado que ese tipo de declaraciones eran ciertas en el momento en el que se pronunciaban, pero lo que sucedía después, cuando sus deseos escapaban a su control o caprichos... Quizás por eso se resistía a abrir los ojos, a mirar hacia la ventana y darse cuenta de que el sol los separaría como tantas otras veces. De que el tiempo no espera por nadie.

- Sabes que nunca te he pedido nada- le dijo, mientras llevaba una de sus manos hacia aquel pelo, ahora rubio, que tanto le gustaba, para acariciarlo de forma distraída-. Y tú tampoco has tenido que hacerlo, así que no te pongas dramática- dijo divertido. Porque se lo había dado todo, aun cuando supo que era inútil.

Y ahora que el deseo animal había quedado saciado, cuando podía ser consciente de que aquella relación iba mucho más allá de lo puramente físico, alargó la caricia, dejando que su mano recorriese la columna vertebral de la vampira hasta desviarse con lentitud para llegar a su mano. Entrelazó sus dedos con los de ella, con una delicadeza impropia. Y arrastró sus manos hacia la cicatriz de su abdomen, sin que sus pieles se separasen lo más mínimo. La recorrió con su mano, despacio.

- Cuando llegan las lluvias, aún me duele- le explicó con un tono quizás demasiado solemne-. Pero me gusta que sea así, porque es como si...- lo que menos quería, era que Juliette se sintiese culpable por ello a aquellas alturas- tú volvieses a estar cerca- y para volver a sentirse bien tras confesar algo de aquel calibre, dejó que saliese su parte más infantil- ¿Tenía que ser de plata, eh?- la despeinó cariñosamente, y su siguiente respiración, fue más profunda.
________

Sábado, 23 de agosto de 2008 | 23.27 h.
Fiesta de inauguración de Il caffè amaro | Cafetería en Venecia
Noche cálida

Buscó información sobre ella, toda la posible. No fue difícil teniendo acceso a todas las bases de datos controladas por el FBI y la Mossad, solo tuvo que pulsar algunas teclas. Tiró del hilo, y cuanto más sabía de ella, más quería conocer.

Tampoco le resultó difícil buscar una excusa para llamarla. Inventó que a una de las asistentes le habían robado un guardapelo muy valioso y antiguo, y que como conocía a algunos agentes estaban todos jugando a buscarlo, como un favor personal. Si ella descubrió el engaño, nunca se lo dijo. Muy de vez en cuando, tenía el arrojo necesario para llamarla, solo para preguntar un “como estás” con esa naturalidad que siempre lo ha caracterizado.

Hasta que llegó la oportunidad, y no lo dudó. Porque si ella iba a estar en Venecia ¿qué suponía para él un viaje de 543 kilómetros desde Roma, que era donde se encontraba destinado? Lo que haría, o diría, no lo tenía decidido. Había pensado mucho en ello, imaginado situaciones, conversaciones posibles... Pero no la conocía lo suficiente para prever cómo reaccionaría. Así que durante aquellas seis horas en coche, fue poco a poco, haciendo una lista mental de todo aquello debía decirle. Porque quería ser sincero, y explicarle la verdad. Darle la opción de elegir, y demás romanticismos idealistas que con ninguna otra tenían sentido. Y prefería no ser demasiado fantasioso, porque era sencillo imaginar cómo sería abrazarla, besarla y perderse en su cuerpo como si no existiese ningún otro lugar.

Y tras un viaje demasiado largo, aparcó y fue dando rápidas zancadas hacia aquel café, como la polilla que se dirige hacia la luz. Buscando aquellas mismas sensaciones que había experimentado en Washington. Se asomó a la puerta y la vio, iba a saludarla pero algo se quebró en su interior. Porque aquello que esperaba encontrar, ya no estaba allí. No, al menos, como lo había esperado. Se dio la vuelta sin llegar a entrar, caminó hasta el callejón aledaño, quería gritar pero se contuvo. Solo dio un fuerte puñetazo contra la pared, para luego mirar cómo sus nudillos ensangrentados se regeneraban al instante.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Arya Bellemondo el Sáb Feb 11, 2012 12:35 am

Ella sonrió ampliamente en el mismo instante en que la llamó dramática, si Juliette tuviese una moneda por cada vez que le habían llamado de ese modo, sería el doble de rica, económicamente hablando. –Ya me conoces, amo el drama… soy actriz querido mío.- dijo pasando su nariz delicadamente por la mejilla del lobo, le gustaba esa sensación, le picaba un poco debido a su barba, la cual no dejaba ni muy larga, ni muy corta y finalmente recargó su cabeza en el hombro de este. Entrecerró los ojos cuando el acarició sus espalda y entrelazó sus dedos con el, cuando este así lo hizo, aquel hombre que a simple vista podría considerarse tosco y medio hostil, pero con ella era dulce y amable, sin perder ese aire varonil y rudo que tenía.

Los ojos claros de la chica divisaron el lugar donde ahora reposaban las manos de ambos, se mordió el labio inferior, no podía evitar sentir culpa, aunque Reuven distrajese aquello con sus palabras. Acercó la mano del licántropo, que tenía entrelazada con la suya y besó dulcemente cada nudillo, luego la muñeca y se movió para poder besar la cicatriz.- Lo siento mucho.- dijo en un tono apenas audible, sabía que el ya no pedía una disculpa por aquello, que la había perdonado. Dijo que le gustaba por que con ello la sentía cerca, ella le miró a los ojos torciendo un poco los labios.- Bonita forma de recordarme…- dijo bromeando para besar su barbilla. Si, aquella marca había sido hecha por sus manos, con una daga de plata.- Era lo que tenía a la mano. Pudo haber sido un bote de basura en la cabeza.- bromeó de nuevo recordando aquel callejón, no había mucho con que defenderse y era lo que Darina, su amiga y tutora en aquel entonces, le había dado para defenderse. Una hermosa daga de plata, la había robado de la oficina de una de sus víctimas, un empresario o algo parecido. Darina sabía bien que en aquel lugar había una manada de hombres lobo que mataban vampiros y lo mejor era que fuera preparada, por ello le había dado ese obsequio, un obsequio que aún conservaba hoy en día y que iba guardado en su bolso siempre.

Se peinó de nuevo el cabello que Reuven le había desordenado y se movió para quedar sobre el, sus ojos le miraban con una dulzura inocente, podía verse en ellos los sentimientos que tenía por el, no era difícil leer aquella mirada. Se agachó hacia el pecho del turco y recargó su mejilla en este, su piel ardía, ardía como las llamas del infierno y aún así, para ella estar ahí, era el cielo.-Si la muerte verdadera me llevase en este momento, podría decir que moriría feliz.- comentó con una gran sonrisa Juliette y levantó la mirada para verlo a los ojos.- Pero no quiero morir.- Se agachó y besó la herida, la acarició delimitando el borde con la yema de sus dedos.- Estúpido sol y sus estúpidos rayos asesinos.- se quejó haciendo puchero y se deslizó de nuevo hacia la cama, hasta que su espalda tocó el colchón, suspiró y se quedó quieta mirando el techo, a veces era algo infantil, después de todo a pesar de ser vampiro, era muy joven.

***

Era curioso como la vida jugaba malas pasadas a las personas y era una broma cruel lo que el destino le depararía. Por que a pesar de que trataba de huir de si misma, de lo que era ahora, en lo que la había transformado ese hijo de perra, mas se topaba con el problema. Afortunadamente, la vida misma que se había empeñado en llevarla al abismo de miedo, dolor y soledad, le había compensado con una pequeña luz en el camino. Aquella llamada había llegado de la nada, en aquel viejo hotel en San Fransisco, en aquel entonces se había alejado de Matthews, había sido liberada y se encontraba muy confundida y sin ninguna idea de hacia donde ir o que hacer. Pero en cuanto escuchó aquella voz por el teléfono, su sonrisa se iluminó de nuevo. Era grato escucharlo, y saber que el no la había olvidado a pesar de haberse hablado apenas unos minutos. El la recordaba, no a la Juliette hecha trizas que era ahora, recordaba a la radiante Juliette de aquella noche en el estreno. Bella, jovial, llena de alegría y vitalidad. A través de Reuven, fue recuperando a aquella Juliette que había perdido, aquel hombre le devolvía con cada llamada una parte de aquella humanidad perdida. Y así como pueda sonar absurdo, la relación a distancia se hizo esencial para ella. A veces eran llamadas cortas, otras tantas platicaban por horas sobre todo y nada, realmente evadían los temas que tuvieran que hablar de su vida personal, pero se conformaba con compartir ese tiempo con el. Ella era feliz en esos instantes, pues sentía que no era el monstruo en el que se había convertido. Reuven la hacía sentirse humana, viva y dichosa. Aunque no se esperaba que algún día las llamadas dejaran de ser solo eso, pequeños estímulos a distancia, no se imaginaba que se iba a encontrar de nuevo con el cara a cara y que el encuentro sería devastador…


La bella Venecia, con sus laberínticos canales y sus románticas góndolas, los edificios antiguos flanqueando el agua que reflejaba el manto nocturno con la soberbia luna y las estrellas traviesas que parpadeaban constantemente haciendo gala de su hermosa luz. La luna era la reina del firmamento y las estrellas sus pajes amables que la acompañaban y jugaban rondas a su alrededor para entretenerla. Un lugar propicio para el amor, el romance y la pasión.

Se encontraba ahí por negocios de Darina, su amiga no había querido ir sola y Juliette fue con ella, aún era miedosa para viajar, le temía al sol con ese miedo intenso que consume desde las entrañas, pero Darina, siempre dulce y amorosa, la convenció para que no temiera y prometió cuidarla. Y ahí estaba, en aquel café, esperándola, había salido del refugio de Il Consilio apenas se había ocultado el sol, prometiéndole que se encontrarían en aquella cafetería, que curiosamente se inauguraba aquella noche.

