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Tales du troupeau

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Tales du troupeau

Mensaje por Santino Fornari el Jue Jul 12, 2012 5:09 pm

[Nota: Estás historias forman parte del canon de los personajes siguientes: Abel, Claude, Neil y Santino]



Tales du troupeau


Esta es la familia de Abel, Neil, Claude y mía...

Greta Fornari.
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Paulinne Seberg y Remi Valois son los débutants de la manada. Escuálidos y esmirriados con el aspecto de haber crecido mucho de golpe que todos los lobeznos adquirían al llegar a cierta edad. Greta lo sabe, ella tuvo dos cachorros pasando por lo mismo.

Es un asco en la cocina y lo sabe pero eso no le impide comprarse revistas de cocina cada vez que pasa por el mercadillo y las tiendas de conveniencia. Tiene como cincuenta apiladas en la cocina, cómo sí con eso fuera suficiente para ser buena cocinera. Las hojea de tanto en tanto y lo intenta, de verdad lo intenta.

Gennaro se comía todo cuanto le ponía delante y lo hacía como si fuera la cosa más deliciosa del mundo. Bendita sea ser su psicadelfa. Pero Greta sabe que ni Paulinne ni Remi están enamorados de ella. Ellos sí que notan cuando le falta o le sobra sal, cuando se ha quemado la carne, cuando la baguette ya no está fresca; y demases.

Aún así el par de adolescentes pasan cada mañana a su casa a desayunar con ella, y le aceptan con gusto el almuerzo que les prepara para el colegio. Remi es más emocional que Paulie; por eso la abraza cuando la descubre mirándolo ese segundo de más. Ese segundo de más cuando su memoria la manda donde Raphaello.

Esa mañana Greta les pasa las bolsas del almuerzo mientras les mete prisa para que corran al colegio. Paulie se mete al baño, Remi se ata los zapatos mientras Greta, con la última cuchara de madera que le ha sobrevivido en mano se queda clavada en la puerta de la cocina. De repente se ha preguntado qué pasó, ¿dónde está su familia? ¿Y su esposo? ¿Y sus dos hijos?

Remi se endereza. Paulie sale corriendo del baño como una bala gritando algo de que van tarde y tiene examen a la primera hora. Paulie la besa en las mejillas y huye. Remi hace lo mismo pero además la abraza cuidando no lastimarla antes de marcharse.

Greta los ve marcharse. A diferencia de Gennaro y Santino, de ellos si sabe cuando regresarán.


Noah Seberg.
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Nadie tiene mejor olfato que el suyo. Cada cual aporta lo que puede. Abel y Santino son pura fuerza bruta. Neil es de lo más veloz. Claude siempre tiene un plan. Baptiste tiene más valor que nadie, Paulinne y Remi son arrojados más allá del sentido común. Cora y M&m están perfectamente sincronizadas. Demasiado sincronizadas. Nadie puede entender cómo es que Joelle y él a pesar de ser gemelos hagan un trabajo en equipo tan nefasto.

Noah está harto de explicarles que como humanos tiene ya un vínculo con su hermano el cual se ve contaminado y se vuelve confuso al entrar en fase. Está harto de que los pensamientos de todos sean perfectamente claros en su cabeza a través del lazo excepto los de Joelle. Es como si lo que él piensa y lo que su gemelo piensa se volviera un eco repetido al infinito. Es imposible coordinarse así.

Así que el apoyo de Noah por mucho que le fastidie a Joelle es su naríz. Un rastreador nato.

El aroma del frío es tenue. Santino, quién los guía, no es capaz de captarlo, de hecho nadie más puede, pero Noah está seguro del camino que deben tomar entre las calles de su ciudad. El vampiro se cuela entre los vericuetos de las callejuelas amparado por la noche. Santino grita ordenes, están tratando de cercarlo, el grupo de Abel corre paralelo al golfo de León. De ninguna manera permitirán que llegue al mar. Santino está encargado de evitar destrozos dentro de su ciudad. Está preocupado.

Oliffe grita por el lazo que el frío se ha desviado a su derecha, los lobos captan el sonido de un tumulto, pero Noah está seguro de que eso se debe a otra cosa. Pleitos de humanos no de lobos.

-¡Santino!- le grita tirando por la izquierda. No espera a que nadie le confirme sus sospechas, sabe lo que su nariz sabe. No se fija si lo han seguido hasta que el aroma incrementa tanto que sabe que ha alcanzado su objetivo. Es entonces cuando mira atrás y se encuentra solo.

El frío le salta encima. Noah gruñe y se traban buscando el cuello uno del otro. El frío es alto y musculoso, un entramado de fuerza y sed de sangre. Noah cae, por una vez el grito de Joelle rezumba en sus oídos a pesar de la distancia. No puede escuchar a Abel ni a los demás vigías del mar, sólo a su hermano. Es un segundo y al siguiente las maldiciones de Santino resuenan en su cabeza al tiempo que su beta le cae al vampiro encima.


Joelle Seberg.
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Joelle escucha hablar a los demás mientras que él trabaja. Talla la madera de forma hábil dándole una forma humana. El cuchillo con que lo hace está tan afilado que de tanto en tanto se hace pequeños cortes que cierran de inmediato. Está modelando un hada, media docena de ellas lo flanquean mientras que los demás tontean echados en la sala. Joelle es un artesano nato pero quién le enseñó que lo suyo era crear cosas más que destruirlas fue Gennaro.
Hablando de su mentor, el celular suena. Joelle mira el mensaje.

-Feliz cumpleaños- dos palabras de parte de Gennaro que para él significan muchísimo. Sabe que Noah no recibirá ningún mensaje de ese tipo. Tras leerlo lo borra. En su cabeza llama a Gennaro Bernard. Fue necesario ponerle otro nombre para pensar en él sin ganarse la ira de Abel. Todos idolatran al iraní. Joelle reconoce que tiene talento, pues inclusive Gennaro le reconoció eso.

A pesar de que su gemelo, Remi y Baptiste lo ven casi como un padre él no puede. Gennaro ocupa ese lugar en su corazón. Joelle se siente más su hijo de lo que Santino mismo se sentiría.

-Mata a Abel- Joelle sigue modelando su pequeña hada, la que llevara al mercado de pulgas el fin de semana. –Mata a Abel- espera por el día en que el celular suene y el mensaje ponga esas palabras. Cuando eso pase se levantara de su lugar y le clavará ese mismo cuchillo en un ojo al lobo que ajeno a sus homicidas pensamientos se ríe con Georggie sentada en sus piernas haciendo el idiota.

Gennaro no le cuenta donde está, ni con quién, ni haciendo qué; no sería seguro que Joelle lo supiera. Sin embargo sabe que regresará y ya sabe entonces al lado de quién luchará.


Claude Seberg.
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Siente que la grand-mere está pensado que él es el menos lobo de todos sus lobos. No puede saber lo que ella piensa pero lo intuye con ese gran cerebro suyo. Sabe que Abel no confía en él a pesar de haber estado a su lado cuando se rebeló contra Gennaro. En parte es porque Abel no le puede leer la mente.

Lo extraño es que a pesar de eso, cuando Claude dice a Abel:

-Atila el huno hubiera aplicado esta estrategia- o mejor, -los romanos hacían esta formación- o tal vez, - Alejandro Magno ganó en una situación parecida haciendo esto- y la inigualable, -en el señor de los anillos Aragorn pensó que esto sería mejor- Abel hace caso de sus consejos.

Él no es como Donna. Cómo la gran Donna Rowe quién no deja traslucir nada, quién marcha misteriosa, oculta entre secretos inexpugnables. En la mente de Donna no se escucha sino los pensamientos ajenos. En la de Claude se escuchan sus propios pensamientos distorsionados. Siempre está pensando en algo. Puede estar recitando la Ilíada, o relatando historias del imperio romano, o explicando el sistema de la bolsa de valores o criticando el gobierno, una receta de cocina, un pasaje bíblico, los diálogos de una película o la tablatura de una canción. La tablatura es el distractor que más fastidia a los demás, porque además de imaginarse las notas para guitarra encima las toca reproduciendo el sonido en su cabeza; pronto toda la manada está tarareando o cantando lo que él interpreta en su imaginación. Y vaya que odian su gusto musical.

-La Marseillaise, por lo menos que sea la puta Marseillaise puto Claude- le gruñe Baptiste.
Tuvo que aprender a hacer eso debido a Oliffe. Jamás podrá olvidar la forma en que todo comenzó.

Tenía quince años y no sabía que la amaba hasta esa noche en que la soñó sobre él. El rostro sonrojado, los pechos tibios, su interior húmedo recibiéndolo. Oliffe onduló a su lado, se tocaron, se hicieron, se dejaron hacer, se chuparon, se probaron, se miraron, se unieron toda la noche.

Claude despertó con eso en su cabeza y para cuando alcanzó los pensamientos de los demás ella vino corriendo hacía él para atacarlo a mordidas que iban muy en serio. Una pelea campal en la que todos tomaron parte. Sus hermanos con él, los de Oliffe con ella. Abel y Santino en medio tratando de poner paz. Se hizo humano para dejar de pensar en el cuerpo desnudo de Oliffe sobre el suyo y aún cuando hizo eso ella lo mordió. Casi le arrancó el brazo. Tardó en regenerarse y aún ahora cuando hace frío le duele.

Tuvo que aprender a ocultar lo que sentía por Oliffe en el fondo de su cabeza, pero el daño ya estaba hecho.


Remi Valois.
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Quién diga que ser un adolescente implica no tener preocupaciones está loco. Si eres lobo esas preocupaciones se vuelven cosa de vida o muerte. Remi no sabe como demonios le hace para no quedarse dormido en las guardias.

A las cinco está de pie. Porque Paulie y él no pueden ser los más lentos del grupo. Es una querella personal contra M&m y los gémelos quiénes siempre los dejan atrás. De Abel, de Santino, de Neil se entiende, pero no hay razón por la que ellos no puedan alcanzar a los otros.

