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Alejandro

Hinnom

#Our father· Crepúsculo Rol




29 de Agosto de 1952

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29 de Agosto de 1952

Mensaje por Romeo el Jue Feb 16, 2012 7:55 pm

Off:Estamos resumiendo esta serie de posts en una historia dado que son parte importante del canon de Romeo y Erik. =)


I

–¿Desea que el anillo lleve alguna inscripción Mr. Naylor? – preguntó la dependienta. Jean Hardy la observó inclinarse ligeramente sobre el mostrador para aspirar la colonia de Cristopher con un ligero rubor en sus mejillas y un brillo en la mirada evidente para todos excepto para Cristopher por supuesto.

–Si por favor. Deseo que ponga “Te amaré eternamente” –solicitó y la dependienta hizo una mueca que para Jean fue perfectamente descifrable. Era la maldición contra la mujer que recibiría aquella joya y el enternecimiento por lo que Cristopher había dicho a un tiempo. Hicieron el pago, una suma que a Jean le pareció obscena pues no terminaba de acostumbrarse al tren de vida que Daniel y Cristopher llevaban.

Salieron a la calle. Eran las seis pero el sol ya había disminuido su brillo al grado de permitirles transitar por las calles con seguridad entre las sombras que proyectaban los grandes rascacielos. Habían llegado a NY en la madrugada por lo que no llevaban ni 24 horas en la ciudad. Aún así Cristopher se las había apañado para pedir la mano de su novia cuanto antes. Había dejado de verla durante todo el verano el cual pasaron en Maine, lo más alejados del calor y la luz solar que fue posible.

Los vampiros habían vuelto a la ciudad junto con el otoño, el cual había llegado disfrazado de invierno. Cristopher no deseaba prolongar más el cortejo, quería consolidar la relación cuanto antes. Ni Jean ni Daniel lo habían visto actuar nunca con tal premura. Caminaron rumbo al quinta avenida donde tenían su hogar. En cuanto entraron los dos percibieron un aroma diferente en el ambiente. Daniel no estaba sólo en casa. Jean soltó una risa de complicidad que atrajo a su invitada de inmediato.

–¡Jean! ¡Cristopher!– Se dirigió a abrazarlos a ambos. Cristopher besó su mano ceremoniosamente, sus modos arcaicos divertían sobremanera a la mujer de porte oscuro que había dado con ellos tan pronto.

–Querida Alyssa– saludó Cristopher con afectado acento.

–Eres italiano Cristopher, no me saludes como si fueras un flemático inglés– dijo partiéndose de risa y dándole un sonoro beso en la mejilla. Alyssa Gilbert reía fácilmente y por ello gustaba a la familia Dusse. Daniel salió del estudio. Jean hizo una reverencia para él. Lo trataba como a su amo debido al lazo que los unía aunque Daniel le había reiterado que no era necesaria tanta idolatría.

–Alyssa se quedará a pasar la temporada con nosotros – “pasar la temporada” una costumbre burguesa y anticuada, Daniel trataba de fluir junto con los tiempos que se vivían pero había cosas demasiado arraigadas en él; con la compañía de Cristopher que pensaba y actuaba cada tanto como un venerable anciano, ese tipo de expresiones jamás se acababan.

–Me da gusto que la hayas invitado – puntuó Cristopher moviéndose hacía su habitación. Con los sentidos que todos poseían la conversación fluía desde cualquier punto del amplio departamento en el que se encontraban.

–No la invité – aclaró Daniel que sabía que a Alyssa le encantaría explayarse respecto a cómo supo de su regreso.

–Los vi venir en las cartas –dijo al punto –vi al “loco” invertido que significa el fin de un viaje y después al “mundo” que implica un reencuentro con los amigos. – Interrumpió su explicación viendo que perdía la atención de Daniel el cual ya había escuchado ese relato. –Lancé las cartas para todos.

–¿Y qué decían? –Preguntó Jean casualmente, aunque para nada consideraba trivial lo que una gran tarotista como Alyssa pudiese decir.

–Las de Daniel anunciaban el conocer a un igual dispuesto a interferir en su camino– Daniel no dijo nada, en cambió se acomodó en uno de los sillones de la sala y sacó un mapa. Debía planear su área de caza. NY en otoño atraía a más de una familia de vampiros y debían ser cautelosos respecto a la frecuencia y áreas en las que se alimentaban. –Tus cartas anunciaban que obtendrás aquello que has cosechado –el año como neófita de Jean estaba próximo a terminar. Daniel nunca le permitía salir sola ni acercarse a los humanos hambrienta. –Y para Cristopher la rueda de la fortuna – Jean ya había escuchado eso antes. Cada vez que Alyssa intentaba leer a Cristopher a través de las cartas salía esa. La que decía que no todo estaba decidido. – Pero también los enamorados. –Jean lanzó un gritito emocionado. Daniel la miró y luego se recordó que apenas tenía dieciséis años, seguía siendo una niña por muy inmortal… – que significa que es hora de escoger entre lo que uno desea y lo que uno merece. Tendrás una “temporada” muy agitada Cristopher.

***

Alyssa estaba ahí por Jean y principalmente por Daniel. Ella vivía en Salem, era la líder de las vampirizas que habían convertido ese sitio en su hogar desde hacía siglos, despreciaba a los hombres en general, más aún si eran humanos, pero había decidido que Daniel era lo suficientemente superior como para merecer su atención. Cristopher le agradaba pero las creencias de ambos podían lanzarlos a debatir filosófica, metafísica y religiosamente. A Daniel no le agradaba ese espectáculo y lo estimaban mucho más de lo que deseaban persuadir al otro así que habían llegado a una tregua de común acuerdo.

Jean no era partidaria de permanecer encerrada. Daniel no solía ser consecuente con su sus caprichos pero cuando Alyssa se le unía le resultaba mucho más difícil negarse a algo. Habían insistido en acudir a pasear al Rockefeller center. Cristopher andaba en la nube de felicidad que le había traído su compromiso efectuado esa misma tarde y también quiso acompañarlos. Insistió también en llevar a su prometida con el grupo. Alyssa iba a lanzar las cartas antes de salir pero Cristopher no se lo permitió.

–Dejemos que el futuro nos sorprenda por una vez– le pidió. Ella le lanzó una mirada resentida pero dejó correr el asunto. Quizá no debió provocarla. Jean atribuiría a los poderes de la bruja lo que pasó a continuación.