Se encontraba sentada, con una taza de latte bien caliente, hojeando el periódico del día, escuchando las canciones que ambientaban el feliz festejo de tener aquel lugar abierto en una zona de por si aglomerada con restaurantes y bares. Frente al local, los canales hacían gala del desfile de góndolas con amantes abrazados y besos indiscretos. El ambiente estaba plagado de el aroma a pan dulce y café tostado, de olor a mermelada de chabacano, chocolate y algo mas.

Levantó la mirada, sus ojos se encontraron con los de Reuven a través del cristal del local, ella pestañeó sorprendida, pero un segundo después, el chico se había dado a la fuga. Juliette no comprendió aquello ¿Qué demonios hacía allí? ¿Por qué se había ido corriendo? Era mejor así por que ¿Y si la sed le ganaba? ¿Y si le hacía daño? Con todo y las dudas rondando su cabeza, se levantó de la mesa aprisa y salió dejando unos billetes en la mesa, pagando el importe de su bebida que ni siquiera había tocado y propina.

Al llegar a la puerta, el aire trajo a si un efluvio incómodo, frunció el entrecejo a sabiendas de que el aroma era el de el.- No… por favor no…- se dijo a si misma con cierta angustia y corrió tras el. El viento agitaba su cabello castaño oscuro que llevaba suelto adornado solo con un prendedor floral. Siguió el rastro por un par de calles que desembocaban en un oscuro callejón veneciano.

Apenas dio un paso dentro de la calleja cuando sintió el aroma a sangre, entonces lo vio, se encontraba contra el muro, sintió como sus entrañas se anudaban, un golpe en el pecho, estaba consternada. Se quedó congelada sin atreverse a dar un paso mas hacia el, por que ahí estaba, su luz en tiempo de sombras, pero también, un enemigo natural. –Reuven…- habló con voz entrecortada.- Eres… eres…- como reprochar aquello si ella misma no era la de antes, si ella era otra clase de monstruo.- ¿Un lobo?…- Instintivamente por el aroma a licántropo y debido a su inexperiencia para controlarse, sus colmillos emergieron a modo de defensa. Ella de inmediato y apenada, se llevó las manos cubriendo su boca, desvió la mirada con vergüenza. ¿Cómo podía el verla así? ¿Qué debía hacer? ¿Huir antes de que el instinto animal -mas fuerte en los lupinos- de Reuven le incitara a matarla? No pudo moverse, solo le miraba sorprendida. Menuda broma la de la vida, que le ofrecía una soga a la cual asirse para no caer y luego la cortaba descaradamente.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Sáb Feb 11, 2012 5:18 am

- Nada que sentir- respondió en el mismo tono de voz bajo que había empleado ella, notando cómo sus labios recorrían su barbilla. No pudo evitar reír cuando ella dijo que era una “bonita” forma de recordarla, tampoco cuando mencionó el cubo de basura-. Supongo que tengo un lado masoquista, y por eso acabé enamorándome de ti- bromeó-. Las furias asesinas te sientan bien, estas muy guapa cuando te pones rabiosa ¡rawr!- rió de nuevo, hasta cierto punto era cierto. Solo que ella le gustaba siempre. La atrajo hacia sí, y la besó lentamente- Sabes que es broma... Tendría que buscar un arma para que la utilices contra mi cuando te enfades- recorrió el puente de su nariz con uno de sus dedos-. Una que no me haga mucho daño, que si no, juegas con ventaja.

Vio cómo ella se peinaba de nuevo, y su pequeño cuerpo se colocaba sobre el suyo. Los contrastes se revelaban evidentes: frío contra calor, su nívea piel contra la suya propia, bronceada de forma natural. En realidad, si se miraba más allá de lo que se podía ver o tocar, las diferencias continuaban. Y aún así, él no querría estar en otro sitio, y tampoco que aquello terminase. Juliette habló de la muerte.

- Shh...- había cosas en las que no quería pensar en aquel momento, como en la posibilidad de que ella muriese, o que la hora de separarse de acercaba. Increpó al sol, y cuando hizo un puchero, Reuven acarició su rostro. Le gustaba aquel tipo de gestos infantiles que tenía. Por eso, cuando ella se separó de él, no tardó mucho en extender uno de sus brazos para rodearla con él- Ven aquí, anda- la atrajo de nuevo hacia sí, para abrazarla. No quería separarse de ella, y no le hizo falta decir nada. Sus labios estaban ocupados besando sus hombros gélidos.
________ 

La naturaleza también se equivoca, eso estaba claro. Si no, ¿por qué le habría hecho imprimarse de una chica que, ahora, era su enemigo natural? Pero Reuven no pensaba en ironías del destino, ni en conceptos abstractos. Su mente estaba colapsada, porque todas las esperanzas que tenía se habían convertido en ruinas en un solo momento. Y digerir eso, es complicado, especialmente para alguien pasional.

Apoyó su espalda sobre el muro, sintiendo el dolor de sus nudillos como ancla con la realidad, para no perderse en toda aquella confusión.

Menuda mierda, joder.

Lo pensó con incredulidad, era demasiado irónico para ser cierto. Y entonces ella apareció a la entrada del callejón, y dos instintos salvajes chocaron dentro de su pecho. Por un lado el impulso de obviar que era un vampiro, hacer aquello para lo que se había desplazado hasta allí y ver qué pasaba. Por otro, dejarse llevar por esa repulsión natural, convertirse en lobo y sacar su parte más animal, que le decía que debía poner fin a un ser que no debía existir. Pero la miró a los ojos, y aquella enemistad natural fue más fácil de controlar que nunca. Porque a pesar de los tintes vampíricos de su aroma, también mantenía aquellos toques de la humana que era su delfa, y que ya no existía como tal.

Su risa sonó amarga, ampliada al chocar contra las paredes del solitario callejón.

- Desde que nací, y tú no puedes decir lo mismo- su tono era hostil, porque estaba enfadado y dolido. No con ella en realidad, con la situación, con aquella macabra broma. Pero en aquel momento le era difícil diferenciar, especialmente cuando vio sus colmillos- ¿Y ahora qué, eh?- se lo preguntó como si Juliette tuviese la respuesta.

¿Dónde quedaban ahora todas aquellas horas al teléfono? ¿Dónde las esperanzas o la ilusión? ¿Existe un vertedero específico para aquellas cosas? No, porque a pesar de todo, él seguía albergando sentimientos por ella, pero estaba demasiado confuso para asumir nada de eso. Y solo pensaba en una cosa demasiado obvia: ningún vampiro podría estar con un licántropo sin consecuencias.

Hiérela para salvarla.

Sabía que, posiblemente, sería lo mejor para ella. Que Juliette pudiese desentenderse de él, y olvidarse. Después de todo, apenas se conocían. Aunque él no sentía que tuviera que conocerla para saber que la amaría siempre. Se irguió para quedar de pie frente a ella, sintió un dolor punzante en la boca del estómago. Antes de pronunciar nada, sabía que le dolería decir aquel tipo de cosas, pero no era alguien egoísta, y en aquel momento lo consideraba necesario. Su tono se volvió frío, tan gélido como sabía que ahora era la piel de ella, convirtiéndose por sí mismo en una mentira.

- Podías habérmelo dicho, nos hubiéramos ahorrado todo esto- metió las manos dentro de sus bolsillos, solo para que ella no le viese apretar los puños expresando su frustración, y reticencia a continuar hablando. A decir algo que no quería decir, pero lo consideraba necesario-. ¿Cuándo decidiste convertirte en una asesina? Solo por curiosidad.

No sabía hacia dónde les llevaba aquella situación. No le importaba, porque ya nada parecía ser relevante. Salvo ella, pero limitó esa sensación, encerrándola en algún rincón de su alma, donde le abrasaba matándolo por dentro.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Arya Bellemondo el Sáb Feb 11, 2012 3:03 pm

Rió con el en cuanto dijo que le sentaba bien el estado de furia en el que había entrado aquella vez.- fue en defensa propia.- alegó como si estuviese confesándose ante un jurado. Pelear fue la única opción que le dio ante aquella hostilidad esa noche.- tu también eres sexy cuando te enfadas… en especial cuando pasas de lobo a humano.- comentó arqueando las cejas en una exagerada mirada pervertida, para luego reírse y es que después de salir de su estado lobuno, Reuven terminaba desnudo y sudoroso y eso era tremendamente atractivo, aunque no del todo la parte de la transformación, el crujir de huesos, la piel estirándose y demás parte del show era bastante impresionante y ¿Por qué no decirlo? Desagradable, a Juliette le parecía que eso debía doler muchísimo.

Correspondió el beso tiernamente, acariciando la mejilla de su amado, de nuevo esa sensación de no querer soltarlo para no perderlo, por que a pesar de tenerlo a su lado, a veces sentía que se le escurría como arena entre los dedos, ambos se entregaban el uno al otro y sin embargo no se podían pertenecer del todo, su esencia se los impedía. Menuda trastada del destino, pero no iba a quejarse, lo quería a su lado aunque fuera por efímeras noches que se terminaban apenas se daba cuenta. Justo como aquella que estaba a punto de llegar a su fin.

- ¿Un arma? Tengo mis colmillos, pero eso implica que tu tengas que usar los tuyos y… sinceramente no me place quedar entre tus fauces… literalmente hablando.- Ella también había recibido heridas aquella noche de parte de aquel lobo, aunque no habían quedado cicatrices y no le agradaba la idea de recordar aquellas feroces fauces que bien le hubiesen podido arrebatar la vida, o lo que fuera que fuese aquello que la mantenía funcionando a pesar de la muerte. A demás, jamás le había mordido, Juls nunca había probado la sangre de Reuven, mas allá del conocimiento de saber que su sangre era muy amarga, se había negado a hacerlo por respeto a su vida, por respeto a su sangre y por lo que sentía por el. A pesar de la sed, a pesar del deseo, por que en los momentos mas eróticos con el, siempre se asomaban aquellos traicioneros colmillos, deseando ser encajados en su piel canela. Afortunadamente siempre lo había controlado, aunque el deseo fuese grande.