Así que a las cinco están corriendo como humanos y a las seis están nadando como lobos. A las 7 pasan corriendo donde Greta antes de huir rumbo a la escuela. Clases. Escuela. Remi quiere ser médico. Sabe que los lobos generalmente no estudian demasiado o al menos eso se piensa. Los adultos no tuvieron muchas oportunidades debido a los Sydonie. Abel, Santino, Neil, Claude, no es que ellos sean una gran inspiración. Aún así Remi necesita buenas notas. Hace las tareas por las tardes, Abel le dio esa concesión. Pero igual a las ocho debe estar para entrenar en manada.

Se va a la cama a la una y a las cinco está de pie. Y los fines de semana están las guardias. Abel dijo que los pequeños podían saltárselas pero los pequeños en cuestión no estuvieron nada de acuerdo.

Todos eran iguales, todos pelearían igual.

Remi quiere reparar el brazo de Claude, ese que le duele a Oliffe. Sabe que uno de sus nervios se regeneró mal, como cuando los huesos soldan en posturas incorrectas y hay que volver a romperlos. Entonces tiene que cortarle los nervios a Claude y acomodarlos. Tiene que hacerle una cirugía y un día lo hará.

Remi sabe en qué momento decidió lo que sería. Fue cuando le cesgaron la yugular a Paulie. No puede olvidar a su mejor amigo en un charco de sangre sin que él ni nadie supiera que hacer. Georggie gritaba aterrorizada, Noah sostenía su remera contra la garganta de Paulie. Fue Joelle quién entró en fase para pedir ayuda a los mayores. Y él, se quedó de piedra. No fue capaz de moverse ni un milímetro ni de articular una palabra.


Oliffe Valois.
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Estaba indecisa entre la chupa de cuero o las mallas rosas. Estaba furiosa por no poder decidirse. Siempre era así, atorada a la mitad entre ser humana y ser loba, entre su femineidad y la guerrera que llevaba por dentro.

Se decía de las lobas que todas tienen mal carácter. Pero entonces había que mirar a Georggie y tragarse esa idea por errónea. Y luego estaba el maldito examen de ingreso a la universidad y sus obligaciones hacia la manada. Lo que sentía por Claude y todo lo que sentía por el otro. El que había logrado esconder de los demás.

Al final pagó la chupa de cuero y se fue de la tienda. Igual se robó las mallas.

Su tutor ya le había dicho que si seguía así no daría la nota para ingresar a la Sorbona. Oliffe pasa por la casa y se arregla para salir, es jueves debería ir a entrenar pero no tiene ganas de ver ni oír a ninguno de los idiotas que tiene por manada, particularmente a Abel.

-¡Qué se vaya a la mierda!- se dice pero igual se pone ropa que no le importaría romper si entrara en fase. Tiene mucha ropa así y la ropa bonita, la que si le importa, como esas mallas rosas, acaba en el último cajón hasta que Georggie da con ella y se la pone sin importarle nada. -¡Qué se vayan a la mierda todos!

Cómo quisiera que Claude estuviera ahí, así podría desquitarse con él. Claude la escucharía con su mirada de lobo perdidamente enamorado y la soportaría. Ella sería una auténtica arpía y se desahogaría a gritos quejándose de todo y de todos para al final derrumbarse en sus brazos y luego huir de él sintiéndose como una perra. Aunque todo el tiempo es una perra.

Mientras baila con quién sabe quién en quién sabe dónde, mientras se mete quién sabe qué pastilla y bebe quién sabe qué cosa, su celular vibra. Lo lleva dentro del sostén y lo siente. Lo saca, lo mira. El nombre de Santino parpadea en la pantalla pero Oliffe le cuelga y sigue con lo suyo.

Ni Santino ni Abel la mandan. Aunque cuando es loba jamás desobedecería una orden de ellos. Los odia a los dos pero sabría que es el fin del mundo el día en que ellos dos desaparezcan. Cuando llega a casa está lista para el regaño que su alfa le pondrá. Quiere ver si el guapo ese se atreve a gritonearla como les grita a los demás. Tiene lista su cara desafiante, y toda la mala leche en la mirada para decirle que se vaya a la mierda.

-¡Vete a la mierda hijo de puta! ¡Vete a la mierda hijo de puta! ¡Vete a la mierda hijo de puta! ¡Vete a la mierda hijo de puta! ¡VETE A LA MIERDA HIJO DE PUTA!- se repite internamente mientras abre la puerta de la casa. Son las siete debe cambiarse para irse a clases y no tiene tiempo para una pelea larga con Abel.

Cuando acaba de abrir quién la espera al otro lado no es Abel. El bofetón de Cécile duele como mil carajos, es anciana pero mantiene mucha fuerza. Oliffe se sujeta la mejilla donde los dedos de su abuela han quedado marcados.

-Ya fue suficiente- dice Cécile. Oliffe sabe que no habla de que no ha ido a las guardias, ni de que no ha obedecido ni entrenado, ni ido a trabajar en la panadería de Donna. Cécile habla de sus pensamientos repletos de mierda podrida. Oliffe cae sobre sí misma y rompe en llanto. Cécile no la consuela. –Cuando estés lista ponte de pie – le dice.

La grand-mere se marcha hacía la cocina y al cabo huele a café. Una mano toma a Oliffe del hombro. Ella alza la mirada desde la cual caen lagrimones irrefrenables. Es Abel quién la mira sin juzgarla.

-Quiero ir a la universidad- le confiesa.


Georggie Valois.
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-¡Esto no es un putero! – gritó Donna a Santino delante de su novia de turno.

Georggie se partió de risa a espaldas de Donna, Santino la miró molesto y se fue con la chica. Seguro a un motel, que además ella pagaría porque ser lobo nunca ha sido muy lucrativo que digamos. La gata de la semana es pelirroja. Últimamente Santino y Abel follan con puras pelirrojas. Están en una fase. Hubo una en la que todas eran rubias. El detalle es que en ese entonces a Georggie no le importaba eso.

En la cómoda de su hermana hay miles de aretes, anillos y pulseras que nunca se pone. En la de Georggie hay paquetes y paquetes de m&m’s. Luego del numerito de Santino y su medio desnuda novia Georggie sube a su habitación a pensar en las cosas. Para cuando se da cuenta su reflejo la mira desde el tocador con la quinta bolsa de dulces vacía en la mano y las envolturas de las demás regadas alrededor suyo. Georggie tira la basura, se limpia un resto de caramelo de la comisura de los labios y sale de la habitación a buscar a Paulie.

El chico se queja pero igual la acompaña. Siempre la acompaña es como un acuerdo tácito. Ella va con él a las tocadas y a las carreras, a la playa y al billar, a las guardias y a los entrenamientos. Él va con ella de compras y al cine, a tomar café y a pasear; y claro él va con ella al salón de belleza.

Paulie no para de chasquear la lengua mientras Georggie se hace a sí misma pelirroja. Él sabe porque lo hace como todos lo sabrán.

-Si te sirve de algo, a los gemelos y a mí no nos gustan las pelirrojas, nos gustan de pelo oscuro como el de Oliffe y el tuyo- le rezonga cuando van de vuelta a casa.

-Es una etapa roja- responde Georggie. Paulie sigue chasqueando la lengua.

Donna chasquea la lengua también, Oliffe dice que está bien. Su hermana está más feliz desde que Abel la relegó de entrenar y de las guardias entre semana para que pueda estudiar. Está tan feliz que todo le parece maravilloso.

A la semana Santino aparece con otra pelirroja, pero esta lleva piercings en la cara, las orejas y el ombligo. Georggie se come siete paquetes de m&m’s y luego arrastra a Paulie con ella hasta el salón de perforaciones más cercano.

Los dos salen con argollas en las cejas, ella con otra en el ombligo, él con otra en una oreja. Les duran un día pues la grand-mere enloquece y les ordena entrar en fase. Al volver a ser humanos sus nuevos agujeros están cicatrizados.

A la semana Santino aparece con otra pelirroja, está va vestida de cuero. Georggie se come nueve paquetes de m&m’s y luego arrastra a Paulie con ella a robar en las tiendas.

Los dos regresan vestidos como motoristas. Oliffe y Claude están perplejos.

A la semana Santino aparece con otra pelirroja, pero esta es de verdad, no teñida. Es una estudiante de medicina madura, inteligente y la antítesis de todo lo que Santino ha llevado con él a casa. Tanto que no la manosea en la sala, ni fuma encima de ella. Le habla con adoración y la sigue como perro faldero, faldero y borde.

Georggie se encierra en su habitación pero los m&m’s se terminaron. No sabe qué hacer por un momento hasta que Paulie aparece para pedirle que lo acompañe. Oliffe ha aparecido con un chico con gafas de pasta y quiere ir a por unas. Ella acepta siempre que hagan una escala en la dulcería.


Paulinne Seberg.
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Había terminado de encerar la motocicleta de Santino, quedó la mar de brillante. Encima su chamarra de cuero estaba tirada en la sala, encima de todo las llaves estaban colgadas cerca de la puerta. Encima Georggie andaba en una etapa de cuero y delineador dramático que nada tenía que ver con la chica en turno de Santino, aunque sí con ciertos deseos de ella de verse mayor. Pero el caso es que su M&m estaba preciosa. Así que tenía la moto, la chamarra y la chica. Ni modo que no hiciera nada.

Joelle y Noah dijeron a coro que tomar la moto de Santino era la definición de mala idea. Remi añadió que si buscaban “mala idea” en el diccionario ilustrado aparecería una foto de Paulie montado en esa moto.

Su M&m lo apoyó y se subió los pantalones, que ya se le iban bajando de tan apretados, para resaltar su trasero. Al final ellos dos ganaron y los gemelos dijeron que los alcanzarían en la rue du panier.

Esa noche su M&m le apretaba la mano mientras que los cuatro recibían una regañiza por parte de Abel. Santino sería el encargado de escoger su castigo y se lo seguía pensando lo que era una mala señal. Paulie fue reprendido tumbado en una cama de la sala de urgencias a donde lo habían llevado. Tuvieron mucha suerte de que la médico residente encargada de romperle la pierna para que soldara como debía fuera Luidivine, la amiga-amante de Claude.