El Rockefeller center estaba lleno de gente. La prometida de Cristopher había acordado reunirse con ellos en ese lugar por teléfono. No hacía falta fijar un sitio de reunión. Cristopher pretendía encontrarla mediante su sentido del olfato. Jean iba del brazo de Daniel. Al salir a la calle juntos tenía prohibido soltar su brazo, si lo hacía el paseo terminaba de inmediato. Alyssa revoloteaba en torno a ellos, contándole a Daniel de una exposición de arte a la que deberían acudir. Su amiga siempre se esmeraba en que la estancia de la familia Dusse fuese lo más placentera posible, y claro Daniel apreciaba ese gesto. Ya había convencido a Daniel de acompañarla cuando Jean lo distrajo.

–Maestro– lo llamó. Ese epítome hacía sonreír a Alyssa, a veces reunir a ambas parecía una competencia por adorar a Daniel. –Percibo a uno de los nuestros – sus sentidos aún eran más agudos que los de los demás. – Está con Candace– el nombre de la prometida de Cristopher.

–¿Dónde? – Cristopher aún no podía aspirar el perfume de su amada. Jean señaló un punto impreciso entre la masa de humanos que iban y venían, él vampiro se alejó de ellos prácticamente corriendo.

–Sólo había una posibilidad de que su prometida atrajese al único vampiro que no es de nuestra familia en la zona, y claro tenía que ser nuestra– añadió Jean. Tenía un don de lo más interesante y peculiar. La capacidad de alterar las posibilidades a su favor.

Cristopher finalmente pudo oler a Candace y al inmortal que la acompañaba. La halló por fin conversando tranquilamente, enfundada en un abrigo del color del chocolate. Candace tenía un olor muy atractivo para su especie.

–Buenas noches– se anunció Cristopher fulminándolo con la mirada; territorial y celoso.

–Mi vida– lo saludó Candace –mira, te presento a Erik Randbroch, lo acabo de conocer, se me cayó mi reloj y el fue tan amable de ayudarme a encontrarlo– Cristopher escuchó aquella excusa que el inmortal había empleado para acercársele. Nuevamente lanzó una mirada feroz al aludido el cual en cambio le devolvió una sonrisa de complacencia. Randbroch había cautivado a Candace, eso le resultaba claro.

–Mucho gusto – dijo Cristopher con un tono que insinuaba lo contrario.

Randbroch había llegado a Estados Unidos hacía poco. Había oído hablar mucho de ese país así que ya era hora de que lo viera con sus propios ojos. Una razón más es que hacía unos años –no muchos en realidad– Tavatha había muerto y otras más es que no quería regresar a una Alemania dividida con tanto comunismo, un país sin capitalismo le resultaba como el mismísimo infierno.

Los primeros días los aprovechó para conocer la ciudad de cabo a rabo, se gustaron de inmediato, demasiada actividad sin importar la hora que fuera y por supuesto, muchos edificios donde se notaba a leguas el dinero que corría. Siempre había dicho que él nació para rico. En ese momento ya tenía una cantidad considerable de dinero pero no era suficiente. Se hospedó en un hotel no lujoso, podría haber buscado a los suyos, después de todo muchos Europeos se habían mudado hacía Estados Unidos, pero tampoco necesitaba estar con compañía todo el tiempo, así que no lo hizo. Tenía intenciones de instalarse una temporada, hasta donde sus aparentes 20 años le permitieran.

Cuando el verano empezó a tocar su fin se sintió más aliviado, detestaba estar oculto la mayor parte del día debido al astro rey pero sabía que la ciudad sería mejor y más divertida en cuanto el invierno se acercara, si bien no estuviera nublado habría menos horas de sol. Por esa causa solía aguantarse un poco más el hambre pero en cuanto el otoño se presentó, se decidió a que ya no tendría que aguantar la abstinencia.

Salió de su hogar para ir al Rockefeller center a seleccionar una buena cena para esa noche. Ya sentía el frenesí corriendo por su cuerpo ante la anticipación, después de todo ese año había cumplido apenas 50 años y le gustaría obtener un buen bocado. Se paseó por el conjunto de edificios con las fosas nasales bien abiertas para localizar a una posible víctima. Siguió sin mucho pudor a algunas jóvenes pero al final apareció una que olía mejor que las demás, se deleitó con su aroma y así estuvo por lo menos unos minutos. La humana se ajustaba a sus preferencias, cabello castaño, piel apiñonada, bonita figura y una sonrisa roja que moría en ganas de manchar de sangre. Caminaba rápidamente así que se le acercó desde atrás, yendo casi a su ritmo y se ajustó la chaqueta. Pensó en una artimaña para detenerla, siempre podría sacarle la cartera y decirle que la soltó pero entonces se fijo en un bonito reloj que llevaba en la muñeca. Dio un paso más rápido y tiró de la correa haciéndose momentáneamente intangible para rozar su ropa sin problemas. La joya cayó al suelo pero la chica no se dio cuenta. Erik la dejó avanzar unos pasos antes de recogerla.

Como pensó la chica trató de ver la hora y entonces descubrió que no estaba. Se giró en redondo para buscarlo. La dejó buscarlo unos minutos.

–¿Se te perdió algo? –Le preguntó con tono despreocupado. La chica se giró hacía él y le sonrió, era una buena señal.

–Mi reloj, juraría que lo tenía puesto hacía unos minutos –señaló. Erik asintió e hizo que le ayudaba a buscarlo, inclusive regresó algunos pasos sobre el sitio de dónde venían y ahí hizo que lo encontró, justo detrás de una pareja de turistas. Salió con la joya en la mano y la chica se mostró tan contenta que casi le apeteció comerla en ese mismo instante.

–Permíteme –pidió sin demasiada cortesía. Tomó su muñeca y le ayudó a colocárselo. –Soy Erik Randbroch –se presentó. Ella le dijo su nombre pero a quién le importaba cuando esa noche iba morir, a él no. Hizo como que lo memorizaba, era una tontería como Candace.

En eso alguien se anunció con un "buenas noches". Erik se giró y encontró a un vampiro fulminándolo con los ojos, seguro que podría hacerlo polvo si se lo proponía. Eso debía ser una mala broma. El "mi vida" aseguró que la situación era una ironía de la vida. Lo presentó e incluyó lo que había pasado. Seguro que el novio ya sabía de qué había ido así que le sonrió. No le iba a pedir disculpas por casi cenarse a su novia.