Terminó cambiando el tema cuando notó que el no deseaba pensar en ello, así que simplemente se quejó cual niña pequeña del sol y del día que se aproximaba cada vez mas. Pronto tendría que partir, había un refugio a un par de cuadras, de los que Il Consilio coloca en varias ciudades para los vampiros que necesiten usarlos, podría llegar ahí rápidamente, era por ello que ahora postergaba los minutos, por que no importaba que se quedara hasta justo un par de minutos antes de que el sol saliese.

Tras el berrinchito, Reuven la atrajo hacia el de nuevo, ella no opuso resistencia, al contrario, le rodeó con sus brazos y se dejó llevar por los besos de aquellos labios cálidos, podía incluso sentir el rastro de calor que dejaba al contacto de su piel helada. Miró el contraste de su piel con la ajena.- Café y Vainilla.- pensó en voz alta, sonriendo mientras acariciaba el pecho de su amante. – Era mi sabor de helado favorito… la mezcla es deliciosa…- habló mientras besaba su cuello, atrapando luego el rostro de el entre sus manos, buscó sus labios con urgencia para probarlos y deleitarse con ellos, con aquella urgencia de fusionarse de nuevo con su piel, con su aroma, con sus caricias. Sus manos delimitaron su espalda con la paciencia de quien explora un recinto especial, lo atrajeron hacia ella reclamando su cuerpo, el beso se tornó intenso, ella no necesitaba respirar, así que podía seguir así hasta robarle el aliento.

***

Boquiabierta, así era como había dejado aquella sorpresa a la vampiresa, no era posible que de la nada aquel trocito de esperanza se hubiese esfumado con el aire al tiempo que aquel efluvio llegaba a su nariz. Frente a ella ya no estaba el hombre amable y atento que llamaba a veces solo para decir “Hola”, o que usaba pretextos absurdos al principio solo para encontrar una excusa para hablar con ella, frente de si tenía un enemigo. Y odiaba pensar en el como eso, pero ¿Qué otra cosa podían ser un licántropo de un vampiro?

Sus palabras eran lanzadas con rabia, Juliette no podía entender el cambio tan repentino, no era tan instintiva como el, si bien sentía sus músculos tensos por la presencia de aquel lobo. – Tienes razón, no puedo decir lo mismo.- bajó la mirada y es que por lo poco que sabía la condición de Reuven era de nacimiento, así que aquella noche en que lo conoció, ya lo era.

No controló sus instintos y los colmillos brotaron, cual mármol pulido brillando fugazmente. ¿Y ahora que?, preguntaba el, como si Juls tuviese la respuesta en sus manos, negó con la cabeza, nada que pudiera hacer o decir iba a tornar aquella situación menos incómoda y peligrosa. Podía sentir su propia naturaleza, incitándole a atacarle y sabía que probablemente el estuviese en la misma disyuntiva, por que no había modo alguno en que pudiera no sentirse agredido y aunque no era una mentira, había omitido ese pequeño detalle, al igual que el mismo con lo de su naturaleza lupina.

Sintió la mirada del lobo clavada en si, levantó la vista, para sostenerla en aquellos ojos que reflejaban enojo, ahora ¿le estaba echando la culpa de eso?

Soltó una risa irónica.- Claro, como si esas cosas se soltaran por teléfono.- rodó los ojos, era absurdo que alguien dijera “Ah por cierto, ¿te mencioné que soy un vampiro?- Tu también pudiste haber mencionado lo que… eres. Y no lo hiciste.- soltó con cierto enojo, también era tonto su reproche.- “Tiene una linda voz… por cierto… ¿sabe que me transformo en lobo en luna llena?"- dijo haciendo pantomima de aquella noche, demostrándole lo ridículo de la petición.

Trató de tranquilizarse, no quería que su enojo se le saliera de las manos, aún era demasiado joven como vampiro para poder controlarse por completo, así que era mejor no rebasar los límites. A demás no quería lastimarlo, no quería pelear con el, tenía demasiadas cosas que agradecerle como para caer en la agresión. Se llevó la mano al cabello, acomodándoselo hacia atrás, sus dedos chocaron con el broche de flor que adornaba su cabello y este cayó al suelo, la vampiriza no hizo esfuerzo de recogerlo, por ahora sus prioridades estaban en otro sitio. Hizo el ademán de irse, era lo mejor, perderse en la noche y no volver a saber nada el uno del otro. Sin embargo lo siguiente si la enojó y mucho. ¿Cómo podía juzgarla? Se paró en seco, sus colmillos emergieron de nuevo, estaba jodidamente molesta, por que el que estuviese en esa situación no era precisamente por gusto.

-¿Cómo te atreves a juzgarme? ¿Quién eres tu para hacerlo?- se giró hablándole con una frialdad de la cual ella no se creía capaz. Caminó hacia Reuven con paso firme y decidido y al estar frente a el, le soltó una bofetada, de esas que hacen girar el rostro por la fuerza.- No fue algo que yo decidiera.- le dijo esta vez si con rabia.- no te atrevas a llamarme asesina de nuevo.- le amenazó, por que no era una asesina, había sido complicado al principio, en compañía de Matthews no había tenido mas opción que arrebatar vidas humanas para sobrevivir, pero una vez que fue libre y pudo tomar opciones y decisiones y supo que la sangre humana no era la única con la cual podía sobrevivir, había elegido alimentarse de presas animales.

Le miró a los ojos, quería clavar esos colmillos en ese cuello y desgarrarlo hasta que fluyera la sangre, por otro lado, tenía aquel deseo, de acortar la distancia entre ambos y besarle. ¿Qué demonios pasaba con ella? ¿Se le había pegado la bipolaridad de su creador?

Sentía ganas de llorar, de gritar, de reclamarle a la vida y al descarado destino todo ese lío en el que estaba metida. Era terrible pensar que sin querer había sembrado y cuidado sentimientos especiales por aquel hombre, que la trataba ahora tan mal. ¿Era su destino enamorarse siempre de la persona equivocada y que sus sentimientos terminaran pisoteados siempre?

-Ve a satisfacer tu curiosidad a otro lado.- le soltó como si veneno fueran sus palabras, no pensaba decirle mas, quiso mirarle con desprecio, pero no pudo, simplemente se giró dispuesta a irse de ese sitio y de su presencia que de pronto le hacía daño.

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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Dom Feb 12, 2012 8:16 am

Rió sorprendido, recordaba la primera vez que ella había visto su paso de lobo a hombre, pero de todas formas no encontraba en esa metamorfosis algo que ella pudiese considerar tan sujerente como sus ojos le mostraban en aquel momento.

- ¿Sexy eso? Hay que ver qué mal gusto tienes- bromeó, porque estaba claro que le gustaba atraerla, pero para él ese momento se vinculaba con el dolor de músculos y articulaciones, no con nada que pudiese considerarse erótico ni por asomo. La besó y le habló de conseguirle un arma, para que ella le recordase sus colmillos. Colocó la mano en su mejilla para luego acariciar sus labios. Aquellos colmillos siempre le habían fascinado de una forma morbosa, casi tanto como el hecho de que...- Nunca los has utilizado contra mi- constató en un tono de voz susurrante, no era algo que se le hubiera pasado por alto. La miró a los ojos y colocó un mechón de su cabello que interponía entre ellos.

Si no quería pensar en la posibilidad de que Juliette muriese, tampoco que se apartase de él. Y así la abrazó en cuanto ella se separó de él aparentemente enfadada. Besó sus hombros subiendo hacia su cuello, sintiendo cómo ella le correspondía, cómo aquel deseo era mutuo, aunque desafiase normas estrictamente trazadas por una naturaleza irónica, que tras unirlos se había desentendido de ellos. Sonrió cuando le habló de helados,habría ido en aquel mismo momento a por uno solo por verla sonreír con aquel deje infantil que tanto le gustaba, pero sabía que era algo inútil cuando los vampiros no tienen sentido del gusto excepto para la sangre.

La miró a los ojos cuando le cogió la cara, y se perdió en aquel beso que parecía querer arrebatarle todo el aire que atesoraba en sus pulmones. Acaricio su cuerpo sin dejar que se apartase de él, mostrándole que la necesitaba a todos los niveles, que se resistía a que aquel momento terminase. Hizo que girasen en la cama, quedando sobre ella. Y con un movimiento firme atrapó sus muñecas inmovilizandolas, para llevar sus labios cerca de su oído.

- Lo de que eres mi perdición lo tienes asumido, ¿no?- susurró divertido, para luego, recorrer su cuerpo con sus labios, acariciando y besando cada jirón de su piel, con la intensidad de quien lo descubre como si fuese la primera vez, aunque lo conocía a la perfección.
________

Cuando ella asumió sin dudar que no podía decir lo mismo que él respecto a su naturaleza, Reuven se dio cuenta de que aquella situación no solo era impactante para él. Pero ¿Qué habría cambiado si, en vez de un licántropo, él fuese un humano?

Sus miradas se encontraron en un choque de temperamentos, y Juliette tenía razón en algo. Él tampoco había dicho nada por teléfono sobre su naturaleza. Su mirada se tornó más intensa, y en su rostro apareció una sonrisa ladeada mientras enarcaba una de sus cejas. Había algo con lo que la vampira no había contado.

- ¿Para qué crees que he venido hasta aquí?- le preguntó como toda réplica a sus palabras, con un tono de voz que restaba la verdadera importancia de todo lo que aquel momento estaba significando para él-. Y no me hace falta la luna llena- explicar ese tipo de cosas al enemigo no era inteligente, pero sentía la extraña necesidad de sincerarse con ella dentro de lo posible. Miró hacia la luna menguante que se asomaba sobre los canales venecianos aquella noche y suspiró.

La pregunta sobre su decisión, el detalle de llamarla asesina, nacieron de la rabia que sentía agitándose en su interior. Y aunque ella jamás lo sabría, aunque su cerebro había elegido la palabra “monstruo” como primera opción, su corazón no le dejó pronunciar esa palabra. Porque Juliette no era un monstruo aunque fuese su enemiga, aunque segase vidas humanas, aunque fuese capaz de hablarle con un tono capaz de helarle la sangre... él jamás podría considerarla un monstruo. Y darse cuenta de ello, lo enfurecía aún más.