La moto destrozada de Santino no fue nada comparada con la siguiente buena idea de Paulie.

Porque no era posible que los mayores estuvieran ganándoles e velocidad y estrategia. Los gemelos, Remi y su M&m no estuvieron tan entusiasmados. Robar en tiendas de videojuegos, molestar a las putas a medianoche rondándolas como lobos, golpear de vez en cuando algún traficante y meterse en propiedad privada eran cosas divertidas que los cinco hacían juntos. Pero entrenar estrategias sacadas del Halo y el Alone in the dark eran cosas bien opuestas. Embarcó a Baptiste porque todo lo que tuviera que ver con ser más fuerte siempre le interesaba. Con el apoyo de este embarcó a los demás.

Antes de salir Remi le mostró el diccionario ilustrado donde ahora había una página extra, hecha a mano por él, con su foto de la escuela pegada bajo el titular de “mala idea”. Encima estaba registrado el incidente de la moto, un intento de llegar a París corriendo, un robo menor en un cajero automático que había sido videograbado, y su aparición estelar en un programa sobre la existencia de pie grande en los pirineos. Remi anotó de una vez: “Entrenar estrategias de videojuegos sin supervisión”.

-Nos supervisa Baptiste- rezongó Paulie. Sin decir una sola palabra Remi subrayó “sin supervisión” pero igual dejó el libro y lo siguió.

Acabaron en un barrio medio derruido rompiendo paredes a empujones, jugando escaramuzas unos contra otros y corriendo por los techos. Georggie lo seguía con Baptiste a la zaga. Su primo ya la había mordido en los tendones y estaba dolorida, enojada y nada dispuesta a que los alcanzara. Iban hombro con hombro. Remi se las había apañado para derribar a los gemelos. Le fue fácil pues prácticamente se tropezaron con sus propias patas como siempre que intentaban trabajar en equipo. Saltaron del techo de una casa vieja al de una casa aún más vieja. El M&m cayó con gracia junto a Paulie. Baptiste hizo lo propio y cuando su peso se sumó al de los otros lobeznos la estructura cedió bajo ellos.

M&m se agarró con los dientes de lo que pudo, lo que cual resultó ser el cuello de Paulie.
La idea resultó ser tan mala que ni siquiera hubo gritoniza mientras que Luidivine intentaba coserle la yugular a Paulie bajo la expresión aterrorizada de sus compañeros. Su M&m lloró más que nunca en la vida.


Donna Rowe.
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Donna se echó sobre sus patas traseras y cerró los ojos. Hasta ella fluyeron los pensamientos de los demás lobos. Abel la miraba deseando secretamente que su madre haya sido tan hija de puta como ella lo era. Santino pensaba en Raphaello cada vez que bajaba la guardia. Los gemelos pensaban al unísono en tonterías. Las chicas pensaban en chicos, en ropa, en cosas tan superficiales que Donna desearía vomitarles encima. No sabe si de asco o de envidia porque cuando ella fue así de joven no tuvo oportunidad de pensar en esas cosas, de lo que ella supo fue de persecución y supervivencia. Primero fueron los de Il Consilio quiénes los sacaron de su natal Italia y luego los Sydonie quiénes mataron a muchos de los suyos. Y Neil, los pensamientos de Neil la entristecen. Neil le teme.

No sabe bien cómo es que aprendió a silenciar su mente de esa manera. En la primer manada, cuando Gennaro mandaba ella era la más débil. Eran muchos y muchos murieron. De Emmeric Valois nunca se dudó que sobreviviría, de Jean Lavergne hubo algunos recelos. En cuanto a ella, antes de ser Rowe fue Donna Fornari. Nadie puso nunca en duda la supremacía Fornari ni siquiera cuando Veronique y Fabio murieron. Salvo Cecilé. Pero claro ella era francesa, quería a un francés liderando la manada no a un italiano. Donna le tenía muchos resentimientos a la grand-mere y sus estúpidas decisiones. Detestaba a Abel y a su sobrino, detestaba a Oliffe con particular encono. Y cuando se tienen tantos resentimientos dentro y una familia que puede leer tu mente hay que ocultarlos en el fondo de tu ser.

Cuando Abel la mira se pregunta casi a gritos que es lo que ella está pensando. No es el único con esa particular fobia. Donna no es que sea subnormal y no piense, sino que aprendió a callar y escuchar. Está tan concentrada escuchando a los demás que sus pensamientos son ecos de los de los demás. Puedes encontrar a todos en la cabeza de Donna menos a Donna misma. Cuando es humana se permite pensar de ellos, con singular placer, todo lo que le viene en gana; eso explica la expresión malhumorada. Aunque los demás se lo toman a que es misteriosa y está maquinando algo.

Quizá Oliffe y ella no sean tan distintas, las dos son sólo unas niñas emberrinchadas.


Baptiste Lauvergne.
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Tiene un tablero de ajedrez con los nombres de los otros escritos en él. Eso es motivo de burla por parte de los demás. Pero ni siquiera cuando Abel se burla, lo cual cala muy hondo, se plantea tirar el tablero.

Abel es el rey blanco por supuesto. Santino es la reina, ni modo. Donna y su padre son los alfiles, Neil y él son caballos. Claude y Oliffe las torres; los demás son peones.

Noah es un rastreador nato pero usa su talento para perseguir a los fríos, si él estuviera al mando lo usaría para cazarlos en los alrededores e ir ampliando su territorio.

Joelle es muy resistente al dolor ideal para acercarse a los fríos sin que sus pensamientos paralicen a la manada al iniciar el combate. A Claude lo pondría en la retaguardia, observando y planeando sobre la marcha. Donna y Jean son su as bajo la manga. Georggie y Oliffe su avanzada, están tan coordinadas que pueden causar mucho daño rápidamente. Neil sería la punta de la lanza por su velocidad.

Igual los pone por equipos. Abel comanda a Donna, a Neil y a Claude. Santino tiene consigo a Noah, Oliffe y Georggie. Él tiene a Joelle, Remi, Paulie y a su padre. El trabajo de Abel es sellar la frontera con la velocidad de Neil, la inteligencia de Claude, la fuerza de Donna y suya combinadas. Todo el que entra deberá morir. El equipo de Santino son los persecutores, Noah los rastrea, Georggie y Oliffe los cercan y Santino los remata. Mientras que él, ellos son los refuerzos. Los que cazan a los fríos más débiles cuando sus líderes son masacrados. Perseguirlos como si fueran ratas es lo suyo.

Baptiste piensa tanto en todo ello que llama la atención de Abel. A veces lo mira con exasperación, a veces con seriedad analizándolo. A veces burlonamente. Baptiste está ansioso de demostrar de lo que es capaz. Con sus equipos en mente convence a Oliffe y a Georggie de no pensar mientras pelean. Se le ocurrió que si anulan sus personalidades se moverían más como un solo ente. Lo aprendió viendo películas. Pero decirlo y hacerlo es mucho más difícil. Igual las hace practicar con los ojos vendados mientras los gemelos y los menores les lanzan pelotas de baseball.

El olfato de Noah es puesto a prueba persiguiendo animales. En la ciudad sólo hay perros, gatos, ratas. Ni modo es lo que hay. Noah lo hace porque Baptiste le ayuda a conseguirse una novia.
Igual le interesa que Joelle y su hermano superen sus barreras juntos, eso está más difícil. Anda pensando en el modo de corregirlo pero lo único que hay es obligarlos a moverse juntos a pesar de que sus mentes sean un lío. Está considerando clases de baile cuando Abel se larga a norteamerica sin darle tiempo a demostrarle nada.

El reinado de Claude se instaura con mucha calma. Todos se comportan más como humanos que como lobos, sin dejar nunca de patrullar. Donna está en la panadería junto con Oliffe, la cual ya casi ni se le ve en fase pues se la pasa estudiando. Georggie, Paulie y Remi por una vez tienen notas decentes en la escuela, salidas normales y muchos amigos. Joelle se la pasa en el negocio de mantenimiento de Jean, la escuela lo tiene sin cuidado. Noah no para de salir con su novia.

Hasta Cécile es por un rato sólo una venerable abuela.

Y él. Le queda el tablero de ajedrez para entretenerse. Eso y sus libros de grandes líderes. Eso y su sueño de dominar Europa. Uno más grande que el de Abel de matar a los de Il Consilioi.

-Baptiste, Baptiste, je t’aime. Cuéntame que te pasa – le pide Greta.


Última edición por Santino Fornari el Vie Jul 13, 2012 8:00 pm, editado 4 veces
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Re: Tales du troupeau

Mensaje por Santino Fornari el Vie Jul 13, 2012 6:28 pm


Desde el principio


Primera parte:

Tengo un nombre que te pone a pensar. “Tus padres no te querían, ¿verdad?” Y ese nombre es Abdel Al Kader Sagnier. Mi padre era inmigrante iraní que llegó a Francia empaquetado junto con telas. Nada glamoroso, ni importante, ni mucho menos relacionado con nuestro mundo. Por lo menos hasta que Lucile Sagnier lo vio pasar frente a su hogar un día y se enamoró de él. Era su delfa. Diez meses después (uno para preparar la boda) nací yo. Mi padre me legó su nombre. Mi madre su destino.

Mi abuelo fue el gran André Sagnier. Alfa de la manada de Marsella durante la guerra contra los Sydonie. Yo tenía catorce años cuando el conflicto alcanzó su punto culminante. Luca Sydonie y su aquelarre irrumpieron en nuestro hogar una noche. El primero en caer fue el más débil: mi padre. Recuerdo a la perfección su rostro con los ojos fijos en la nada y sus manos cerradas con fuerza sobre el rifle de asalto, su sangre fluía desde su pecho, donde le faltaba el corazón. Esa fue la primera de la larga cadena de muertes que tendría que presenciar. Los Sagnier cayeron uno por uno hasta que al final quedé yo y sólo yo. No intenté escapar, era inútil.