–El gusto es mío –dijo alegremente como si a él le diera mucho placer. No le dio la mano, eso era costumbre de ancianos, como el que tenía enfrente. Se preguntó si iba a haber una batalla por la chica, podía simplemente irse porque ya tenía "dueño" pero después se dio cuenta de que no. ¡Qué demonios! La quería, y podía obtenerla si ella así lo decidía.

De pronto notó más presencias alrededor, otros vampiros que se iban acercando a su posición. ¿Es qué esa mujer iba a atraer a toda la población de inmortales? Dejó que la pareja se saludara amorosamente mientras él les veía venir. En cuanto tuvo las tres figuras delante suyo supo que sus problemas de compañía estaban resueltos. Adelantó a la pareja hasta situarse frente a los otros tres vampiros.

–Daniel –lo saludó sin formalidad ¿para qué eran los amigos sino para tratarse como hermanos? –no tenía idea de qué estabas aquí, ni tampoco que te hallarás tan bien acompañado –dijo mirando a las dos vampiras. Ese era un cambio, de la aburrida Layla, a dos inmortales guapas. Él sí que se había sabido superar –Erik Randbroch –se presentó a las dos damas con un movimiento ligero de cabeza.

–Erik, te hacía en Alemania pero me alegra mucho verte –le dijo Daniel y le presentó a sus compañeras para después sonreírle a la rubia. A Jean, tenían una complicidad que le hacía pensar a Erik que tenían algo. Alyssa, era muy hermosa pero había un dejo de molestia para con él. No era anormal, Erik a veces producía aversión en algunas féminas incluso antes de que lo conocieran. Si Daniel se percató de que no llevaba el aroma de Tavatha en la piel, no dijo absolutamente nada. Dejarían eso para una plática más privada.

–Veo que te encontraste con la prometida de mi buen amigo, Cristopher Naylor –le presentó Daniel. Erik se giró nuevamente, con la idea de que sólo le faltaba que igual fuera amigo de Daniel para que casi etiquetaran a la chica como "prohibida".

–Algo así, sólo la ayudaba a encontrar una alhaja que se le perdió –dijo como excusa aunque todos los vampiros sabían que significaba eso.

–¿Piensas quedarte mucho tiempo en la ciudad? ¿En dónde te alojas?– inquirió Daniel. Conocía a su amigo y sabía que donde quiera que fuese gustaba de vivir con lujos y acomodadamente, también le gustaba rodearse de seres interesantes, así que se podría considerar que estaba en el sitio adecuado para ello. Cristopher se alejó con Candace, no sin antes lanzarle otra airada mirada a Erik.

–En un hotel, el Hotel Time en Times Square, habitación 1208 por si gustas visitarme –dijo Erik sonriente. Podría insinuarle a Daniel de que le invitara a quedarse en su casa, seguro que él ya tenía una, bastante rodeada de comodidades, con una buena reserva de sangre o víctimas potenciales para cenar. Seguro que hasta tendría una vista, porque Daniel adoraba las buenas vistas de las ciudades. –¿Tú dónde te alojas, Daniel? –Preguntó por curiosidad y por saber si podría irle a ver. Obtuvo la dirección en un santiamén, como en otras ocasiones, él era una visita agradable a los ojos del otro alemán.

–Señor Randbroch realmente ha logrado molestar a nuestro Cristopher– dijo Alyssa colgándose del brazo de Erik. Tenía un aura peligrosa y eso atrajo su atención en un sentido de buscar intereses comunes. Alyssa como Jean sentía esa devoción por Daniel que convertía a los demás hombres en seres inferiores. –Aunque él tiende a ser resentido en contra de quienes rompen las costumbres que considera decentes.– Eso la incluía a ella. Una mujer que había escapado de las ataduras sociales que implicaba haber nacido fémina en un mundo donde debía someterse a las decisiones de los hombres, más inteligentes, para guiar su vida que ella.

–Y eso que no lo intenté de verdad –dijo riéndose, como si fuera todo aquello una broma y no hubiera existido la posibilidad de que la mujer hubiera muerto. –Me gustaría saber qué considera por costumbres decentes –preguntó aunque si se lo inquiría de verdad. ¿Es qué acaso estimaba que llegara con la señorita y le preguntara si tenía una relación con otro inmortal? O quizás esperaba una disculpa, se rió internamente porque eso no iba a pasar.

–Si yo fuera usted no le haría esa pregunta a menos que tenga la paciencia suficiente para escuchar la respuesta– dijo Alyssa y tanto ella como Erik se rieron. Jean se limitó a mirar el intercambio sonriendo pero sin alentarlos. Daniel negó con la cabeza.

–Empieza a hacer frío– Cristopher volvía hacía ellos con Candace quién ya lucía en la mano el anillo de compromiso. Jean lo miró con envidia y apretó sin pensarlo el brazo de Daniel.

–Si claro, elocuentemente engrandeces hasta una simple nube y ahora que le has dado ese diamante a Miss Lichtfield no tienes nada que decir más que "empieza a hacer frío"– dijo Alyssa tomando la mano de la humana para ver la piedra de cerca. –Es hermoso.

–Lo es. – Confirmó Candace quién estaba más que orgullosa. Amaba a Cristopher, era todo cuanto siempre deseó. La futura esposa no tenía tampoco muchas palabras aunque resplandecía de felicidad. Jean soltó a Daniel para abrazarla y colmarla de felicitaciones. Cristopher le dio algo de espacio a su novia para que tanto Alyssa y Jean elogiaran el compromiso.

–Nos casaremos el día de Navidad– dijo Cristopher– Candace encuentra esa fecha como la más apropiada. Cuenta con que Jean sea dama de honor y la ayude con todos los detalles.– El móvil de su inmortal existencia era desposar a Juliette, era enmendar su pasado atroz, ahora que estaba más y más cerca de cumplir con su visión debía estar más que rebosante de felicidad, pero le costaba expresarlo ante Erik Randbroch. Sentía su presencia como invasiva, como maligna. Aún así sonrió a Daniel.