Encajó el golpe que ella le dio con magnanimidad. Sabía que se lo merecía, a veces se comportaba como un auténtico gilipollas, y ninguna excusa lo eximía de ello, no ante sí mismo. Su rostro giró de nuevo lentamente, para mirarla con una expresión neutra, carente de sentimiento. Y al tenerla tan cerca, aquellos deseos de abrazarse a ella y no soltarla se intensificaron, aumentando la magnitud del caos que se desataba en su interior.

La vio girarse después de escupirle aquellas palabras, que le hirieron. Inspiró profundamente contando sus pasos, cuando estaba a punto de dar el tercero habló.

- ¿Me habrías matado si fuese un humano? Supongo que habría sido divertido- no esperaba una respuesta a eso. Tampoco esperaba haber respondido de manera hiriente cuando en realidad no quería hacerle daño. Pero su naturaleza temperamental muchas veces escapaba a su control, y sabía que aquello no terminaba allí. Era una conversación inconclusa y a ambos les restaban muchos años de vida para volver a encontrarse y volver a lo mismo, una y otra vez.

A no ser, que zanjase la cuestión de raíz.

Por ello se dio la vuelta tomando la dirección contraria a la de ella dando grandes zancadas. Se quitó la camiseta y la tiró a un lado mientras bordeaba la cuadra, y notaba cómo su cuerpo empezaba a transformarse. Aquellos sentimientos caóticos eran tan intensos que el lobo que llevaba en su interior pugnaba por salir. Pero detrás de todo aquello, había un objetivo más drástico, aunque también noble. Puede que fuese la adrenalina o la propia urgencia de la situación, el caso es que cuando dobló la tercera esquina de la cuadra, ya se había transformado en lobo, y miró de frente a Juliette, gruñendo. El único rastro que había dejado tras de sí era ropa desgarrada que, en aquel momento no le importaba. Por suerte las calles estaban vacías y nadie podía sorprenderse de ver a un lobo al lado de uno de los canales.

¿Qué buscaba? Que lo encontrase repulsivo, que la enemistad natural aflorase, y que así, ella que no estaba sujeta a la psicadelsis lo olvidase, con la facilidad de quien se deshace de un juguete roto. Y la naturaleza lupina que lo instaba a atacarla se unió al deseo de tenerla cerca de nuevo, y corrió hacia ella, para saltar sobre la vampira con las fauces abiertas, que en el último momento desvió, convirtiendo lo que sería un intento de dentellada en un simple embiste.

¿Qué coño estás haciendo?

No lo sabía ni él.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Arya Bellemondo el Dom Feb 12, 2012 1:51 pm

Miró por un segundo a los ojos a Reuven, cuando señaló a voz que nunca había usado sus colmillos con el, ella de inmediato desvió la mirada y negó con la cabeza.- ¿Cómo podría? – dijo hundiendo su rostro en el pecho de este. – Ya te he herido bastante sin ellos, no pienso hacerlo con lo que destaca de mi naturaleza.- a demás beber sangre de licántropo era un tabú para ella, en especial cuando amaba a ese licántropo.- Aunque esto no quiera decir que me ha pasado por la mente.- confesó acariciando su cuello sugerentemente. No pensaba hacerlo, el era sagrado para ella.

Los besos subieron de intensidad al igual que las caricias, ambos redescubriendo aquellos cuerpos que ya se tenían memorizados, pero que siempre era un placer volver a explorar. Se decía que los opuestos se atraían, pero aquello ya rayaba en el extremo. Ella de nívea piel, el de piel bronceada; ella rubia, el moreno; ella helada, el caliente; ella vampiro, el licántropo.

Ya no tenía caso cuestionar a la vida o el destino por sus motivos, ni tampoco reclamar la ironía de su situación, ni la burla del universo entero al colocarlos el uno frente a otro y enamorarlos. Aquello iba mas allá de una “pareja dispareja”.

Por eso disfrutó sin culpa ya de cada caricia, de cada rincón de piel que besaba, mordía y lamía, de cada beso urgente y posesivo, del aliento que recorría su cuello de vez en vez, del deseo que la consumía, pero que también la reconstruía, de la pasión desbordada como una represa que no puede contener tantas emociones, del amor que sentía por el sin restricciones, sin miedos, aunque se mantuviesen latentes, dispuestos a convertirse en fantasmas que la cazarían por siempre con el velo de la culpa. Aunque no por ahora, no en esos instantes.

Sonrió cuando el la llamó “su perdición” ella rió ligeramente, recibiendo la oleada de besos y caricias, pero buscó su mirada, metiendo sus dedos entre las hebras de su cabello lo levantó con delicadeza para buscar su mirada.- Y por otro lado, ¿sabes que eres tu el que me hace reencontrarme y no olvidar quien soy en realidad? – por que era de ese modo, ella se sentía mas humana a su lado, sentía que sabía quien era y a que mundo pertenecía con tan solo mirarle a los ojos. Una sonrisa suya bastaba para traer a la vida a la Juliette que el conoció aquella noche en el teatro.

Lo abrazó acariciando su espalda, la posición en la que estaban se prestaba para rodearlo no solo con sus brazos, sino con sus piernas que lo acercaron a ella para invitarle de nuevo a entrar en su cuerpo.

***

Parecía que Reuven luchaba por ser la víctima en esa charada de la vida, cuando en realidad no era el único consternado y desubicado en aquella situación. ¿Por qué la tomaba contra ella? Juliette no había decidido engatusarlo con las conversaciones telefónicas para lastimarlo cuando el supiera aquello. Ella ni siquiera pretendía verle, le era suficiente escuchar su voz y sentir que estaba cerca de pesar de que lo único que les unía era un tramo de fibra óptica o señal satelital. Pero al parecer al el eso no le bastaba, tenía que haber ido a verla y echado a perder lo único bueno que tenía Juliette en la vida… la relación con el. Pero no reclamó aquello, no le venía y no era relevante ahora que el la pensaba una asesina, un ser repugnante, podía leer aquello en su mirada.

-No creo que hayas venido a decirme que eres un hombre lobo ¿cierto?- contestó como si ya no le importase, aunque por dentro sentía que apachurraban con una prensa de metal aquel corazón muerto, pero que a pesar de ello, aún podía sentir dolor. Por que para Juls, el corazón no muere cuando deja de latir; el corazón muere cuando los latidos no tienen sentido.

Había pasado poco tiempo de su transformación, aún no reprimía como muchos vampiros su humanidad, es mas, se negaba rotundamente a hacerlo. El dijo que no le faltaba la luna llena para transformarse, aquello no era nada bueno. ¿Por qué le estaba alertando aquello? ¿A casó aún existía en aquel Reuven iracundo, el Reuven que ella quería, aquel que le gustaba y aquel que le había movido sentimientos y emociones que creyó perdidas en cuanto Mattews había clavado sus colmillos en ella?

Pero no había terminado de asimilar aquello, cuando el la hizo enojar, la ofendió diciéndole asesina y ella no pudo responder con menos que un reclamo y una sonora bofetada, de la cual se arrepintió al momento de ver la brusquedad con la que ladeaba el rostro por el golpe y la tenue marca roja que se iba formando en la mejilla del lobo delimitando los dedos y parte de la palma de su mano.

Aún así la molestia y el enojo no habían desaparecido y menos con la actitud de Reuven, le lastimaba en sobremanera sentirse tratada de ese modo por alguien que había sido dulce y amable con ella. Seguía siendo la misma… muerta y con colmillos, pero Juliette estaba ahí, en parte gracias a el. Pero lo odiaba, odiaba que la tratase de ese modo, que le llamase asesina con todo el descaro del mundo y sobre todo, odiaba que la juzgase tan duramente en vez de preguntarle por que habían pasado las cosas y como era que había llegado a estar en aquella posición. ¿No se le ocurría que aquello pudiese no haber sido elegido? ¿Por qué no se preocupaba en vez de tratarla de ese modo? Era un imbécil y ella mas por quedarse ahí.

Así que le dio la espalda para alejarse de el, en paso dudoso, por que no quería dejar las cosas así, ahí había un sentimiento que le impedía no solo matarle, sino irse de ahí sin mas. Pero de nuevo ahí la estaba juzgando incluso lo que ella hubiese o no hecho.

Negó con la cabeza, pero no se detuvo, su andar era lento, pero constante.- No tiene caso hablar de situaciones hipotéticas. Los “hubiera” y los “Que tal si…” son para gente idiota.- soltó sin mas, aunque hubiese querido contestar diferente, hubiese querido decirle que no, que no le hubiese matado y que mas que arrebatarle su sangre, probablemente le hubiese robado un beso.

Salió de la calleja poco iluminada, dejando atrás al licántropo, tenía la intención de irse al refugio y esperar ahí por Darina, quería irse de ahí, quería dejar atrás Venecia y aquel terrible encuentro, quería no volver a saber nada de Italia. Iba con el corazón pisoteado, al igual que sus ánimos y su regularmente optimista actitud. Estúpidas lágrimas que no se atrevían a salir para lavar y llevarse con ellas aquel sentimiento de derrota que llevaba a cuestas. Tal vez por ir ensimismada no se dio cuenta de la amenaza que se precipitaba contra ella, solamente hasta que lo tuvo de frente. Aquel enorme lobo, era el, lo sabía.

Se quedó helada, estaba asustada, al parecer el tenía pensado acabar de una vez con ella. Le miró con tristeza, pero ella pensaba luchar por su vida, no quería morir.

El enorme lobo se lanzó sobre Juliette que no se movió para esquivarlo, nunca había peleado con un lobo y menos de ese tamaño, colocó los antebrazos frente a ella para tratar de que las fauces no atraparan su cabeza, afortunadamente, estas se desviaron de trayectoria y solo las garras alcanzaron a tocar su piel desgarrándola solo un poco. Sin embargo el peso del animal se vino contra ella y cayó al piso con aquel lobo sobre ella. Sintió cuando su cabeza golpeó el suelo aturdiéndola un poco.