Había crecido estudiando vampiros en lugar de matemáticas, sabía de sobra que un humano jamás los dejaría atrás corriendo. Tampoco intenté defenderme, ni las balas, ni los cuchillos, ni siquiera una maldita bomba podría con ellos. Apreté los puños, tan inútiles y patéticos y pensé:

–Llegó mi hora.

Tuve razón.

Luca vino directo hacía mí y volé un buen pedazo de su cara al estallar. La transformación fue instantánea, asombrosa, el mejor viaje de mi vida. Corrí durante días casi hasta llegar al otro extremo de Francia y sólo entonces pude volver a mi forma humana. No me salieron lágrimas. Lo único que había en mi interior era furia, como veneno que fluía a través de mis venas en lugar de sangre alimentando un solo pensamiento que se tornó promesa, una que guardé en secreto mucho tiempo.

–¡Uno sobrevivió! –Gritó Gennaro Fornari –uno de esos perros sarnosos sobrevivió – y me abrazó hasta romperme un par de costillas que por suerte se regeneraron.

La matrona del clan, Cécile Seberg hizo que me llevaran ante ella.

–Es Abel – dijo pues igual que mi madre su acento le dificultaba pronunciar mi nombre real. –Ahora perteneces a esta familia, no te preocupes por nada –. Dijo y la quise desde ese momento.

Ya era una anciana y los suaves contornos de su piel surcada de líneas me producían respeto. Ella había renunciado al espíritu del lobo hacía décadas.

Esa noche terminé en la que sería mi habitación por años. Me enviaron escaleras arriba a compartir el cuarto con aquel que me ayudaría a armar mi destino. Me aventó un par de pantalones pues llegué a su casa desnudo.

–Allez–vous pleurer? – Dijo hablando un francés con acento. –¿Vas a llorar? ¿Por lo de tu familia? – no sabía si me estaba instando a desahogarme o no. –Sólo los maricas lloran – remató y me ofreció un cigarro. Esa fue su forma de consolarme. –Yo soy Santino y en este cuarto mando yo.

Santino y yo fumábamos Romeos cuando la grand–mère Cécile no nos veía. En el siguiente año desarrollamos todo nuestro potencial físico y nos incluyeron en la manada. El alfa era el padre de Santino, Gennaro. Tenía quince años y él dieciséis pero ya éramos de los más grandes. Marsella era territorio Sydonie y los lobos nos ocultábamos todo el tiempo.

La noche que maté por primera vez está muy clara en mis recuerdos pues en pocas horas aprendí lo necesario para decidir el curso de mi vida. Erika Sydonie era bien conocida entre los Sagnier por su predilección por los niños. Santino y yo percibimos su olor en el centro de la ciudad y la seguimos de lejos. Se detuvo frente a un orphelinat y volteó en nuestra dirección, nos metimos a toda prisa en un contenedor de basura para que no nos viera y para cubrir nuestro rastro. Creyó que nadie la observaba e irrumpió en la casa rauda y silenciosa.

–Vamos por ella –me pidió Santino.

–No, tu padre nos ordenó rastrear a los fríos hasta su guarida no enfrentarnos a ellos – le respondí.

–Si te faltan cojones lo haré yo solo – espetó al tiempo que me empujaba. Lo sujeté de la ropa para que no hiciera una tontería. –Hay unos veinte niños ahí dentro ¿cuántos crees que matará?

–No somos guardianes de los humanos, esto no tiene que ver con ellos sino con la guerra entre nuestras especies–. Temperamental como sólo él podía ser me soltó un puñetazo en plena cara.

–Entonces somos iguales que las sanguijuelas. Si piensas eso eres un jodido monstruo igual que ellos.

Él sabía como dar en el clavo, esa fue la primera de muchas veces que sus palabras calarían en mí ser más profundo que sus golpes. Me hizo recordar a mi madre vestida con unos tejanos y una playera blanca agarrada de la mano de mi padre, el inmigrante, el débil, el humano; pero ella lo miraba con adoración y decía que era lo mejor de su vida. Y yo, ahí, metido entre basura como un gusano hablando de niños como si nunca hubiera sido uno.

–Está bien vamos por la bestia –le dije a Santino.

Se animó de inmediato y me lanzó una expresión de sabelotodo que he tenido que soportar todo el tiempo. Él quería lanzarse al ataque de inmediato, yo tenía otra cosa en mente.

–Espera, André no lo hubiera hecho así – a la mención de mi temido abuelo Santino me hizo caso.

Fui a la puerta trasera de la casa y aplasté el pomo de la puerta de un golpe, entramos sigilosamente. En los preciados minutos que le hice desperdiciar discutiendo Erika ya había matado, el olor de la sangre era penetrante.

–Es la institutriz –pensé cuando Santino señaló una mujer que con la garganta abierta yacía en un charco de su sangre. –No la desangró, tan sólo la mató, no era el plato fuerte – pensé.

Tomé a Santino de un hombro y lo miré, quería que se transformara de inmediato. Él se negó, al convertirse Erika percibiría su olor de inmediato. Asentí despacio mirándolo intensamente, él comprendió aunque no podíamos hablar.

En el piso de arriba la sanguijuela estaba enfrascada en su labor. Santino la tomó completamente desprevenida, claro, el lobo gris que era estaba teñido de rojo. Yo lo teñí con la sangre de la mujer, así su muerte no fue en vano. En un movimiento violento y rápido Santino apresó su cabeza entre sus colmillos, la trituró sin el mínimo asomo de compasión produciendo espantosos sonidos. Yo revisé la habitación con los gritos de la vampira de fondo, había devorado a un niño de unos siete años pero los otros cuatro que había en la habitación seguían ilesos. Santino se quejó cuando Erika sujetó sus fauces e intentó separarlas usando su fuerza colosal.

–No teman –les dije a los niños – somos sus protectores – y tras ello me transformé para apoyar a mi amigo.

Gennaro tenía un beta, Emmeric, ellos nos recibieron en casa Fornari, nos quitaron de las fauces los pedazos de Erika, a quien llevábamos separada en dos partes. Querían tocarla pues sólo con mirar no podían creer lo que habíamos hecho.

–Los niñatos mataron un Sydonie –gritaban los demás miembros de la manada. Éramos diez en total. Esa noche estaban divididos entre la admiración y el reproche.

–Abel, Santino, hicieron un buen trabajo pero están asquerosos –dijo la grand–mère –vayan a asearse y duerman un poco–. Sus ojos estaban llenos de orgullo.

–¿Qué van a hacer con ella? –exigió saber Santino.

–La interrogaremos y luego la quemaremos –fue la respuesta de Antoine.

–Abel y yo queremos hacerla hablar – añadió Santino lanzándome una mirada buscando apoyo, me di prisa en asentir.

–¿Ustedes que saben de interrogar fríos? –replicó Gennaro.

–Pero es nuestra presa –insistió Santino.

–Los críos a dormir – zanjó la cuestión Gennaro señalando la salida.
Obedecimos a regañadientes.

Nos quitamos la sangre de Erika de encima en la regadera y nos fuimos a la recámara. Hasta nosotros subían voces atenuadas. Los “adultos” de la manada discutían algo pero como humanos nos era imposible discernir que era. La habitación de Santino era diminuta, transformados en lobos la hubiéramos destrozado en un instante.

–Uno de los dos debe espiarlos –dijo Santino –esa chupasangre es nuestra, tenemos derecho a saber que planean para ella – estuve de acuerdo y me pegué lo más que pude hacía un rincón cediéndole el honor de espiar a su familia.

En pocos segundos el lobo grande cual oso sobre alimentado que era mi amigo me tuvo aplastado contra la pared. Una de sus patas había ido a posarse sobre mi pie derecho, quise creer que accidentalmente. No supe sino hasta mucho después lo que Gennaro opinaba de mí y de mis habilidades para planear golpes. En esa ocasión tan sólo supe que Santino temblaba más y más violentamente a cada segundo. A pesar de no estar transformado pude sentir la rabia que corroía sus entrañas. Le costó recuperar su forma humana. Cuando lo logró respiraba agitadamente. Me quedé en mi sitio. Los espasmos que recorrían su cuerpo indicaban que podía perder el control.

–¿Qué dijeron? –exigí saber. Él me miró de la misma forma que mi madre solía hacerlo, con orgullo y devoción.

–Que somos unos imbéciles.


Segunda parte:

La grand–mère sabía mucho acerca de los licántropos de Marsella. Sabía que ese territorio pertenecía a los Sagnier. Los Fornari eran refugiados expulsados de la cercana Savona. La grand–mère pensaba que el alfa debería ser el heredero de André Sagnier. Gennaro Fornari en cambio, pensaba que los más fuertes debían ser los dueños de Marsella y los más fuertes eran los que sobrevivían.

A Santino le tomó una hora decirme eso entre caladas a Romeos y cervezas baratas.

–Es un traidor –remató y lo miré como si se hubiera vuelto loco.

–Pero es tu padre, deberías estar con él –objeté, no lo comprendía.

–¿Qué dices? Te está quitando tu lugar, ¿no harás nada?

–No –fue mi simple respuesta y prendí otro cigarro que por poco me tragué pues mi amigo eligió ese momento para darme un golpe brutal en la espalda.

–No soporto tu pasividad, estás igual que con el asesinato de tus padres ¿de verdad te vas a quedar de brazos cruzados?

–¿Y tú que demonios sabes? –escupí el cigarro. –Yo tengo mis motivos, hice una promesa.

–¿Cuál? Espero que sea vengarte.

–Es secreto.

–¿No me lo vas a decir ni siquiera a mí? –ahí no pude más y me burlé de él.

–Pareces una novia celosa –Santino enrojeció, supongo que de ira y mejor cambié el tema. –Vamos a seguir las reglas de tu padre. Si dice que el más fuerte deber ser el alfa lo haremos a su modo-. La insinuación de acción lo tranquilizó.

–¿Cómo?

–Vamos a matar a Luca Sydonie.