–Que bien, una boda, amo las bodas, vino por todas partes –dijo Erik, aunque en su caso por vino quería decir mujeres hermosas en toda la fiesta. Porque suponía que si lo habían anunciado ahí en ese instante era porque todos, incluyéndole a él, estaban invitados. ¿La novia tendría una hermana? –Yo estaba a la mitad de algo antes de encontrarlos –dijo Erik refiriéndose a su alimentación –y aún sigo con ese pendiente, así que me despido por ahora –dejo en claro. Se despidió de las tres damas con más diligencia que de los dos caballeros pero al fin y al cabo se marchó para buscar algo que cenar.

–Así que, finalmente la has encontrado.– Dijo Daniel a Cristopher.

–Finalmente– murmuró Cristopher y miró a Candace con absoluta adoración.
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Re: 29 de Agosto de 1952

Mensaje por Erik Randbroch el Vie Abr 13, 2012 6:09 am

II


Erik se había dedicado a incursionar nuevamente en el teatro. Lo llevaba en la sangre y no podía hallarse en una ciudad grande sin que las ansías le hirvieran de pensar en incursionar de nuevo en ese mundo. Podía hacerlo, estaba en un continente nuevo, nadie lo conocía, y por lo menos podía estar en el medio unos cuantos años antes de que notaran que no envejecía ni una pizca. En un primer momento sobornó a un sujeto para que le permitiera hacer una audición pero lo demás había sido como correr cuesta abajo.

Usó su nombre verdadero, los seudónimos empezarían a correr conforme avanzara su estadía en Estados Unidos. Inició con papeles pequeños, secundarios, sustituciones y después brincó a un primer gran papel, su favorito: F.O. La primera función fue, como la hubiera esperado, excelsa –si le permitían ser modesto– y no podía negar que adorara los aplausos y las palabras de las personas. Le llamaban el Fantasma de la Ópera más guapo y joven que hubieran conocido, no dudaba de sus palabras. Embriagado por el éxito –y una buena compañía en la noche anterior– decidió ir a visitar a Daniel envuelto aún en el disfraz de la Muerte Roja.

Un compañero le llevó en su automóvil hasta la dirección que le dieron. De ahí, tuvo que tener mucho cuidado para no tener problemas con el sol y que éste no lo delatara en su condición de inmortal. Con ayuda de su don trepó por el edificio. No le importaba atentar contra la privacidad de las personas.

En el loft las cortinas permanecían corridas oscureciendo el lugar. Jean y Daniel, habían salido con Alyssa. Cristopher no se les unió pues había acudido a "cenar" con sus futuros suegros. Dedujo que a sus compañeros se les había hecho muy tarde para volver y seguramente permanecerían donde Alyssa.

No le importaba quedarse a solas. Igual no buscó iluminarse con luz artificial sino que tomó un viejo volumen de la biblioteca de Daniel, algo que había estado leyendo y que aún no concluía, puso algo de música para acompañarse y se relajó en uno de los sillones. Lo más agradable de esa época del año era la forma en que los días se acortaban poco a poco.

Sus agudos sentidos captaron un sonido. Provenía de la terraza que poseían. Se levantó y dejó el ejemplar sobre el sillón. El ruido se repitió, caminó en su dirección sigilosamente. Daniel tenía llaves y no haría ese tipo de entradas furtivas. El sonido se repitió y tuvo la certeza de que era alguien forzando el ventanal de la terraza a abrirse. Se le hacía absolutamente ilógico que alguien intentara robarles. Irrumpir en el piso de cuatro vampiros sin ser invitado equivalía a la muerte, aunque si le era posible Cristopher procuraría no llegar a tanto.

Aguardó juntó a un librero, que le proporcionaba el punto más oscuro del loft. El intruso hizo su entrada envuelto en una peculiar capa digna del siglo pasado. Cristopher bien lo sabía pues había usado vestimenta similar en Londres, precisamente el siglo pasado.

Se movió rápidamente y sujetó de un brazo al intruso doblándoselo por la espalda, presionó esperando escuchar el conocido sonido de un hueso rompiéndose pero eso no pasó. Porque su visitante no era humano. En vista de ello aplicó más fuerza para derribarlo y someterlo, sujetándolo del cuello con una mano y apretando su cabeza contra el suelo contra la otra.

El intruso se defendió, lanzó la capa a la cara de Cristopher con la mano libre. Aprovechó ese momento para golpearle con el codo y que le soltara. Erik no esperó ni un segundo para subirse encima de su contrincante. Le sujetó de las muñecas con saña. Sabía que la máscara no daba una imagen más amable de él, y entonces empezó a reír, a sonoras carcajadas regodeándose de ese momento.

Aquello que Cristopher había apresado no era otra cosa que la mismísima muerte roja escapada de la pluma de Poe. Miró el cadavérico rostro y unos ojos sin vida le devolvieron la mirada. Había algo diabólico en el intruso.

–Le advierto, que de no dejarme ir en el acto, perderá todo cuanto le es valioso y aún más, será un placer desecar su alma tan sólo para sentirme en paz con mi honor.

–Soy yo –respondió la muerte roja y se desprendió de aquella máscara que nublaba su identidad. –Vaya manera de saludar a un viejo conocido, eso no va con las costumbres que se consideran decentes –se vio liberado pero quedarse tumbados los dos en el suelo pareció resultarle natural y cómodo a herr Randbroch. –Te ves bien ahí abajo.

–Daniel no se encuentra – fue lo único que atinó a decir y se incorporó. Sacudió sus ropas y levantó la capa que Erik había perdido en medio de su trifulca. Se la tendió. – Y dudo que usted reconocería una conducta decente aunque esta se pavoneara delante de sus ojos.

–Quizás si esa conducta decente tuviera plumas y lentejuelas, podría reconocerla... Oh pero quizás entonces, ya no sería una conducta decente –dijo Erik riéndose, interrumpiendo.

–En cuanto a la bienvenida, se comporta como un ladrón, cuyo objetivo se ha visto cumplido pues logró robarme la paz de la que estaba disfrutando... así que no creo que tenga razón alguna para quejarse de una bienvenida violenta. En este hogar sólo es bien recibido quien se anuncia apropiadamente. –Cristopher se percató de que lo estaba reprendiendo como si fuese un niño al que se sorprende durmiendo en una clase. –Ya puestos, ¿qué clase de vestimentas son esas?– preguntó curioso.

Encendió la luz como mera formalidad y pudo apreciar más de aquellas vestimentas rojizas, estaba seguro de haberlas visto con anterioridad, pero había visto demasiado y llevaba dentro de sí demasiadas memorias ajenas, lo cual podía convertirse en un estorbo cuando buscaba un dato así de sencillo.