Abrió los ojos y miró aquel animal, las amenazantes fauces abiertas, echó un rápido vistazo a las heridas de sus brazos que rápidamente se cerraban por la regeneración inmortal que le favorecía. Entonces su instintos de supervivencia afloraron, el la había atacado primero, tenía que defenderse.

Sus colmillos emergieron, esta vez no los cubrió retrajo los labios mostrándolos amenazadoramente y siseó en advertencia al lobo que tenía sobre ella, su mano derecha lo tomó por el cuello usando la fuerza con la que le había dotado la inmortalidad y lo lanzó lejos, contra el muro del edificio cercano.

Se levantó del suelo, agazapada cual felino y antes de que el lobo pudiera venírsele encima de nuevo rodó hasta su bolso, del cual sacó aquella daga de plata que Darina le había dado para su defensa. No mas palabras, el quería pelear, pues ella daría pelea, no iba a dejarse matar tan fácilmente, iba a aferrarse a la vida lo mas que pudiera. Su cuerpo se tensó, aquellos colmillos de fuera, aunados al gesto que ahora tenía Juliette, borraban de su bello rostro, todo rastro de dulzura, al parecer ya no eran Reuven y Juliette, eran enemigo contra enemigo.

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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Dom Feb 12, 2012 11:36 pm

Para Reuven, aquello que destacaba de la naturaleza de Juliette no eran sus colmillos, ni siquiera su lado vampírico, porque él no había tenido la vida más fácil de todas y, gracias a eso, había aprendido a ver la oportunidad que esconde cada problema. Incluso cuando su delfa se había transformado en un vampiro, al final, había conseguido ver las cosas desde una perspectiva en la que ese hecho se convertía en algo a su favor. Únicamente se arrepentía de haber tardado tanto en darse cuenta.

- No niegues lo que eres- era una petición, un “no hace falta”, porque realmente no la hacía-, también amo esa parte de ti.

Nunca se lo había explicado a nadie, a Juliette quizás por no haber encontrado el momento. Al resto porque guardaba aquella relación con celo de las miradas ajenas. No por vergüenza, si no porque era algo que consideraba tan privado, tan propio, que no deseaba que nadie pudiese vulnerarlo o juzgarlo.

Pero pronto, aquellos pensamientos desaparecieron de su mente arrastrados por los besos y caricias que despertaban su lado más pasional e instintivo, que le urgían a disfrutar de ella cada segundo que podía tenerla. Y si la llamó su perdición, fue porque no habría nada a lo que él pudiese negarse ante ella. Y ciertamente, le conmovió lo que respondió, pero cuando lo abrazó con sus piernas, invitándole a yacer con ella, no tardó en aceptarlo cuando se trataba casi de una orden para él. ¿Pero cuánto tiene de orden algo que te incita a hacer lo que más deseas?

Se dejó llevar, perdiéndose en cada rincón de su cuerpo, dando rienda suelta a los instintos que lo conducían a disfrutar de ella, y a hacer que ella disfrutase de él solo como su condición sobrenatural les permitía. Dejando de lado normas estúpidas que no eran las suyas, o reproches que alguien a quien todo aquello no le interesaba pudiese esgrimir. Porque si Reuven no se sentía arraigado a ningún lugar delimitado por fronteras humanas, ni sentía ninguna religión o tendencia política como propias, se había vuelto un fundamentalista de una deidad que se personificaba en una Juliette de la que conseguía arrancar los sonidos más humanos mientras notaba sus manos deslizarse por su espalda, perlada por el sudor que afloraba en su piel por la excitación y el placer con el que la vampira lo envolvía.
________

- Venía a decirte algo bastante más importante que eso- como no podía ser de otro modo, sus palabras sonaron amargas, al reflejar su caos interior- . Algo que ya no importa- y al pronunciarlo, se dio cuenta de que mentía, pero era demasiado testarudo como para dar marcha atrás.

Aquella contundente bofetada no le dolió tanto como sus pasos alejándose, como aquella forma de decirle que pensar en lo que pudo haber sido era de imbéciles. Pero lo de imbécil a Reuven se le quedaba corto en aquel momento teniendo en cuenta cómo se sentía. Y quizás por eso decidió mostrarle la que se supone su cara más repulsiva ante un vampiro, convirtiéndose en el lobo que siempre había sido.

Y el error se le antojó obvio en el mismo momento en el que saltó sobre ella, y aunque apartó sus fauces, no pudo evitar desgarrar su piel con aquellas garras a las que, en aquel momento, hubiera renunciado para siempre con tal de poder estar junto a ella. Pero irónicamente, ese sentimiento avivaba los instintos lupinos que le apremiaban a atacarla. ¿Qué esperaba? Quizás que ella se asustase, saliese corriendo y nunca más volviese a cruzarse en camino, dejando que el olvido lo borrase de su vida. Pero no lo hizo, si no todo lo contrario, encararse a él.

A pesar de los instintos de aquel lobo en cuya forma se mostraba, ver sus colmillos, la forma de Juliette de agarrarse a la vida con uñas y dientes y su no dejarse amedrentar, le pareció súmamente erótico, casi poético. Pero hubo de regresar a la realidad a marchas forzadas, al “esto no puede ser” cuando su cuerpo voló hasta chocar contra el muro después de que ella lo asiera por el cuello arrancándole el aire.

Se repuso con prontitud, nada mas tocar el suelo. Levantándose tras el único sollozo por el golpe que se permitió, pues los lobos tienen gran resistencia al dolor físico. La miró, analizándola, caminando lentamente trazando un círculo a su alrededor, preparado para atacar. Lo que ella no podía saber es que Reuven era un estratega aún en su forma lobuna, no un animal dado a la pelea cuerpo a cuerpo. Él estudiaba el entorno y tendía trampas, pero con ella no lo hacía.

¿Estás gilipollas? No quieres hacerle daño.

Cállate.

En los momentos de tensión, la mente de Reuven se desdoblaba y era capaz de mantener conversaciones consigo mismo. Aunque eso no se reflejaba en el exterior, mientras mantenía una postura ofensiva, con los labios retraídos, mostrando su dentadura y dejando que se le escapase un gruñido que no quería asustar a Juliette, si no mostrar su desacuerdo con toda aquella situación.

Vio el brillo de la daga que ella sacó de su bolso, y supo que era de plata, o quiso imaginar que era así. Pero aunque de forma natural el hecho de que ella fuese un vampiro debiese encender su ira, y nublarle el juicio hasta el punto de solo querer acabar con ella, no sucedió así. Porque la vida del propio Reuven parecía haber perdido toda la razón de ser que hubiera podido tener hasta aquel momento.

Se tomó un instante para mirarla, y las palabras afluyeron en su mente, como si Juliette pudiese escucharlas.

No sin ti.

¿Irónico, no? Brincó de nuevo sobre ella, dejando descubierta su tripa, que en era su parte más vulnerable una vez transformado en lobo, porque no deseaba hacerle daño, pero el caos lo empujaba hacia la autodestrucción. Y en ese caso, prefería que aquello se saldase con su vida y no con la de ella.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Arya Bellemondo el Jue Feb 16, 2012 3:00 pm

Parecía que ante los ojos de Reuven, aquellas “imperfecciones” en Juliette no eran nada. Le pidió incluso no negar lo que era, lo cual enterneció en extremo a la vampiriza, era increíble como había cambiado la situación. Del cariño al odio y del odio al amor. Dicen que el odio y el amor son sentimientos de igual intensidad, pero en polos opuestos, así que para sentir un odio tan grande por alguien es necesario haberle profesado amor y viceversa.

A veces le daba miedo, el saber que a pesar de estar juntos, en cualquier momento fuesen a ser separados, por que tal vez bajo las leyes de licántropos, Reuven hubiese tenido que librar pelea y batallar por aquello, pero Juliette aún no se había enfrentado a ese peligro, por que Il Consilio no había descubierto aún su relación con el lobo, pero eventualmente iba a salir a la luz y tendría que o someterse a las leyes o huir, incluso estaba la tercera opción, en la que no había pensado y era la de morir.

Sacudió aquello de la cabeza, después de todo no le importaba enfrentarse a la muerte verdadera por el y ya se lo había dicho, lo mejor era disfrutar los instantes fugaces que tenía en sus brazos, antes de que el sol amenazara con separarles.

Lo atrajo de nuevo a su cuerpo, de pronto el deseo se juntaba a la urgencia de tenerle cerca, de respirar de el, de volver a ser uno con el. Los besos incendiaban su piel y las caricias heladas parecían querer congelar cada parte que los pálidos dedos de Juliette tocaban, sin embargo el resultado era lo opuesto, por que el frío también quemaba.

Lo beso con devoción, notó el aliento hambriento sobre su cuello y se perdió en su regazo, su lengua cálida recorriendo su geografía la hacía subir al cielo. Reuven se deshacía en su boca, como un caramelo dulce y salado a la vez. Poco a poco sentía perder su forma, al fundirse en el cuerpo ajeno que se movía cadencioso a la par del suyo, sintiéndolo muy dentro de su ser.

Era en esos momentos que se sentía completa, nada le faltaba. Era feliz, sin importar cuanto durase el encanto, por que sabía como toda cenicienta que la magia acabaría dada la hora, solo que no sería las doce de la noche, sino las 6 de la mañana cuando el sol salía desplegando su luz, una luz que para ella era mortal.

Podía sentir el deseo fluyendo por su piel, su aroma, todo. El lazo que tenían se intensificaba cuando se encontraban piel con piel. Ella se deshacía entre sus brazos sabiendo que el encontraría la forma de armarla de nuevo. Su cuerpo se estremecía, danzaba con el en aquella cama ajena. Jadeaba, y gritaba con cada intrusión en su ser, se arqueaba cuando sentía aquella corriente eléctrica que se desplegaba por su columna y por cada poro de su piel, anunciando la pronta explosión del éxtasis que los sumergiría en un mar de placer, tan efímero como una caricia del viento, pero tan intenso como el golpe de una ola contra los riscos.