–Aja –me soltó resentido. –Nosotros dos solos, seguro –se llevó una cerveza a la boca.

–No, mi abuelo nos ayudará –le dije quitándole la cerveza y bebiéndola en su lugar. –¿Cuántos cachorros hay en la manada?

–Dos, Claude, mi primo Neil y quizá Raphaello y Claire se unan pronto. Baptiste y los otros aun está muy verdes.

Empecé a comprender que Santino me veía de modo diferente de cómo los demás, incluido yo mismo, lo hacíamos. Él tenía fe en mí porque la noche que capturamos a Erika hice algo que su padre no pudo. Pensaba que yo era una especie de genio y estaba ansioso por seguirme y probar que éramos invencibles. En cambio yo, estaba aterrorizado, no quería morir, ni tenía el impulso de luchar. No sabía que hacer así que hice lo que mi abuelo me enseñó confiando en que él sabía de lo que hablaba.

Lo primero era la fuerza. Necesitaba una manada y Gennaro no me la iba a dar, así que hablé con Neil y Claude. No le conté nada a los otros primos de Santino, no necesitaba humanos. Neil era muy pequeño en relación con los otros lobos pero era muy veloz, ni siquiera nosotros podíamos verlo más que como un manchón pardo. Claude era más alto que yo, todo nervios. Eran unos novatos. Impulsivos, irreverentes y por eso Gennaro los excluía de sus planes. Yo tampoco me hubiera fiado de ellos si hubiera podido escoger.

–¿Matar a Luca? ¿Ustedes dos andan en drogas? –preguntó Claude. Neil ni siquiera habló, tan sólo movió la cabeza en un gesto reprobador.

–Bueno nenazas, el jefe Abdelkader y yo queríamos compartir la gloria con ustedes pero si son tan cobardes como parecen –Santino se encogió de hombros sin terminar su frase.

–Ya –Claude abrió la bocota –¿y sabe tu padre lo que el “jefe” Abdel como se escupa pretende, porque se pondría muy feliz si yo se lo contara.

–No harás tal cosa –salté.

–¿Por qué? ¿Me castigarás?

–¿Te crees que estoy jugando? –Santino me sujetó– tenemos un plan infalible, si te convence nos ayudas, si son estupideces nuestras nos denuncias con el alfa –mi confianza intrigó a Neil.

–Déjalos intentar Claude, tienen así –hizo un gesto con los dedos pulgar y medio unidos por las puntas –de probabilidades de lograrlo.

Lo siguiente que mi abuelo haría era reunir información y nuestra fuente estaba mutilada en un sótano de la casa. Erika llevaba dos días siendo torturada y aún no había soltado palabra. Santino y yo nos colamos donde ella. Su pálido y ensangrentado rostro no había perdido su altivez. Le faltaban las manos, le habían cortado una el primer día y la otra el segundo para mantenerla débil. Cuando nos vio llegar no había temor en sus ojos. Santino se transformó en lobo y yo avancé en forma humana pues alguien debía poder hablar con ella.

–Erika –la llamé. Una mirada negra se posó en mí. –Hola preciosa –sonreí –vine a platicar contigo.

–¿Quién eres tú?

–Verás –tomé una silla de madera y me senté algo apartado de ella para que Santino pudiera acercarse– soy tu nuevo mejor amigo a quien le contarás todo lo que sabes de los Sydonie. –Me miró confundida–. Podemos empezar por ¿cuántos son? –Soltó una carcajada desdeñosa.

–Vete al carajo perro de mierda. –Sonreí como si me hubiera dicho “mi vida” en lugar de perro. Santino gruñó.

–Mira nena –me incliné hacía ella hablándole fríamente– creo que no haz comprendido, vas a desaparecer de cualquier modo pero la forma en que lo hagas depende de mí y no querrás que te guarde resentimientos ¿o si?

Ella no dejo de reír mientras la amenazaba. Seguro no se creía que yo pudiera ser peor que los otros lobos. Saqué un cigarro y lo prendí. Los Sagnier tenían su propio modo de torturar vampiros, mi padre dijo una vez que era demasiado para que un niño de mi edad lo supiera, por suerte mi madre opinó lo contrario.

–Santi, puedes empezar a ver si se pone más comunicativa. -Me fumé un par de cigarros mientras Santino le arrancaba los muñones que le quedaban por brazos, ella gritó desaforada–. Segunda oportunidad ¿Cuántos son? –le pregunté en tono aburrido. Obtuve un escupitajo por respuesta.

Erika era dura.

Los vampiros no beben sangre de su propia especie porque son venenosos, al beber de otro no muerto se queman por dentro debido a la ponzoña, aunque luego se regeneran. Sabiendo eso Santino y yo tuvimos que convertir la tortura en arte. Tuvimos que hacerla beber de sus propios miembros, tuvimos que sacarle los intestinos, los riñones, el útero y obligarla a tragárselos, paramos antes de empezar a sacarle pulmones y corazón. Habló. Nos contó todos sobre los Sydonie. Eran siete, vivían repartidos en tres casas, tenían cinco neófitos a sus órdenes y además supimos que Erika era la amante de Luca.

–Seguro le va a encantar lo que le hicimos –me dijo Santino luego de que recobrara aspecto humano y salimos del sótano de prisa para evitar el fuego.

Esa noche Gennaro me ordenó que aguantara como un hombre, sin transformarme. Así que tuve que quedarme quieto mientras me molía la columna a patadas. Fue mi castigo por matar a Erika. Por suerte no me ordenó contarle porqué lo hice. Santino no estaba ahí, no convenía que perdiera los estribos mientras su padre me machacaba. Neil y Claude me miraron soportar el castigo sin quejarme con creciente admiración. Valió la pena, mi manada estaba hecha.

Unas pocas noches después dimos el primer golpe, empezamos por los neófitos. Luego de desmembrarlos dejé a Neil y Claude a cargo de una misión de “limpieza”. Me alejé del lugar, los escuché quejarse a mis espaldas.

–¿Para qué carajo debemos desollar a estos enclenques? –decía Neil.

–Porque Abdel los necesita para su plan. -Sonreí.

Los habíamos atacado de forma rápida y fría. Debíamos permanecer como lobos el menor tiempo posible para que el lazo no delatara el plan a Gennaro.

–Esos dos son muy indiscretos, menos mal que no le dijiste a nadie tu plan –comentó Santino.

–¿No te vas a cabrear porque tampoco te lo conté a ti?

–Mientras sepas lo que haces no importa.

La verdad es que no lo sabía pero no dije nada.


Tercera parte:

A ver. La manada Marsellesa tenía un tablón con nuestros nombres en él y dos columnas, en una estaba el número de vampiros que habíamos liquidado, en la otra el número de mujeres con las que nos habíamos acostado.

Mi primera vez fue Veronique. Puedo asegurar que la necesitaba mucho. Ella era la dependienta de la tienda donde nos surtíamos de tabaco, tenía tres años más que yo, pero a quien le importaba eso. Unos días antes de lo de los neófitos me puso el cambio en la mano y cuando lo hizo la sujeté y la miré a los ojos. Doce horas después era mi novia, treinta y seis horas después lo hacíamos por primera vez. Al transformarme en lobo para montar guardia por la noche pensaba en ella con todas mis fuerzas. Gennaro se molestaba pero fue la única manera de que no supiera que planeaba derrocarlo. Sólo tendría una oportunidad. Una vez que el plan estuviera en marcha los demás lo sabrían, si fallábamos ya podía despedirme de mi vida. Lo peor que puede existir entre lobos es la traición. Eso lo sabía muy bien.

-Hoy es el día -le anuncié a Santino en cuanto abrió los ojos.

Yo no había pegado pestaña en toda la noche repasando detalles.

Erika había dicho que Luca vivía con una tal Sarahi y un tal Stephan. Yo sabía que para hacer caer a los Sydonie debía cortar la cabeza. A mediodía mi manada subió a un autobús en la Rue du Panier y nos dirigimos a la avenida que corría paralela al golfo de León con el pretexto de ir por unos videojuegos.

Bajamos unas cuadras antes de nuestro destino. Nos escondimos, nos desnudamos y vestimos los trozos de piel de los neófitos y sus ropas. Con ese camuflaje encima enfilamos a paso lento donde Luca. Los lobos de Gennaro sólo patrullaban por la noche. Estábamos cubiertos a ambos bandos.

Si cierro los ojos y me concentro puedo ver con claridad a Santino tocando el timbre civilizadamente. Pensar en ello aún me saca una sonrisa. Stephan acudió a abrir sin sospechar, nos tomó dos segundos caerle encima. Sarahi intentó ayudarle en cambio Luca se dio a la fuga. No podía permitir eso, abandoné a los otros tres y fui tras él. Se volvió contra mí cerca del mar. Yo no quería que llegara al agua. Le cerré el paso, finté y salté. Paró mi embestida sujetando mi cabeza con ambas manos y arrojándome a un costado. Entonces llegó Santino. Sesgó su cabeza de un tajo.

–Te debo una –pensé poniéndome en pie.

–Lo pondré en tu cuenta –respondió.

Sujeté el cuerpo decapitado por los hombros y Santino por las piernas, tiramos en direcciones opuestas y tuvimos dos grandes pedazos de él que seguían moviéndose y luchando. Íbamos a terminar de desmembrarlo cuando Claude y Neil pidieron refuerzos. Acudí en su ayuda mientras Santino terminaba la labor de masacrar a Luca. Gennaro y los suyos llegaron cuando todo había terminado, no los guió nuestra conexión sino el humo negro que se elevaba en columna sobre el cielo de Marsella.

–Abel es hijo de la gran puta –murmuró Claude al verlo.

Y ese era precisamente el mensaje que quería mandar a todos.


Cuarta parte:

Algún tiempo después revelé mi promesa a Santino. Cuando los Sagnier murieron había prometido algo más que venganza. Había prometido destruir a todos los vampiros a mí alrededor. Veía a mi manada como una especie de barrera impenetrable.

Mi manada.