–La muerte roja ¿me dirás que no las reconoces? –Preguntó sorprendido y un poco ofendido, tomaba a Cristopher por alguien letrado. Se dirigió hacía un sillón y se sentó con comodidad en él –vengo del teatro, soy Erik, el fantasma de la Ópera –se señaló a sí mismo con pedantería.

Cristopher estaba estupefacto. ¿El fantasma de la Ópera? Y él, él era Romeo Montesco. Se rió con ganas. Era la mejor broma que le habían contado pues venía a cuento que los monigotes de las obras de teatro, los productos de la imaginación, no sólo se escapaban de sus respectivas historias bordeadas de cortinas púrpuras sino que además tenían el buen gusto de juntarse para charlar.

–Y dime Erik– pero si hasta el nombre cuadraba –¿existe Christine Daeé en tu vida?– Inquirió, quizá el Fantasma tuviera éxito donde el Romeo había fallado.

–Pues no... No he hallado mujer que tenga la voz de una diosa y al mismo tiempo la personalidad de un ángel inmaculado, pero temo que si la hallo, no tardara en aparecer el fantástico Raoul para enamorarla con promesas de amor eterno y se vaya con él –dijo irónicamente –quizás podría escribir un final diferente para la ocasión ¿no crees? –Le preguntó.

–Por supuesto que lo creo, pero hay un gran abismo entre desearlo y realmente hacerlo. ¿Qué tienes en mente? – no tendía a ser curioso sobre lo que oscuras mentes pudieran maquinar pero Erik lo intrigaba.

–¿Asesinar de antemano a Raoul? –Preguntó Erik, aunque era la genuina verdad de lo que haría. ¿Para qué mantener discusiones si se podía liar a muerte con un contrincante? Se encogió de hombros. Cristopher se imaginó que apareciese un alevoso a tratar de seducir a su Juliette, cuando eran esposos, en esos días felices en Verona. Entendió la postura de Erik. Los dos se rieron con la idea del asesinato. Erik tenía otra propuesta –podría actuar que soy como Raoul por unos meses pero seamos francos... que cansado es personificar a alguien distinto y quiero que Christine Daeé me amé por quien soy, no por lo que ella cree que soy. Por cierto ¿tu prometida sabe tu inmortal secreto?

–Lo sabe – dijo Cristopher y se levantó del sillón para pasearse por la sala, había algo respecto a eso que no lo convencía – admito que siento debilidad por la mortalidad, hay algo en la fragilidad de la humanidad que me atrae irremediablemente, ¿acaso será simple apetito por su sangre? Sin embargo, en Candace está todo cuanto he buscado y por ello le compartí el conocimiento de nuestro don oscuro, dado ese paso, y convirtiéndola en mi esposa, sólo queda un camino aunque temo las consecuencias. – Tomar su vida y hacerla como él. Miró a Erik y confesó: –No deseo convertirla.

Erik tan sólo asintió sin comprender aquellas palabras tan contradictorias. Se quedaron en silencio un momento antes de que él cambiara el tema.

–La próxima semana seré Dorian Gray... –le presumió.

–Soy un gran amante de la ópera– siguió por ese rumbo Cristopher –me gustaría ver el fantasma alguna vez, no podría declararme un particular entusiasta del existencialismo penoso debido a mi propia experiencia que Gray representa, pero sería prueba de absoluta ignorancia negar que es un personaje brillante, un auténtico inmortal de la literatura.

–Entonces les daré boletos para que vayan a verme esta semana, aún está en escena el fantasma de la ópera, así podrás verla –le invitó Erik. Le daría boletos igual a Daniel, Alyssa y Jane, quizás uno a la prometida del vampiro. –¿El existencialismo penoso debido a tu propia experiencia? ¿Acaso tu alma esta corroída por dentro aunque tu semblante sea tan hermoso? –Preguntó.

– Por supuesto que lo está. Llevo encima un don que me ha hecho vivir cien vidas más de los años que llevo a cuestas, vidas ajenas encima que han contaminado mi mente con sus sentimientos y sus experiencias, sus odios y el dolor y todo eso que nubla el alma humana y que atormenta la mía negada para sentir tanto. – Se puso la máscara tomándola de manos de Erik. –Soy un anciano decrépito dentro de una funda conservada a través del paso de los siglos y sólo reencontrar el amor podrá salvarme. Sólo si enmiendo mi crimen tendré paz y podré sentirme vivo.

Erik se levantó de su asiento para seguirlo en su paseo por la sala. Se plantó frente a él para detenerle en su caminata. Estiró la mano para cogerlo del mentón y levantarle el rostro, para verle con la máscara puesta y observar si realmente era tan demoníaco pero sus ojos le delataban. No había un ser maligno en unos ojos tan serios y tan tristes. Encontró a Cristopher irremediablemente atractivo. Movió su pulgar a través del mentón del vampiro hasta sus labios.

–El pasado al pasado, esas vidas dentro de ti, no las hagas tuyas querido amigo, así no sufrirías más por ellas –le aconsejó.

El momento duró poco, Cristopher se quitó la máscara y se la tendió de vuelta. Erik no era muy dado a hablar del amor, ni creía que este fuera un salvador supremo, creía que el amor por sí solo no bastaba.

–Por cierto, lamento lo sucedido en el Rockefeller center, sé que quizá fui demasiado impetuoso para una presentación.– Dijo Cristopher.

–El pasado al pasado, no hay de qué preocuparse –repitió Erik. –¿Emocionado por la boda? –Inquirió, la verdad es que lo veía abatido para ser un próximo novio. Seguro él estaría igual de verse atado para siempre a una persona, fuera quién fuera. Erik tenía problemas con el compromiso. –Te veo haciendo perfectamente de príncipe en caballo blanco aunque me parece que subestimas el amor qué tu novia te tiene, se casara contigo, seguro será inmortal contigo, vivirán años y años y años... un final de cuento ¿No? –¿No era aquello lo que Cristopher buscaba? Un amor eterno y un final feliz cómo pedían los niños pequeños. –Pero si dudas antes de la ceremonia puedo hacerte el favor de impedirla –continuó con la charada.

–La subestimo, tienes razón eso hago. Lo has expresado con brevedad para la vastitud de lo que en mí representa. ¿En verdad impedirías la boda? ¿Y cómo lo...– se frenó a tiempo de preguntar algo que no quería ni imaginar. Había sido un desliz de curiosidad debido a la originalidad de la personalidad de Randbroch.