“Sol... permanece dormido, no asomes tu luz, permíteme permanecer al lado de mi amante. Que las amables nubes cubran tu resplandor, Puesto que tu llegada significa la despedida. Sol, no salgas nunca.”

***

No le importó aquello tan “importante” que el quería decirle, la habían ofendido, para ella que le llamaran asesina era un insulto grave, en especial cuando se la había pasado luchando contra sus instintos y su sed. Nadie sabía lo duro que había sido y tampoco era que fuese a explicárselo, no valía la pena, no con esa actitud. Ahora pensaba que Reuven era simplemente un “lobo apestoso” como les llamaba Darina y no solo eso, era también voluble e inconstante. Por que ella a pesar de las circunstancias, había corrido tras el, para buscarlo, para ver su rostro, no le importó que fuese su enemigo, le dio la cara por que para ella el era importante y en contraste el le había echado en cara su condición, como si ella hubiese elegido ser lo que era.

Tuvo que abofetearle, se lo merecía, una parte de Juliette necesitaba causarle el mismo dolor que el le había aplicado con su desprecio. Le dio la espalda dispuesta a marcharse, a alejarse de el para que el daño sanara… todo sana, el tiempo es sabio y termina cicatrizando hasta las heridas mas profundas, confiaba que hiciera lo mismo por ellos.

Pero el no le permitió marcharse, le cortó el paso y Juls se sintió atacada, fue por ello que se defendió como pudo. La fuerza sobrehumana se activó al sentir la adrenalina de tener esas fauces prácticamente de frente y a la cara. No iba a dejarlo así, no quería lastimarlo, pero el claramente si a ella.

Se incorporó a medias, adoptando esa pose felina, agazapada en espera de un nuevo ataque, por que dudaba que aquel lobo fuese a dejar ahí todo, cuando ya se levantaba y la encaraba. De cualquier modo iba a defenderse, aunque por interno una vocecita le gritara que huyera y se retirase, aquello no iba a terminar bien. A ese paso uno de los dos iba a terminar muerto.

El miedo se apoderó de ella cuando este comenzó a asecharla, la rodeaba mirándola como si realmente fuese peligrosa, segundos después Juliette reaccionó, si era peligrosa, era mortal. Mostró sus colmillos amenazadoramente.- Aléjate… no hagas esto.- le advirtió casi suplicándole. “No te quiero hacer daño…” Negaba con la cabeza, aunque ya se encontraba dispuesta a atacar, había tomado de su bolso aquella daga de plata y la tenía bien sujeta por el mango.

Algo en la mirada de aquel lobo sacudió a Juliette, parecía hablarle con aquellos destellos en los ojos oscuros, palabras mudas que ella no lograba descifrar del todo, hasta que vio decisión en aquellos ojos que aún parecían humanos.- No lo hagas Reuven… por la Juliette que conociste… no…

Solamente alcanzó a dar un paso hacia atrás cuando aquel enorme lobo se lanzó de nuevo contra ella, el instinto de la vampiriza de nuevo dominó su ser, pues no deseaba morir, no de ese modo. Levantó la mano que blandía el arma blanca y se agachó ágilmente para lograr sortear las garras delanteras del lobo, lanzando así el filo de la daga sobre el pecho del lobo, pudo sentir por medio de las vibraciones del metal, como el filo se abría paso a través del pelaje, la piel y el músculo del licántropo, la herida se abrió como un capullo de flor desplegando los bordes de la piel dando paso a una intensa hemorragia.

Sangre de Reuven salpicó la ropa y el rostro de Juliette quien se había quedado helada ante aquello, había matado otros animales para saciar su sed, pero era al primero que atacaba de ese modo, esta vez si se sintió un monstruo, cayó de rodillas al suelo a la par que el cuerpo de Reuven azotara contra el suelo con un sonido seco. De pronto todo se volvió oscuro para Juls, miraba a aquel enorme lobo, envenenado por la plata frente a ella, el aroma de su sangre era intoxicante y aún así retrajo los colmillos.

-No… no, no, no…- sacudió la cabeza al reaccionar por fin lo que había hecho. Soltó la daga y se arrastró de rodillas hasta el lobo al cual con cierta cautela colocó su mano en el costado, mirando el pelaje entintado con el vitae que salía de la profunda herida.- No… -Lo tomó en sus brazos sintiendo que el mundo se le venía encima.- No te mueras.. por favor…- con su mano cubrió la herida, haciendo presión en ella, la sangre fluía sin pensar en detenerse. Se quitó la chaqueta color marfil y la puso sobre la herida y presionó con fuerza.- Perdóname…yo no quería…- hundió la cabeza en el cuello del lobo, lo estaba perdiendo.- Reuven, no te mueras, yo te quiero…- confesó finalmente.

¿Qué hacer? La vida de este se le escapaba entre los dedos. No tenía idea como ayudarlo. ¿Llevándolo a un hospital? ¿Cómo mierdas iba a explicar la herida? Y en ese estado… ¿Qué iban a pensar de un lobo de ese tamaño? Tal vez sería mas sencillo si se transformase en humano… ¡Su sangre! Darina le había dicho sobre su sangre y el poder que tenía de regenerar.

-Reuven…- le habló con la voz temblorosa.- necesito que vuelvas a tu forma humana.- le pidió, si lo hacía podría darle de su sangre y entonces… entonces tal vez Reuven se salvaría. – Por favor.- suplicó. No se creía capaz de soportar la pérdida de su luz, no podía perder a ese hombre que era su corazón latiendo, su esperanza y la humanidad que la inmortalidad le había arrebatado. “Quédate conmigo…”, le pedía con la mirada, no le importaba si era lobo, perro, gato o lo que fuese… ella estaba enamorada de la esencia pura de su alma, de lo que habitaba ese cuerpo fuera bípedo o cuadrúpedo. Ella lo amaba a el… a Reuven.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Vie Feb 17, 2012 7:49 am

Cuando ambos se convertían en un solo ser, todo lo que el licántropo sentía era de una intensidad apenas soportable, sus sentidos, todos y cada uno, colapsaban. Su vista se embriagaba con cada uno de los gestos de la vampira, y Reuven sentía la necesidad de no dejar que ni uno solo de ellos se le pasase por alto. Su oído era asaltado por los sonidos que salían de entre sus labios, que a la vez, se fusionaban con los que él era incapaz de acallar. El aroma que ella desprendía lo envolvía todo, lo hacía desearla más, e impedía que olvidase sus naturalezas enfrentadas que no tenían nada de incompatibles. Podía saborear sus besos, su piel, incluso su aliento, que tenían un gusto indescriptible, porque simplemente, sabían a Juliette. Pero, sobre todos los demás sentidos, se alzaba el tacto frío de su piel y su cuerpo, cada uno de sus movimientos que condicionaban los suyos, que lo mimetizaban con ella, que le ataban a una realidad en la que estaban juntos, y cerca. Tal como él deseaba. Donde ella también lo necesitaba a él de aquel modo que rozaba lo obsesivo.

Y a pesar de todo, se sentía vulnerable, por que aquello terminaría a la llegada del sol. Y tenía miedo de despertar de un bonito sueño, de descubrir que ella no estaba junto a él. Por eso se entregaba tanto, de forma casi desesperada, poseyéndola y al mismo tiempo, ofreciéndole todo lo que era. Sintiendo el placer que, más allá de lo físico, se ampliaba al existir sentimientos de por medio. Sentimientos que solo ella era capaz de despertar.

Y el deseo aumentaba, cada vez que entraba dentro de ella, o cuando Juliette arqueaba su espalda con aquella fuerza que solo poseen los vampiros, mientras él, de forma inconsciente, intentaba doblegarla sirviéndose de su propia naturaleza. Aquella batalla, en la que ambos ganaban, lo dirigía de forma kamikaze hasta el cénit, donde todos los miedos e inseguridades se esfumaban. Ese momento efímero que él interpretaba como una promesa de que no sería la última vez, que aunque tuviese que esperar con el alma desangrándose, volvería a encontrarse con ella de aquel modo, a poder demostrarle que todo aquello era incorruptible. Que él vivía soló para ella, como Juliette lo había decidido en un momento que ahora parecía tan lejano y tan distinto.
__________

Se obligó a no escucharla, se mintió repitiendo una y otra vez que aquellas palabras no provenían de la Juliette que él había conocido en el teatro. Y no llegaba a convencerse del todo, aquel semblante de depredador versado, escondía un océano de dudas e indecisión, que se quebró cuando ella habló de “esa Juliette” en tercera persona. Le dolió porque lo interpretó como que reconocía que aquel ser, su delfa, se había desvanecido para siempre. Fue el disparador que lo impulsó a saltar sobre ella, aunque fuese incapaz de atacarla como pudiese haberlo hecho de querer matarla. ¿Fue un error? En realidad no, porque no saltaba hacia ella, saltaba con determinación hacia el abismo de la muerte, porque no encontraba motivos para luchar por su vida en todo aquel caos.

El metal entró de forma limpia en su tripa, abriendo una brecha limpia, amplia. Solo le dolió cuando la sangre afloró, cuando el metal se desprendió de su cuerpo. Un dolor intenso, su interior ardía mientras los bordes de la herida parecían estar congelados mientras miles de termitas se extendían por el interior de su cuerpo, lentamente.

Cayó al suelo de lado, se golpeó el costado, y también la cabeza, pero el dolor no era comparable. Respiró, y sintió miles de agujas clavarse en sus pulmones, se le nubló la vista, y solo era capaz de escuchar un pitido, y los latidos de su propio corazón, esos que aceleraban la hemorragia, como si se produciesen en un espacio vacío que los intensificaba con el eco. Se abandonó, dejando que el dolor lo corrompiese, lo que arrancaba un gemido de su garganta del que Reuven no era consciente. Pero por mucho dolor que sintiese, no era comparable al sentimiento que se origina en un alma rota, a la que le han arrancado al ser que lo completaba todo. Y aceptó que aquel era su fin, que allí, en aquel punto, acababa todo a manos de quien, una vez, había sido su delfa.