Bajo mi mando acabamos con el aquelarre Sydonie. Me convertí en alpha después de eso aunque a Gennaro y Emmeric no les gustó demasiado. Santino era mi beta como le correspondía. La ciudad era zona libre de vampiros y nos dedicamos a darnos la gran vida.

Luidivine y Marguerite. Así se llamaban nuestras novias. Eran mellizas. Santino y yo nos sentíamos como hermanos así que las escogimos hermanas. Además de ellas hubo otras, parecía que competíamos por ver quién conquistaba más, quien mataba más, quien bebía más. Todo era así y no sólo entre Santino y yo. Neil y Claude se apuntaban un tanto. Hasta Baptiste y Claire la emprendían a golpes en contra nuestra aunque ninguno de los dos era capaz de transformarse. La grand–mère decía que vivíamos como animales y nos lo tomábamos a cumplido.

Estaba con Luidivine, salimos a comer juntos. Entonces sonó el celular. Respondí a Santino creyendo que me iba a proponer una cita doble, salir a beber o a decirme cualquier estupidez. Al otro lado de la línea escuché la voz de Marguerite.

-Santi tiene problemas, colgó rápido y dijo que no podía hablar más con nadie, dijo que necesita ayuda. –Sonaba preocupada pero lo suyo no se comparó con lo que yo sentí.

-¿Abel? ¿Qué tienes? - Me olvidé de Luidivine, fue la última vez que la vi.

Si Santino no podía hablar quería decir que estaba transformado en lobo. Me alejé de ella y entré en fase. Lo que sentí a través de nuestro lazo fue terrible. La batalla era en nuestro hogar.

La grand–mère trataba de poner orden sin que nadie hiciera caso de ella mientras Gennaro, Emmeric y otros dos Fornaris atacaban a Santino el cual no se alejaba de la pared ni intentaba escapar.

-¡Deténganse! –ordené y no tuvieron otra opción que obedecerme.

-¡Mató a Raphaello! ¡Mató a Raphaello! –gritaba Gennaro en mis pensamientos. Pude sentir su angustia y su dolor.

Ordené que todos volvieran a ser humanos, entonces noté que aquello de lo que Santino no se quería apartar era de su hermano. Lo que quedaba de Raphaello se encontraba en el suelo tras él.

Fue un accidente. Santino no lo vio y se transformó. Eso estaba claro para mí. Tuve que hacer lo necesario para mantener a la manada unida. Tuve que eliminar el cáncer que amenazaba con destruirla. Y desterré a Gennaro bajo pena de muerte si se atrevía a regresar.

Desde ese día Santino no volvió a ser el mismo. Se volvió frío y arisco. Inclusive dejó de fumar y beber como yo lo hacía. Una parte de él se murió con el hermano al que adoraba y sé que ha tenido que cargar con ello desde entonces.

Su pena se volvió nuestra pena. Se odiaba a sí mismo y su odio se volvió mí odio. Para ayudarlo a olvidar comencé otra guerra, una por expandir nuestro territorio.

No se ha formado una manada que pueda atacar Italia y destruir a los de “Il Consilio”, los vampiros más vampiros de todos. Ese hecho no me molesta, por el contrario me inspiró. Quería que lo mismo pudiera decirse de mi manada, quería que los fríos de Francia, España e Italia nos conocieran y no se atrevieran a meterse con nosotros.

Con ese fin, empleamos cualquier medio. Nuestra firma fue la tortura. No bastaba con matarlos había que hacerlos sufrir en pago por sus asesinatos.

Estaba metido en todo eso cuando Caroline apareció en mi vida.

Era la simpleza en persona. Un metro y sesenta, flacucha y sin curvas. Senos pequeños, cintura diminuta, las piernas delgadísimas. Y me fascinaba. Su cabello estaba corto y negro y tenía la nariz tapizada de pecas de tanto sol que se daba. Era una artista ambulante de esas que hace tu retrato por un par de euros en la playa. Baptiste solía decirme que yo era gay y que andaba con un niño. Y aún así me fascinaba. Sus palabras eran la biblia para mí. Ahora me hablaba de Picasso, ahora de Tierssen, ahora de Sartré y de cosas que nunca me habían interesado demasiado. Yo no le gustaba mucho. Era muy bestia para ella. Mi tenacidad funcionó mejor que todos los cumplidos que sabía y que no paraba de recitarle.

La invité a cenar como treinta veces y las treinta veces me dijo que no. La perseguía al rayar en el acoso con flores y chocolates y osos de peluche que acababan todos en la basura o o devorados por la manada que se partía en burlas cuando me veían volver con la cola entre las patas. Incluso descuidé las guardias. Tenía a todos partidos en equipo trabajando duro, cubriendo los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Ningún frío debía ser capaz de entrar. Santino me regañaba cada dos por tres por confíado y tuve el buen juicio de hacerle caso y no bajar la guardia.

Un sábado antes de salir a buscar a Caroline, Santino me frenó. Neil y Claude habían atrapado una fría en el puerto. Gracias a la velocidad de Neil lograron sacarla del agua en pleno puerto. Eso era increíble pues en el mar los fríos triplican la velocidad.

-Wow, que buenos perros – le dije a Sant. Me olvidé de Caroline pues la guerra era la guerra y entramos en fase.

La vampira en cuestión era como todas las frías en cuestión, bellísima, jovencísima, encantadora y demases que con nosotros no funcionaban. Sin embargo, había algo diferente en ella.

-Pitié… Aie pitié, pitié – decía echada entre las patas de Neil. - Je ne suis pas un monstre- seguía con eso. Santino me miró y me transmitió sus pensamientos de duda, de qué ahí pasaba algo nuevo. –No mato humanos por favor, tan sólo escapaba de Italia, yo pensé que quería estar ahí pero esa maldad no es para mí, por favor, sólo quiero seguir hacía Barcelona. Nunca volveré a su territorio.

Se me encogió el corazón pues tenía un vago parecido con alguien que yo amaba muchísimo. Su cabello, sus manos, sus labios eran similares a los de mi madre. Volteé el rostro para no mirarla.

-Santino, mátenla.

-Pero…- dijo Claude –yo creo que dice la verdad, creo que no es una amenaza.

-¿Te estás escuchando las pendejadas que piensas? – le reclamé – dije que la maten.

-Vale pero conmigo no cuentes, mátala tú si quieres yo no le hinco el diente a algo tan humano. – Se quejó y se apartó.

-Marica – pensó Santino, Claude lo insultó de vuelta pero me miraba a mí como retándome a ensuciarme las manos con ella. Lo miré con desprecio y eliminé mi conciencia. Quizá no fue suficiente pues los gritos de la vampira al agonizar entre torturas me persiguieron en mis pesadillas por un mes entero, pero todo frío que entrase a Marsella debía sufrir atrozmente antes de morir, esa era nuestra ley. El no bajar a Claude de cobarde duró más pero creo que de los dos a él le fue mejor.

La vampira se me olvidó cuando volví a ver a Caroline. Estaba comprando cigarros donde Veronique, con quien terminé siendo amigos. Ella se buscaba el encendedor al otro lado de la calle y fui corriendo hacía ella. No vi el coche que frenó de golpe, el conductor me mandó a la mierda a bocinazos y yo me subí a la banqueta junto a ella.

-Idiot, casi te matas por venir corriendo.

-Es que vi que necesitabas fuego – Caroline se partió de risa.

-¿Te ibas a matar para darme fuego? – me dijo.

-Si se trata de ti me mataría aún por menos.

-Un poco de dignidad te daría encanto –dijo ella poniéndose el cigarro en los labios. Lo encendí, el pulso me temblaba un poco. –Mira, hasta tiemblas por el susto.

-No, tiemblo porque me gustas mucho- se sonrojó por primera vez con uno de mis cumplidos. Y luego de casi acabar echo puré por correr hacía ella conseguí su atención.

Nunca me costó tanto conquistar el corazón de una chica pero estaba hundido por ella. Tanto que a mis dieciocho saqué el anillo de compromiso que había sido de mi madre y le dije a Cécile con una gran sonrisa que lo pondría pronto en la mano de Caroline.

-Ma petite chiot está imprimado – dijo ella. Aunque los dos sabíamos que lo que estaba era idiota.

Que en Marsella había mafias, camorra, tratantes y mercenarios ya lo sabía. Nunca nos interesó porque no nos apellidábamos ni Kent ni Parker. Lo nuestro era ser Van Helsing y nada más. Por eso ignoré a Sophie Deneuve y su grupo de matones a sueldo. Tampoco se me ocurrió que los fríos igual tienen dinero. Ahí fue donde me equivoqué y ahí fue donde la perdí.

Caroline no llegó al puerto donde siempre pintaba, no contestó a mis llamadas ni a mis mensajes. Me volví loco con un mal presentimiento y puse a los lobos a buscarla sin tregua. Treinta y seis horas después de la última vez que besé sus dulces labios recibí una llamada de Sophie.

-Printemps 782, ven sólo.

Jamás había odiado a un humano.

Aún ahora tengo ese sueño. En él me veo a mi mismo de pie ante una puerta metálica pintada de negro. Quiero abrirla con urgencia pero me tiemblan las manos y no puedo hacer fuerza sobre ella. Me cabreo bastante y bajo la puerta de una patada. La voz de Santino me grita.

-¡Espera Abel!, es una trampa.

Lo escucho como si estuviera transformado en lobo. Del otro lado de la puerta me encuentro con cuatro vampiros, por sus caras de gusto me doy cuenta de que me estaban esperando pero no me importa.

-¿Donde está Caroline? -les grito enfurecido.

Ellos se burlan de mí. Quiero transformare y hacerlos trizas pero aunque estoy enojado no puedo. Mi mente se vuelve un lío. Escucho gritar a Santino miles de advertencias aderezadas con groserías mientras uno de los vampiros se pone a leer una lista de torturas: arrancar las uñas, romper las articulaciones, sacar los ojos, triturar los dedos de los pies, quitar trozos de piel a navajazos, machacar la mandíbula... Siguen y siguen.