–¿Lo impediría? Podría ser muy dramático, entrando a la iglesia justo cuando preguntaran si conozco una razón para que la boda se impidiera... la razón tendré que pensarla un poco más... ¿infidelidad? ¿Qué sólo te desea por tu dinero? ¿Qué comete el pecado de adorarte mucho más que a un dios omnipotente? Yo me declararía culpable... –detuvo su labia y sonrió. Había cortado la frase a propósito.

Cristopher sonrío y se puso en pie para deambular por la sala nuevamente.

–No estoy dudando de mi amor por ella, tan sólo es el sencillo cuestionamiento de haber elegido a la persona correcta. No sé si me explico. Estoy mal, lo sé, ella me ama y yo la amo, no debería dudar, no debería solicitar nada más. –Lo miró suplicando que lo entendiese, para sentirse menos monstruoso, para estar menos muerto.

El sonido de la puerta al abrirse precedió a la familia Dusse. Erik dirigió su rostro a la entrada de la casa al mismo tiempo que una voz femenina los anunciaba. Daniel entró de primero, seguido de su inseparable Jane y de Alyssa. Regresaban justo en el momento en que el sol empezaba a salir en todo su esplendor, normal, era hora para los vampiros de dormir. Lo que Erik no esperaba es que justo en ese momento, entrara alguien más, alguien que inundó con su presencia aquella recámara: Giacomo Casanova. La familia Dusse estaba creciendo a un ritmo alarmante. Menos mal que tanto Daniel, como Jean, los dueños de ese hogar eran ambos anfitriones cordiales. Se fueron tres y ahora retornaban cuatro.

–¿Qué haces tú aquí? –Preguntó a la par de Cristopher.

–Cristopher Naylor y Erik Randbroch –los saludó el aludido lentamente con una octava de voz más abajo, pronunció el nombre de Erik como si saboreara su nombre o tal vez es que saboreaba algo más.

Aquel le sonrió de lado, de esa forma que podía ponerte los vellos de punta si se lo proponía. Y una madeja de recuerdos le vinieron a la cabeza de Erik de inmediato, escenas bastante subidas de tono de ellos dos, fundidos en escenas cadenciosas, de pasión y sexo. Sexo en su punto más natural, animal e instintivo. Erik pensó por un momento que los demás podían ser participes de sus pensamientos.

Tosió un poco tratando de hacerse el desentendido pero se colocó en pie.

–Agradezco mucho la invitación que me hiciste Daniel, y venía a decirte que acepto vivir contigo esta temporada –dijo Erik poniéndose de pie. –Iré a por mis cosas y a traerles los boletos de teatro, he invitado a Cristopher a verme haciendo del Fantasma de la Ópera, así que extiendo aquella invitación para ustedes –dijo. De pronto notó que hablaba demasiado, quizás lo mejor sería callarse e irse rápidamente.

Miró hacía la ventana, el sol estaba en lo alto pero no se preocupaba por esa pequeña molestia. Fue a la puerta.

–Espera, ¿qué pasa con la luz del sol?– inquirió Cristopher con genuina preocupación. Daniel le hizo un ademán de que dejase ir a su coterráneo. Cristopher no insistió y se despidió con un corto: nos vemos en la ópera.

Apenas se hubo marchado Randbroch, Casanova se metió a la habitación de huéspedes a donde Jean lo condujo. Daniel se acercó a Cristopher.

–No te preocupes por Erik, su don lo protege del sol.– Le explicó y luego el dueño de ese hogar reparó en los huecos formados en el suelo cerca del ventanal. –Me da gusto que se lleven bien– dijo. Los estropicios eran mínimos y eso, sabiendo de antemano los efectos que Erik era capaz de suscitar, simbolizaba todo un éxito de la convivencia pacífica.

La voz de Giacomo llamando a Daniel sonó por el loft.

–¿Se quedará por mucho tiempo?– se quejó Cristopher. Daniel le dio una palmada en el hombro.

–Tienes seiscientos años cumplidos, sin duda habrás cultivado algo de paciencia en ese lapso.
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Re: 29 de Agosto de 1952

Mensaje por Romeo el Jue Ago 23, 2012 1:16 pm

III

Erik se acomodó la máscara por décima vez en el rostro, "Raoul" le dijo que se le veía nervioso y Erik le sonrió con fastidio. Esa noche acudirían sus amigos a verlo cantar así que podía decir que lo estaba, además entre ellos se encontraba Cristopher, por lo que su actuación debía ser la mejor de todas.

Les había apartado un palco desde dónde podían ver perfectamente la función y sin que tuvieran que mezclarse con los humanos, aunque sabía que iría la prometida de Cristopher. Notó cierta acidez al pensar en ella y no supo bien a bien porqué, o si lo supo, lo dejó pasar cuando fue su turno para aparecer entre humos y espejos para hablar al corazón confundido de Christine Daeé.

Lo cierto es que Erik tenía buena voz. Cristopher había escuchado cantar al mísmisimo Farinelli; Randbroch no se le podía comparar pero sin duda interpretaba con sentimiento. Sonrió para sus adentros. Daniel le había prevenido respecto a la doctrina que su nuevo amigo prácticaba: el cinismo. Pero al verlo cantar respecto a un amor tan devoto por una mujer supo que nadie que pudiera entender de tal forma el amor era tan superficial y frío cómo pretendía.

En cuanto terminó la función con los aplausos del público de fondo todavía, Erik se dirigió a su camerino a quitarse las vestimentas del fantasma. Era la última presentación que hacía de él, la siguiente semana sería Fausto y después ya no actuaría en el Met; pues entonces haría teatro sin ser ópera. Al salir, las damas fueron las primeras en felicitarlos gratamente. Candace en particular lo felicitó efusivamente por su actuación, al igual que Jean y Alyssa. Las atenciones de su prometida hacía el cantante pusieron un tanto celoso a Cristopher y no pudo evitar ser brusco al comentarle:

–Me olvidé de traerte flores.

–Ya será a la próxima ocasión –le dijo Erik. Mientras él actuara, le gustaría que Cristopher fuera a verle.

Por cierto, a nadie le extrañó que Giacomo no estuviera con sus amigos, en cuanto acabó la función dijo que se iría por su cuenta con una dama a quién sabe Caín como había seducido de palco a palco.