Pero los brazos de Juliette frenaron aquella caída en el vacío cuando pudo sentir su tacto, tan frío como lo había intuído antes, pero a la vez, cálido y acogedor. Poco a poco fue retomando el contacto con la realidad, sintiendo cómo ella hundía su rostro en el pelaje de su cuello. No entendió lo que ella dijo, el sonido de su corazón seguía inutilizándole el oído. Así es como, la primera vez que ella le dijo lo que él también sentía, no pudo escucharlo.

Y cuando ella volvió a alzarse, la miró. El dolor lo devoraba, y era como si, cuando todo eso terminase, ella fuese a estar allí, esperándole. Como si aquella Juliette que entonces veía, la misma que conoció en el teatro, fuese quien le ayudaría a llegar cuando se acabase el tiempo y Reuven no conociese el lugar. Y le parecía hermoso, dentro del sentido más amplio del término.

Pero entonces, ella habló de nuevo. Tampoco pudo entender qué decía, sus palabras llegaban a su cerebro rotas, sin sentido, aunque sí pudo interpretar su rostro. Sentía su preocupación, ella no estaba bien. Se sintió culpable, entendió que había cometido la peor de las atrocidades: perseguir su propio egoísmo. Y, solo entonces, decidió vivir, porque había cosas que desde la muerte no podían solucionarse.

No. No estés triste, por favor.

No fue su pensamiento más coherente, pero era como si necesitase consolarla.

La adrenalina fluyó, neutralizando parte del dolor y la quemazón. Su cuerpo respondió comenzando a retomar su forma humana, la naturaleza es sabia después de todo, y su corazón humano era menos potente, lo que ralentizaría la hemorragia. No se sentía con demasiadas posibilidades de sobrevivir a su error, y sin embargo, consideraba que existía algo que debía hacer, que era más importante que lo demás.

Las palabras de Juliette se volvían cada vez más claras, pero aún tenía dificultad para entenderla. Su visión se tornó más clara, pero Reuven solo podía verla a ella. Y a medida que su rostro se volvía humano, recuperaba el poder de gesticular, de entrecerrar los ojos y mirarla con la devoción que realmente sentía hacia ella. No sintió ningún tipo de dolor por su metamorfosis, la quemazón fría y abrasadora de aquella herida la ocultó. Y cuando volvió a tener brazos humanos, lo único que hizo fue llevar su mano hacia el cuello de Juliette, colocando su pulgar sobre sus labios. No hacía falta que ella dijese palabras que él no podía entender en aquel momento, que se le antojaba como uno de los últimos de su existencia.

Se incorporó con dificultad, haciendo que la brecha inflamada de su abdomen le quitase el aliento, pero no le importó. Nada le parecía más importante de aquello que iba a hacer, que desde hace tanto deseaba. Ni el hecho de que estuviese desnudo, moribundo, tendido en una calle de Venecia, sudando frío y con una temperatura corporal varios grados sobre la que era usual en los licántropos. Lo único que tenía valor en aquel momento, era demostrar algo, ser sincero con ella y, a la vez, consigo mismo.

La besó, de forma insegura, instintiva pero brutalmente sincera. Y si aquel era el último recuerdo que se llevaría de aquel mundo, se sintió conforme. Y cuando se apartó de ella, le habría dicho que la quería, que la amaba, y que todo lo demás eran gilipolleces, pero no encontró su voz al fondo de la garganta seca. Por eso la miró a los ojos, como si así pudiese decírselo todo.
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Arya Bellemondo el Miér Feb 22, 2012 2:24 pm

Frágil, delicada y vulnerable parecía Juliette en los brazos de Reuven, tan pequeñita y tan humana, no hacía notar su fuerza y su inmortalidad, no hasta que se desataban las pasiones que provocaba en ella el amor que sentía por el. Su amigo, su confidente y ahora su amante. ¿Como englobar sentimientos tan grandes un una caricia? Era imposible y sin embargo lo intentaba, en cada beso, en cada abrazo, cada vez que las yemas de sus dedos recorrían aquella piel canela.

No podía tolerar estar lejos de el, sabía pronta la separación y eso la hacía entregarse por completo, como si no hubiese un mañana, como si aquellos fuesen sus últimos minutos de vida, el mismo lo había dicho, la despedida sería menos dolorosa si supiesen cuando volverían a encontrarse, pero no había nada definido, podrían pasar días, semanas o meses, mientras tanto su ausencia dolería tanto como su propia inmortalidad vacía, un camino incierto que la apartaba de su corazón, de su luz y de su amado. Tolerable solo hasta cierto punto por la premisa de que tarde que temprano vería otra vez esos ojos de mirada intensa, esa sonrisa limpia y sincera, el hombre que era todo para ella.

Los besos se volvieron súplicas, peticiones en silencio de que se quedara a su lado y las caricias casi posesivas le abrazaban con urgencia. El calor dentro de ella la inundaba, sentía ahogarse en aquellas cálidas oleadas que golpeaban su cuerpo con placer encendido. Besó esa piel que ardía, con esa pasión que quema y consume, ese amor que se entrega hasta quedarse sin nada y que al final vuelve a ti. Profundo, tan profundo que dolía, se arqueó y pudo deleitarse con la explosión de ambos cuerpos, sus piernas temblaban y pudo sentir la intensidad del regalo del placer. Lo abrazó buscando sus labios, acallando un intenso suspiro, apresó sus mejillas con sus níveas manos y lo miró a los ojos con una gran sonrisa, mientras controlaba aquella respiración que no le era funcional fisiológicamente hablando.

-Soy por ti y nada mas.- le dijo acurrucándose en su abrazo, aquellos brazos fuertes le hacían sentir segura, sin importar el donde. Cuando lo hizo, pudo ver el reloj de mesa a un lado, eran las 5:15, faltaban menos de 45 minutos para que el sol asomara por fin en el horizonte. Se aferró a su hombre sin muchas ganas de abandonar la calidez de su cuerpo y la cama, pero finalmente la razón que nublaba su locura de amor la sacó del embrujo en la que Reuven la sumergía con sus besos.

-Debo irme…- anunció sin muchas ganas, buscando sus labios y robándole un beso, hizo las cobijas a un lado y se sentó en el filo de la cama, tomando las bragas que estaban en el suelo, aquellas que Reuven casi había arrancado salvajemente horas antes. Se las colocó levantándose, y se acomodó el cabello en una coleta mientras recogía su falda y una blusa mas adelante casi en la puerta de la habitación.- ¿No has visto mi sujetador?- inquirió mirando con sonrisa traviesa a aquel lobo que yacía desnudo en la cama. Ladeó el rostro haciendo memoria.- ¿Traía sujetador siquiera?- se rió por que en serio no recordaba, a veces los interiores salían sobrando cuando iba al encuentro de Reuven.

***

Carne abierta y sangre fue todo lo que Juliette pudo percibir los primeros segundos tras el ataque. Sentimientos encontrados galopaban en su cabeza y en su pecho, mientras una intensa desesperación iba embargándola junto con la culpa de haberse atrevido a levantar el filo del arma contra Reuven. No quería hacerle daño y sin embargo su sentido de autoconservación había saltado ante ella al ver las fauces abiertas de aquel ser que de pronto parecía no ser el mismo de quien se había… ¿enamorado? ¿Era correcto aquello? Si, no había otra respuesta, ninguna que pudiera sustituirse a pesar de las circunstancias. Un “si” que le pesaba ahora mas que cualquier otra cosa, por que ahí estaba la persona en la que depositaba su afecto, tendida en el suelo con una enorme herida provocada por ella misma. Se odiaba, pero también a el por obligarla a ello.

No luchó contra la fuerza que la arrastraba hacia el lobo, lo tomó en sus brazos, mientras sentía que todo el mundo se hacía añicos a su alrededor, aún resonaba en su mente el sonido de la piel desgarrándose y el ruido metálico de la daga al caer el suelo, para ella en ese momento eran los sonidos mas aterradores del mundo en ese momento.

Se sentía impotente ante la situación. Trató de hablarle, soltó lo que sentía, no quería perderlo, no deseaba que las cosas terminasen de ese modo, ya todo había sido un chiste demasiado cruel, como para que aquel fuese el gran final de la jugarreta cósmica que la fuerza creadora les estuviese jugando. Deseó ser atena para poder lanzar al cielo una maldición terrible sin consecuencias, pero tenía bien arraigada aún la fe de sus padres, una fe que en ella flaqueaba, pero de la cual ahora necesitaba asirse y pedir un milagro por el amor que se desvanecía en sus manos, por esa vida que se escapaba entre sus dedos.

Un sonido extraño la hizo levantar la mirada, de pronto aquel cuerpo enorme comenzaba a tronar, la piel se estiraba y los huesos se reacomodaban. Juls quedó petrificada ante la transformación, le pareció impresionante aquello pero bastante grotesco, debía doler horrores todo aquello. Tembló un poco asustada, pero se negó a soltarlo, hasta que por fin tuvo entre sus brazos aquel cuerpo humano. El nudo en la garganta se anudó con fuerza, era peor ver el daño en el pecho de Reuven que en el del lobo, pero sangraba menos. Eso le daba una buena oportunidad de traerlo de vuelta.

Atrapó la mano de Reuven apenas tocó su piel, entrecerró los ojos sintiendo aquel tacto que comenzaba a sentirse helado, la vida se le escapaba rápidamente, no tuvo tiempo de reaccionar cuando los labios de Reuven apuraron un beso, un beso que Juliette correspondió con dulzura, lo sostuvo por la espalda para evitar el esfuerzo de mantenerse en esa posición. Hubiese querido que el beso durase para siempre, pero el tiempo apremiaba, se separó viéndolo a los ojos y acarició sus rostro, observando aquellos ojos. Le sonrió a medias.