-Eso es lo que te gusta hacernos ¿no? perrito - terminan por decirme. Tienen razón eso es lo que hacemos en la manada, empezando por mí. -Pues todo eso le hicimos a Caroline. - Rematan y se apartan para dejarme verla.

-¡Caroline, no! -me despierto con un grito a punto de transformarme.

Ahora puedo despertar. Pero ese día no tuve ese consuelo. Luché con ellos y perdí, me querían vivo para torturarme en nombre de Mariel, la vampiriza de ojos dorados que masacré hacía meses. Sus ganas de desquitarse me dieron tiempo, romper los huesos a un lobo uno por uno toma horas. Eso le permitió a Santino encontrarme y llevarme de vuelta al mundo de los vivos. Aunque yo fuera muerto por dentro.

Nunca se me ocurrió que las cosas se pudieran hacer de un modo distinto. Por eso Cécile le pidió a Santino que viniera a Hinnom's y aprendiera como manejaban los vampiros americanos a los fríos. Santino demoró tanto que tuve que venir por él y entonces conocí a Sam y supe que todos los alfas cometemos errores y que todos los lobos cargamos fantasmas.
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Re: Tales du troupeau

Mensaje por Santino Fornari el Lun Jul 16, 2012 9:14 pm


Venganza se escribe con sangre


Abel en Marsella:

El mistral azotaba su rostro pero a él no le molestaba. Había pocas cosas que en realidad podían alterarlo. Las personas en la calle a su alrededor no eran de la misma opinión, había pocos transeúntes a pesar de que al caer la noche la ciudad generalmente rebosaba de vida. Dejó que el viento le alborotara el cabello y le brindara frialdad a sus ideas. André solía decir que sólo el gélido aliento del mediterráneo les bajaba la temperatura a los garou marselleses. Sus pasos se dirigieron hacía el Hospice de la Charité, antaño sitio de muerte, actual lugar turístico aunque él sabía que bajo su fachada seguía siendo un patíbulo.

Todo el lío había iniciado con una llamada de Cecilé. La grand mere no se comunicaba mucho con él, las cosas andaban tranquilas en su territorio por lo menos en lo que a asuntos sobrenaturales concernía. La economía, los crímenes, el desempleo y la contaminación eran batalla de los humanos no suya. Con Santino y él de vacaciones casi permanentes en Estados Unidos, Claude era el encargado de todo. Pero el asunto que lo llevó a alejarse de todos en Hinnom's no tenía que ver con Claude sino con él y debía atenderlo personalmente.

-Ma petite chiot – le había dicho Cecilé - Sophie Deneuve vino a buscarte.

No necesitaba explicarle más ni persuadirlo de ningún modo, con eso bastaba para ponerlo en un avión sin despedirse siquiera de Keyra o de Ginger. En su mundo el idioma de la venganza era aún más fuerte que el del amor, eso no había cambiado en él y quien sabe si alguna vez lo haría.

Dio la vuelta en la Rue du Druot y siguió su curso. Se sintió observado al momento pero ignoró los ojos que lo acechaban a pesar de que no podría convertirse en lobo y defenderse de ellos si lo atacaban. Deneuve esperaba que él hiciera exactamente lo que estaba haciendo: ir solo a su encuentro como un perro descerebrado y bravucón cegado por el orgullo; porque Deneuve había capturado a su Caroline, no la había matado con sus propias manos sino que se las vendió a los Sydone para que cobraran su venganza.

Mientras caminaba sus manos se revolvían inquietas, les faltaba el habitual cigarro, el cual era como una armadura de frialdad bajo la cual escudarse. Los había dejado en Hinnom's y no había tenido tiempo de comprar otros. En cuánto había bajado del avión todo había sido carrera contra reloj, como si Deneuve tuviera un rehén.

Cuando Carol desapareció un 23 de Mayo a las 11:30 de la noche, él había movilizado a toda su manada para rescatarla, en teoría su prometida debería haber estado a salvo por el simple hecho de estar en su territorio. Ningún vampiro entraba, pero Abel no se había anticipado a Deneuve. Azuzó a sus lobos como si fueran perros de caza: insultos, promesas, dinero, gritos, algunas disputas, ni siquiera Santino lograba calmarlo. Halló a su chica a las 6:00 de la tarde del día siguiente, apenas la había perdido de vista 18 horas y media y eso bastó para marcarlo.

Deneuve no necesitaba un rehén en esa ocasión para atraerlo porque Abel no deseaba nada más en el mundo que asesinarla personalmente; y eso se trataba de un acto tan malvado que no podía llevar a nadie con él pues no quería que nadie lo presenciara.

El Hospice de la Charité apareció ante sus ojos como erigiéndose de a poco. Ese era un punto de reunión formal de las mafias que rondaban la ciudad: camorreses napolitanos, algunos miembros de la cosa nostra americana, por supuesto la mafia marsellesa y antaño vampiros aunque eso ya no era frecuente. Deneuve le esperaba con las manos apoyadas en los barrotes de la reja de entrada. Había algunas personas con cámaras fotográficas costosas enfilando por la puerta abierta y ella no desentonaba. Llevaba unos jeans raídos y un impermeable verde que la defendía del clima. Su cabello rizado se alborotaba sin hacerle lucir desaliñada. Unos ojazos cargados de rímel lo enfocaron cuando él se plantó a sus espaldas respirando sobre su cuello.

- Bonne nuit, Monsieur Sagnier – lo saludó incluso con un beso en la mejilla. El rostro de Abel permanecía impertérrito. – Como siempre, eres un caballero sumamente puntual.

- Je suis venu pour vous bitch – respondió Abel con calma.
Aunque no pudiera convertirse en la bestia plateada capaz de partirla en dos con un mordisco, lo cual le produciría un inmenso placer, aún era lo bastante fuerte para destrozarla a golpes.

- ¿De verdad? – Arrulló Deneuve - ¿y cómo harás eso? – preguntó y alzó una mano para acariciarlo. En un movimiento rápido Abel apresó esa mano listo para partirla como un mondadientes.

- Tengo gente apuntándote ahora mismo perro, hazlo y te dejaran como un colador en menos de un parpadeo.

Abel soltó una carcajada.

- ¿Y crees que eso me importa? – le rebatió. El bello rostro moreno se azoró, ella no esperaba ese giro. – Si me hiciste venir es porqué me quieres para algo ¿quién te contrató para capturarme?

Quien quiera que fuera su enemigo no se conformaría con volarle los sesos a través de una mercenaria, querría acabarlo personalmente, pues ese era el efecto que Abel solía producir. Si no dejaba grandes dosis de resentimiento no había hecho su trabajo. Él era el producto a entregar, Deneuve no podía dañarlo pues cuando se vende algo defectuoso el pago tiende a bajar. La mujer volvió a sonreír, no respondió a su pregunta.

- ¿Y qué tal Cecilé? Me apuesto a que su carne es más fácil de traspasar que la tuya y que además ella no se regenera como el resto de tus monstruos.

El lobo se quedó callado. La abuela era punto y aparte. Debería estar a salvo en la gran casona donde siempre había un licántropo con ella. Pero, eso mismo había pensado de Caroline, ese fue su error en el pasado. Deneuve giró la mirada a un lado. Había unas bancas de piedra donde los turistas solían descansar en los días soleados. Cecilé estaba sentada ahí tranquilamente, sola.

- Grand-mere – susurró Abel. Sabía que ni toda la frialdad acumulada en años de misiones sangrientas podría disimular el terror en su rostro.
- De rodillas perro – le ordenó Deneuve. Había ganado sin mancharse las manos.

-Claude hijo de puta – maldijo Abel. Cuando le pusiera las garras encima iba a saber quien era su alfa y que les pasaba a los que le fallaban. Bueno si es que terminaba en condiciones de hacer algo al respecto cuando todo acabara.

Ignoró a Deneuve. La única persona ante la que sería capaz de ponerse de rodillas lo miraba tranquilamente con su cabello cano ondeando al viento. Los mercenarias la habían sacado de casa sin siquiera un suéter para protegerse del frío. Aunque claro pocos heraldos de la muerte eran corteses con sus víctimas. Abel fue hacía ella despacio y pendiente de los sonidos a su alrededor, esperando escuchar el momento en que su enemiga ordenara: “mátenlo ahora”.

-Cecilé, ¿qué haces tú por aquí? – preguntó Abel deteniéndose a un metro de la matrona de todos los lobos de Francia.

-Un descuido ma petite chiot – suspiró Cecilé.

-Sagnier – Deneuve le picaba la espalda con el cañón de una discreta colt .45 que aún así bastaba para reventarle el corazón.

Abel no dijo una palabra más esa noche. Se giró atrapando la muñeca de Deneuve con una mano al tiempo que con la otra sujetaba el acero de su propia arma, el puñal no alcanzó a la mujer. Un disparó con precisión milimétrica le reventó hueso, músculo y tendones del hombro izquierdo. Cecilé demostró que Abel y ella eran familia al no proferir ni un solo sonido cuando la sangre de su protegido la salpicó. En ese negocio no había tiroteos escandalosos, todo el mundo usaba silenciadores, el espectáculo era sólo visual pero no auditivo.

Deneuve le apuntó a Abel conforme él se levantaba. No sabía desde donde le llegó el tiro del rifle de asalto, no podía prevenir un ataque subsecuente.

-Ríndete Sagnier- un par de sujetos iban corriendo hacía ellos, seguro lo subirían a algún vehículo y ese sería el fin de todo.

Cecilé corrió hacía él para ayudarlo a ponerse de pie. A pesar de su edad, había sido una loba, aún conservaba esa fiereza.

- Voy contigo – le dijo. Abel negó, no iría a ninguna parte.

Deneuve hizo un movimiento a sus hombres, el primero que trató de tocarlo recibió una puñalada en el antebrazo. Aunque perdía sangre aún se movía rápido. Prefería que se lo cargaran en plena calle mientras destripaba a Deneuve antes que permitir que se lo llevaran a morir de forma indigna y con la antesala de una gran tortura.