***

Alyssa los había invitado a una fiesta en una mansión con más inmortales así que acudieron, siempre era interesante conocer a más de ellos. La celebración era en los Hamptons. La casa era propiedad de algún vampiro inmiscuido en la alta sociedad de los humanos. La invitación fue extensiva a Giacomo y a Erik. Por tratarse de una ocasión sobrenatural Candace no pudo acudir con la familia Dusse.

Una vez en la mansión Giacomo se les perdió de vista de inmediato pero sería fácil hallarlo si se le buscaba en los pisos superiores. Jean iba colgaba del brazo de Daniel como siempre. Erik a veces se preguntaba si su amigo no veía o se hacía el que no notaba, la devoción y el amor que la vampira le prodigaba. Ah esa Layla, cuánto daño había dejado con su partida.

Cómo una diversión adicional, Alyssa les habló de Adanna y Xia. Dos miembros de su peculiar cofradía femenina. Habían venido desde Westchester para entretener a los invitados con sus respectivos dones. Los cuales Alyssa definió cómo: al hablar con Adanna te encontrarás a ti mismo, al dejarte acariciar por Xia podrás soñar. Instó a toda la familia Dusse a conocerlas. Sería una grosería hacía ella el que no charlaran por lo menos unos minutos con ambas. Sin embargo ya en la fiesta Erik sólo consiguió localizar a una. Estaba parada sola cerca de la barra de copas. Alyssa le había dicho que se llamaba Adanna.

Erik se acercó a ella con una sonrisa coqueta, no podía evitar hacerlo, era algo natural que le salía aunque no tan bien como a Casanova.

–Me gusta el dinero –fue lo primero que le dijo –me gusta mucho... vaya, Alyssa ya me había dicho que algo así pasaría cuando hablara contigo pero pensé que exageraba. –Se rió por lo tonto que sonó lo que dijo. Si, Alyssa ya le había dicho que al hablar con Adanna se encontraría a sí mismo, no lo entendió cuando la vampiriza lo dijo, pero ahora que lo sufría en carne propia, lo comprendió de inmediato.

La chica lo miró, pero no le dijo nada, parecía que lo instaba a seguir hablando. Erik bebió un tanto de su copa de sangre antes de intentar decir algo más.

–Tavatha murió por mi culpa, porque no le hice caso a una sencilla petición que me hizo...como sea, me vengué de lo que sucedió y me siento tranquilo sin embargo me siento solo. Ya sabes, con esa sensación de vacío que tratas de llenar con tonterías materialistas pero que siempre te alcanza, y te deja con la idea de que vivirías sin compañía por el resto de tu inmortal vida –calló por un segundo y desvió la mirada de la mujer hacía sus compañeros, estaban en el centro de la pista bailando –me alegra haber encontrado a Daniel, siempre me hace menos daño estar con alguien como él, y a la vez evita que cometa las mismas estupideces de siempre –sus ojos pasaron de Daniel y Jean hacía Cristopher –como me pone celoso su prometida... –Erik calló de inmediato y miró a Adanna con incertidumbre.

Ella permanecía completamente serena, no le había interrumpido ni un sólo momento para evitarle contar todos esos asuntos personales. Erik carraspeó.

–Creo que mejor me callo y me voy –dijo. Alzó la copa en un brindis para ella y se alejó un tanto perturbado.

Entretanto Cristopher se entretuvo en una conversación con Jean y Daniel, la vampiriza joven deseaba conocer más detalles de la boda, aunque Cristopher no fue demasiado útil al respecto, era Candace quien decidiría los preparativos. Fueron interrumpidos por Alyssa; quería que Daniel jugase con unos trabucos antiguos los cuales pocos sabían disparar correctamente para esa época. Lo convidó al jardín y Jean lo siguió. Cristopher los iba a seguir pero una dama de piel oscura se interpuso en su camino.

–Buenas noches– lo saludó con pleitesía.

–Buenas noches –la saludó Cristopher. – Gusto en conocerla. Yo soy Cristopher Naylor aunque se trate de un alias. Lo elegí debido a que conocí anteriormente a un sujeto llamado así y me pareció que era el hombre más afortunado de la tierra; pensé que al adoptar su nombre quizá obtendría un poco de su buena fortuna– Al decir aquello supo de inmediato que hablaba con Adanna.

Ella le sonrió.

–Siento que vino hacia mí premeditadamente.– Se guardó de seguir hablando.

–Su mirada triste fue la que me atrajo hasta usted.–Aclaró ella. –De cualquier modo evito revelar cuánto me confiesan las personas, si actuase de otro modo no sería capaz de aliviar inmortales almas atribuladas.

Cristopher desconfiaba de Alyssa y no olvidaba que aquella hermosa chica era parte de su familia, sin embargo la gentileza en su tono de voz lo encomió a confiar en ella.

–Parezco triste, no debería estarlo estoy por casarme con el amor de mi vida.– Dijo y de inmediato aquellos oscuros pensamientos que había negado a todos empezando por él mismo salieron a flote sin que pudiera contenerlos. – No sé si ella es Juliette– se horrorizó sobremanera de lo que acababa de decir e intentó huir de Adanna pero ella lo sujetó de un brazo con dulzura. Negó previniéndolo de escapar sin haber sacado todo el veneno de su interior. – Siento que esa duda me perseguirá para siempre; he tratado de mantener la confianza en mis creencias. El alma de Juliette no podría abandonarme si me ama tanto como yo a ella sin embargo... Tengo demasiadas vidas ajenas dentro de mí, tanto que siento que me han cambiado a pesar de que se supone que eso es imposible para gente como nosotros. Tanto que siento que dejaré de creer si sigo así. Me siento muerto por dentro.

Adanna sintió compasión por él y lo soltó finalmente. Aunque ella sabía que el primer paso para alcanzar la paz era admitir que se carecía de ella.
Erik conversaba con los vampiros residentes de NY en la fiesta, el tópico de su charla eran los negocios. Después de hablar de los intereses, los comercios y los contactos, se despidió de sus congéneres para circular por el salón. Había hermosas mujeres por donde se viera. Buscó a su familia. No encontró a Daniel pero si a Cristopher, estaba hablando con Adanna así que se abstuvo de ir a abordarlo inmediatamente. Se quedó a lo lejos mirándolos y aún después de que Adanna ya se había marchado continuó mirándolo a lo lejos. Cristopher tenía una presencia innegable aunque su semblante triste hacía que ya no fuera arrolladora. Era un hombre sumamente atractivo pero ensimismado en sus problemas. Erik quería sacudirlo para que reaccionara de esa vida. Pensamientos de que le gustaría intentar algo con él, empezaba a rondarle por la cabeza. Se acercó a él y aspiró su aroma, le gustaba como olía. Esa combinación entre su colonia, el aroma de la ropa, del jabón con el cual se había bañado y el aroma de su cuerpo.