-No me dejes Reuven. Te amo y no voy a dejar que te mueras.- le dijo mientras sus colmillos salían se llevó la muñeca izquierda y desgarró la piel para que su sangre fluyera, sus labios apresaron la herida y guardó en su boca un poco de aquel líquido. Alargó la mano hacia la herida en el abdomen del lobo para que su vitae cayera sobre esta, de este modo se cerraría la herida rápidamente. Al poco la sangre de ambos se mezcló y no tardó mucho en comenzar a hacer efecto pues los bordes de la herida comenzaron a cerrarse, lentamente. Luego Juls llevó sus labios a los de Reuven, dejando caer sobre estos la sangre que había sacado de su propia muñeca, si el bebía de su sangre completaría la regeneración de forma mas rápida, mandando lejos el envenenamiento en su sangre y permitiría entonces que las cualidades regenerativas propias de su raza se activasen de nuevo.

-Vive por favor…- le pidió mirando como la herida comenzaba a sanar, el nudo en su garganta desaparecía a medida que el se regeneraba. Suspiró medio aliviada y hundió su rostro en el hombro de Reuven que de a poco también iba recuperando su temperatura. No tenía ni idea que iba a pasar cuando el pudiese ponerse en pie de nuevo, pero de algo estaba segura. No lo soltaría.



off: disculpa el retraso u.u mi cerebro estaba fuera de servicio xD
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Re: Cruzar el infierno sin miedo

Mensaje por Reuven Karzai el Mar Feb 28, 2012 2:04 am

Los jadeos y gemidos se mezclaban en un ambiente denso, que aumentaban la devastadora necesidad que Reuven sentía de permanecer junto a ella. El deseo físico era simplemente irrefrenable, ¿cómo no sentirse atraído por ella, por su pequeño cuerpo de aspecto delicado y gelidez abrasadora, por su melena, ahora rubia, o por sus grandes ojos, que parecían no cansarse de mirarle? La besó con la desesperación de quien sabe que el tiempo no espera por nadie, que se le acaba un momento que no quisiera dejar ir, y aún así, no se resigna a ello.

Sus manos recorrieron su anatomía mostrando la necesidad que tenía de Juliette, el roce de sus pieles conseguía hacerle perder el control, olvidarlo todo, menos a ella. Como siempre, la intensidad de dos naturalezas opuestas y, aún así, unidas, no podía mantenerse oculta. Sus movimientos aumentaron su ritmo, al igual que el calor que ella lograba despertar en su interior parecía corroerle, y si no ardía, era porque podía adentrarse en su frío cuerpo, causándole placer, pero también elevando la temperatura de su cuerpo, que se convertía en el reflejo físico de todo lo que sentía por ella. Algo salvaje, instintivo e inevitable, y no por eso menos honesto.

La detonación llegó, consiguiendo que se estremeciese, que el éxtasis invadiese cada parte de su anatomía haciendo imposible no aferrarse a su espalda arqueada y nívea, no seguirla deseando aún cuando la fogosidad se ha consumido en una intensa llamarada y el reloj no ha dejado de marcar los minutos.

Cuando Juliette cogía su rostro, y le dedicaba frases como aquella lograba quebrar su mundo por completo, y recomponerlo de un modo distinto en menos de un segundo. Jamás podría negarle nada, tampoco dejar de sentir lo que sentía. La abrazó con fuerza, deseando no dejarla ir, antes de recordar que retenerla sería perderla para siempre. Otra cruel broma del destino, como tantas otras. La besó con lentitud, su cuello, sus hombros, sus labios... como si su repentina calma pudiese ralentizar el paso del tiempo, la salida del sol. Y aunque era una bonita esperanza, sabía que era en vano.

Cuando se separó de él, su cuerpo fue recorrido por el verdadero frío. Después de aquel escueto “Debo irme” y un beso robado, que no tenía demasiado sentido cuando todos sus besos ya habían sido puestos a nombre de Juliette. La miró con la ingenuidad de un niño que piensa que, si desea algo con fuerza, esto se cumplirá. La observó sentarse en la cama de espaldas a él, ponerse sus bragas y atarse el pelo en una coleta. El licántropo se tumbó atravesado en la cama, boca abajo, y colocando las manos bajo su barbilla, la observó recuperar su ropa, y sonrió cuando le preguntó si había traído sujetador. No lo recordaba. Aún así, sonrió antes de que sus ojos analizasen rápidamente la habitación y lo hallasen sobre una de las lámparas que iluminaban tenuemente la estancia. Sintió el impulso de no decírselo, y aún así, estiró uno de sus dedos señalándole el lugar donde se encontraba.

Cuando la vampira se hubo vestido se levantó y la abrazó desde la espalda, colocando su cabeza en su hombro con la impotencia reflejada en sus ojos, resistiéndose de nuevo durante unos segundos a dejarla marchar. Besó su cuello levemente, antes de girarla para mirarla a los ojos con esa expresión tierna que ella siempre conseguía despertar.

- Siempre estaré aquí. Siempre- era osado decirlo cuando ella era inmortal y él solo podía burlar a la muerte un par de siglos a lo sumo. Y, sin embargo, era lo más cierto que había dicho nunca-. Te amo- no era alguien dado a traducir los sentimientos a palabras, por eso su tono se tornó ligeramente infantil, inmaduro si quieres llamarlo así, como el de quien confiese algo a regañadientes, aunque estuviese deseando decirlo. La besó, perdiéndose una vez más, la última por aquella noche. Cogió el edredón para envolverse con él y la acompañó a la puerta, observando desde el marco cómo Juliette emprendía el camino que lo alejaría de él.

Odio ver que te marchas, pero adoro ver cómo te vas.

Después de eso, cuando ella giró en el pasillo dedicándole una expresiva mirada para luego desaparecer, cerró la puerta con lentitud y cayó en la cama como un peso muerto, como alguien a quien le han robado el alma.
________

Solo después de besarla, la realidad volvió a tomar forma, los contornos retomaron su nitidez, y las palabras cobraron sentido. También la herida retomó su fuerza dolorosa e hiriente, como un veneno que se extendía por su cuerpo, y aún así, a pesar de su obvia vulnerabilidad, se sentía protegido en los brazos de Juliette, un ser enemigo, opuesto y amado.

No pudo responder, su garganta estaba seca y contraída por el dolor, y apenas podía respirar. La observó desgarrar su muñeca, con la confusión dibujada en su rostro, para luego sentir aquella sangre fría en la herida, que avivó unos instantes el dolor que sentía, para luego calmarlo como el único de los bálsamos compatibles. Aún sin entender, dejó que la sangre de metálico sabor que ella dejó caer en sus labios descendiese por su garganta, sintiendo casi al instante cómo aquello lo reconfortaba, pero no más que estar en sus brazos. Solo tardó unos segundos en sentirse mucho mejor, pero se hubiera quedado allí para siempre.

Acarició su pelo con lentitud mientras la abrazaba, ya recuperada la fuerza que le es propia, y cuando ella levantó el rostro, la miró como una forma muda de darle las gracias. No por haber conseguido que la plata no acabase con él, simplemente, por existir.

- Te amo- una frase sencilla, entonada de forma contundente al ser la beneficiaria de una verdad innegable, que era la primera vez que pronunciaba, y sabía, ya entonces, que solo se la dedicaría a ella. A Juliette.

Fue entonces cuando se dio cuenta, cuando pudo ver lo bueno dentro de lo malo, y quizás una sonrisa ensimismada surcó su rostro. Ya no era su delfa, ¿pero eso era malo? ¿Coartar un instinto primario e irracional, no estar sujeto a él, no le daba la capacidad de elegir? De tomar una decisión, de sentir por sí mismo, y no por lo que su naturaleza ordenaba. Eso era lo que nunca le había explicado, que la prefería como vampiro, porque se había dado cuenta de que el amor que sentía por ella no obedecía a instintos, si no que era un sentimiento tan fuerte que, simplemente, no entendía de naturalezas enfrentadas.

Pero no quería hablar, no quería llenar los minutos con palabras ni conclusiones, porque después de todo, consideraba aquello solo el principio. Y en todos los comienzos, cualquier cosa que, para expresarla, necesite ser dicha, está de más.

Lo que ocurrió a continuación, ya es historia antigua.
________

El reloj marcaba las 11.29 de la mañana cuando el sol le cegó al intentar abrir los ojos, y de forma automática, se los cubrió con su antebrazo, parpadeando repetidas intentando asimilar dónde se encontraba.

Era la habitación de un hotel, una de tantas en las que había pernoctado debido a su trabajo, esta, en un lugar perdido en los Estados Unidos. Carraspeó, y se levantó para ir al cuarto de baño a por agua, aún ligeramente aturdido.

Recordó su encuentro con Juliette, y sonrió. ¿Pero había sucedido realmente? Un escalofrío le recorrió la espalda, haciendo que dejase el vaso sobre la primera superficie que encontró y se lanzó hacia la habitación, en busca de una señal que le demostrase que se había encontrado con ella de nuevo.

Su cuerpo frío nunca habría dejado vestigios de calor entre las sábanas, pero tampoco había unas arrugas que delimitasen en lugar donde ella había yacido. No había rastro de su aroma característico, tampoco un simple pelo rubio, o una sola mancha de marquillaje sobre la almohada. Observó su espalda en el espejo de cuerpo entero que se escondía tras la puerta de uno de los armarios. Su piel permanecía impasible, sin una sola huella de la pasión que recordaba, pero que ahora no podría jurar que realmente sucedió. Enterró su rostro entre sus manos, con desesperación, sintiéndose cercano a la locura, presa de una paranoia indescriptible.

Revolvió la habitación entera, tardó solo un par de minutos en dejarla como si un tifón la hubiese asolado, y sin embargo, no había nada allí que rememorase la presencia de Juliette. El vacío se apoderó de su pecho, su respiración se intensificó y agarró las sábanas de pura rabia. Hubiera gritado, pero se contuvo.

Entonces, vio algo que le hizo sonreír.

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