–¿Y Daniel? –Le preguntó. No quiso indagar por su plática con Adanna, la verdad es que eso era demasiado íntimo.

–Daniel salió al jardín con Alyssa.– Atinó a responder Cristopher.–Lamento ser tan parco en mi respuesta, creo que... no me encuentro muy bien–admitió.

–Dime... ¿has visto el amanecer en Staten Island? –Le preguntó Erik obviando su melancolía. Sabía que la respuesta sería un no, porque los inmortales no solían ver el amanecer en un sitio despejado, que fuera público y menos frente al mar, aunque era una visión que muchos añoraban.

–Alguna vez, en 1754, pero tuve que ocultarme a toda prisa de los soldados británicos. – La expresión de sorpresa de Erik le agradó. Deseaba estar en cualquier lado y ser cualquier salvo quien era justo en ese lugar y momento –Me gustaría verlo de nuevo– alejarse de Adanna y sobre todo alejarse de la verdad.

Habían llegado a los Hamptons en el automóvil de Giacomo, un vehículo ostentoso cómo todo en la personalidad de ese odioso italiano. Cristopher fue a por las llaves aunque para lograrlo tuvo que pasar entre un nutrido grupo de damiselas que lo escuchaban contar alguna historia.

–...Y entonces la dama se mostró particularmente decepcionada de él. Daniel Dusse es un buen partido y Cristopher también lo es, y al parecer ambos piensan lo mismo el uno del otro– hubo un estallido de carcajadas. A Cristopher ni le sorprendió ni le incordió que su "amigo" Casanova estuviese declarando a Daniel y a él como una pareja. De cualquier modo no tenía interés en conquistar a ninguna de las mujeres presentes.

–Giacomo, ¿me prestarías tu automóvil?– eligió preguntar justo cuando una de las chicas se inclinaba para besar al italiano. Este no interrumpió esa caricia sino que se limitó a sacar las llaves de su vehículo y tendérselas a Cristopher.

Las tomó y se dirigió a la salida, seguro no lo echarían de menos. Tenía intenciones de conducir a donde fuera hasta donde la gasolina le alcanzara y luego continuar a pie, a ver si poniendo distancia se olvidaba de sus problemas, o quizá tal cosa era imposible pues los problemas viajaban dentro de su atribulada cabeza. Erik se apresuró para que no le dejara atrás. Abrió la puerta del pasajero y se coló en el interior.

–A dónde sea que vayas, quiero ir contigo –le dijo.

El motor se encendió, y se empezaron a alejar de la fiesta, del cotilleo, de los oídos sensibles de los otros inmortales. Cristopher estaba muy serio, al grado de tener rostro de que podría parar en una esquina e indicarle que se saliera porque quería estar solo. Y eso era lo que Erik quería menos, estar solo.

–¿Porqué no vamos a Staten Island? Hay algo que quiero mostrarte –le insitió. El silencio se apoderó del viaje y a Erik le molestó aquello. –Hablé con Adanna, y me dijo algo que no quería escuchar, que creo te sucedió lo mismo... –empezó, no sería raro que eso hubiera pasado –¿porqué las mejores y peores mentiras son las que nos decimos nosotros? ¿Es qué acaso somos los únicos que nos las creemos? –Le dijo. En realidad no quería que Cristopher respondiera, sólo era por hablar, por remover un poco sus pensamientos.

Ese año Cristopher cumplió 600. Esa cifra lo molestaba, se sentía muy viejo pero no más sabio. Había conocido a muchísimas personas pero no se sentía menos sólo y... estaba comprometido pero no se sentía más cerca de Juliette que antes. Tendía a relacionarse con los demás en términos de su propio ser, es decir, lentamente. Le tomó un año hacerse amigo de Daniel, le tomó siglos decidirse a dejar Europa, aún no confiaba en Alyssa pese a verla continuamente al lado de Daniel; la única ocasión en que todo le ocurrió en un fugaz parpadeo, en que la más súbita pasión lo encendió fue cuando conoció a Juliette. Aunque era mucho más joven en ese entonces. Y sin embargo ahí estaba conduciendo rumbo a Staten Island sólo porque Erik se lo había pedido. Al llegar al sitio su acompañante bajó del automóvil. Olía a sal, tan propio del mar. Caminaron bajo el muelle hacía la playa; el cielo empezaba a esclarecer.

–Es increíble que estos paisajes cambien tanto y sin embargo nosotros cambiemos tan poco. –Habló Cristopher.

–Ven –le pidió Erik a Cristopher. Quería que esperaran al sol juntos. Estiró la mano para coger la de Christopher, los primeros rayos del sol los alcanzaron de esa manera. –Adanna me dijo que temía estar solo y es verdad –le reveló. Cristopher hizo un amago de escapar del sol de vuelta al coche pero Erik lo obligó a mantenerse en su sitio.

–¿Cómo?– Dijo Romeo no tanto en referencia a la revelación de Adanna sino ante su propia mano unida a la de Erik, la cual no ardía. – ¿Qué clase de don puede hacer esto?– muy a su pesar sonrío.

–El de la intangibilidad –le explicó Erik. Estaban atravesando los rayos del sol, por eso es que no se quemaban.

Cristopher se decidió en cambio mostrarle el suyo. Le mostró sus recuerdos de su encuentro con Adanna.

El alma de Juliette no podría abandonarme si me ama tanto como yo a ella sin embargo... Tengo demasiadas vidas ajenas dentro de mí, tanto que siento que me han cambiado.

Se quedaron callados un momento contemplando la salida del sol. La escena se le antojo irreal a Cristopher pero se permitió disfrutarla.

–Herr Randbroch, creo que tienes cierta preferencia hacía mí lo cual no puedo entender, pero te agradezco por acompañarme. – Dijo.

–Si no lo puedes entender, creo que es porque no tienes consciencia de quién eres –dijo Erik sin mirarlo.
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Re: 29 de Agosto de 1952

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