Empujó a Cecilé antes de lanzarse a la cara de su enemiga, alcanzó a abrirle un gran surco sobre una de las mejillas mostrando hasta el hueso. Otro disparo lo devolvió a su sitio haciéndolo caer de espaldas. Deneuve alzó el arma maldiciendo a Abel por su osadía. Un disparo que no llegó hasta él en cambio Cecilé cayó a su lado.

Abel hizo combustión espontánea. El espíritu del lobo se manifestó violentamente en él. Se sentía diferente, no como el espíritu anterior que le había abandonado rehusándose a volver a vivir en él. El fuego que lo devoraba provenía de Cecilé. Deneuve nunca había visto a un lobo cara a cara. Su expresión se descompuso hacía el terror absoluto el cual se hizo aún mayor cuando el gran lobo apresó con los dientes a sus hombres reventándolos velozmente.

- ¡Abel! – Claude gritaba en su mente.

Pronto hubo más voces. Su manada iba en camino pero llegarían tarde.
Abel se lanzó sobre la mujer la cual disparó pero fue inútil pues la bestia esquivó las balas con agilidad, sus fauces se abrieron apresándola y huyó con ella lejos de las miradas ajenas.

Se supone que los lobos no deben matar humanos. Se supone que existen para protegerlos. Pero Abel sabía que aquello que se retorcía entre sus dientes no era humano. Dejó que el lobo predominara, su instinto de que arrastraba otro animal sólo que de menor tamaño consigo guió sus actos. Cuando el lobo está hambriento y tiene la presa sólo hay un camino.
La grand-mere de loup garou, Cecilé despertó en el hospital principal de la ciudad. Estaba adormilada y con dolor de cabeza. La bala le había dado de lleno en el antebrazo izquierdo y a pesar del esfuerzo médico no pudieron repararle los nervios, había perdido la movilidad y tuvo suerte de que no fuera todo el brazo dijeron los galenos.

- Por lo menos no soy zurda- dijo con optimismo al grupo de jovencitos enormes que abarrotaban la habitación a presar de la prohibición de las enfermeras.

Abel no la miraba a los ojos, habían pasado tres días desde el ataque y era su primera visita. Le había tomado todo ese tiempo volver a su forma humana.

-Apestan, quiero hablar con Abel así que lárguense – les dijo a Claude y a los demás. La manada ase dispersó sin que ninguno volteara a ver a su alfa.

Había un sentimiento de culpa flotando en el ambiente, cuidar de su matrona era tarea de todos.

- Perdón – dijo Abel sin acercarse a ella.

Cecilé negó.

- ¿Por qué no me dijiste que no podías entrar en fase? – Abel la miró con asombro, ¿cómo es que ella había deducido eso? Parecía que Cecile le leía la mente –no te transformaste al primer disparo que te dieron como mi tonto cachorro impulsivo de siempre habría hecho además… cuando fui herida sentí como si mi alma dejara mi cuerpo para entrar en el tuyo.

-Tu alma – repitió Abel. – Creo que fue eso.

Cecilé suspiró y su rostro reflejó una gran paz.

- Te amo Abel, no me arrepiento de lo sucedido. ¿Dónde está la mujer?
Abel alzó la mirada finalmente.

- Mi trabajo es eliminar a los monstruos sin alma que destruyen a los humanos ¿cierto? Pues tan sólo hice eso, la borré de la faz de la tierra pero no estoy orgulloso de eso.

-¿Por qué?

-Me siento despreciable como si su maldad se me hubiera impregnado por dentro.

Cecilé le tendió la mano que aún le funcionaba. Abel dudó pero al final se acercó y la tomó.

-No temas Abel, has hecho lo que tenías que hacer y nada más.

El medico encargado de Cecilé acudió para pedirle que de una buena vez dejaran descansar a su paciente. Abel asintió, besó a Cecilé en la frente y salió de la habitación.

-Gracias por el regalo que me has hecho, me has dado la vida – tanto al humano que salvó de un disparo como al lobo al que dio su espíritu.

- Usa bien este don Abel, tan sólo destruye al mal de inmediato y estaré orgullosa de ti siempre… hijo.

No volvió a verla aunque ya no podría volver a extrañarla pues la llevaba como parte de él. Debía volver a donde el mal había anidado a sus anchas bajo un rostro más bello que el de Sophie.

Su última escala fue en la gran casona de los Sagnier. Entró y señaló a Claude para luego hablarle y que se enterara de que se dirigía a él pues estaba en forma humana.

- Destituido, el que se queda a cargo de mis asuntos será Baptiste.
Sus dieciocho lobos se alzaron en un alboroto insufrible. Los estaba denigrando a todos, Baptiste era apenas un niño.

-Claro, como es tu cuñado te importa un bledo… -empezó a rezongar Claude pero fue silenciado de un puñetazo que obviamente no vio venir. Se enteraron de Claire por su lazo, la privacidad si que la iba a extrañar Abel.

-¡Baptiste está a cargo! – gritó Abel dejándolo en claro y con voz de alfa. – Y cómo le vuelvan a tocar un pelo a Cecile van a rodar cabezas ¿entendido?

- Entendido señor – gritaron.

Abel no les dio más explicaciones. Dos horas después tomaba el vuelo de vuelta a Hinnom's llevando a cuestas el asesinato de Sophie, el brazo de Cecilé y la humillación de Claude. Venganza, remordimiento y enemistad. Nada mal para un viaje tan corto.
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Re: Tales du troupeau

Mensaje por Santino Fornari el Lun Jul 16, 2012 9:29 pm


Los dos Alphas


POV Gennaro:

GENNARO

Se levantó sin ningún entumecimiento, era de los que esperaba en la oscuridad a que el día empezara porque las noches no le sabían a nada. Hacía años que no compartía el lecho con Greta, su esposa, y había añorado cada noche la calidez de su cuerpo contra el de él y ahora que por fin lo tenía, lo sentía tan irreal como llamarse así mismo el Alpha en Marsella. Odio, era lo que inundaba su vida, lo que la hacía girar. El odio le enseñó a respirar, a soportar, a vivir, a caminar y era la base de quién era él. Era lo más anidado en su alma, mucho más grande que el aprecio que les tenía a sus hermanos. Gennaro se ahogaba en ese sentimiento pero en lugar de explotar como los demás en gritos y rabietas, lo anidaba más hasta que lograba dejarlo ir en la forma más dolorosa para la gente a su lado. Se estaba consumiendo como un enfermo de cáncer, y cada día estaba seguro de que moriría de forma horrible por lo que había hecho.

Entró a la cocina como si entrara al patíbulo donde le iban a decapitar, observando a todos lados buscando al verdugo. Dos petits loups estaban en la cocina, el hijo de Emmeric y el de Bruno; no les haría mayor caso sino fueran tan rebeldes, y no lo decía por sus acciones pues fue a los primeros que tuvo que enseñarles que quién mandaba en Marsella era él y no otro, si no por sus ojos, sus malditos ojos que nunca callaban y parecían gritar: Usurpador. ¿Quién les había ofrecido hogar y comida cuando sus padres, malditos lobos débiles, murieron? Había sido él pero parecía que se les había olvidado.

Emmeric entró en ese instante en la cocina, y pareció adivinar sus pensamientos.

–Remi, Paulie, vayánse –les mandó.

Lo único irónico y divertido del asunto es que a Remi, el hijo de Emmeric, le costaba obedecer a su propio padre, demasiado tiempo lejos de casa permitió que a esos petits loups se les ablandaran los sesos. Los chiquillos salieron corriendo aunque los escucharon gruñir al paso de los licántropos parias, la verdad sea dicha, Gennaro confiaba más en esos hombres que en la manada joven que el iraní había formado y dejado. Aquel día era un día importante, el iraní venía en camino, en un avión con dirección a Marsella. Que idiota había sido, de haber sido él hubiera arribado en otro aeropuerto antes de llegar directo a la ciudad, a sus garras. Sabía bien que ese día llegaría porque claro, Claude se lo había dicho a Noah.

–Dile a tu hija que vaya por él –dijo hablando de Oliffe –y que no se vaya de ahí hasta que él llegué. Mirko, Zlatan y Neve irán con ella –dijo. No se fiaba únicamente de Oliffe, Mirko era un lobo croata, aún más grande que el iraní, Zlatan y Neve tenían un tamaño promedio pero eran rápidos.

Él no iba, estaba seguro de que el iraní podía olerlo en cuanto se bajara del avión y no podría contenerse. Se le lanzaría en medio de la sala de llegadas internacionales sin pensar y no, tenía que matarlo en medio de las miradas de los marselleses para que se convencieran de que el último Sagnier había muerto y que Fornari era quién mandaba en la ciudad. Eso le llevó irremediablemente a pensar en el día en que tomó la ciudad. Entró por Turín, que estaba a mando de Nestore Concetta y que le era leal, de ahí Milán, Toulousse y Marsella habían caído bajo su mando aún cuando la mitad de Francia aún permaneciera leal al iraní, lo aceptarían una vez que éste muriera. Tendrían que hacerlo. En cuanto llegaron, Jean, Donna y Joelle se pusieron de su lado y controlaron a los demás. Baptiste había huido para vergüenza de Jean a quien mandó a perseguirlo y cuando éste falló, envió a un par de parias que juraron que le habían hecho correr hasta Barcelona pero no creía que el crío fuera tan fácil de destruir. El rival más fuerte dentro de la manada fue su madre, que le miró con desprecio e ira pero a Gennaro ya no le importaba lo que Cecilé pudiera decirle. Él era digno hijo de Fabio Fornari y lo que su vieja madre pudiera opinar le importaba tanto como lo que Greta le quisiera contar. No la tocaría, desde luego, pero eso no significaba que ella tuviera permiso de moverse a ningún sitio con nadie. El iraní la adoraba como una madre, y ella a él, vendría por ella como en antaño.

El odio le movía, desde luego, el iraní no sólo le había arrebatado el territorio que defendió cuando André Sagnier falleció si no que le quitó el cariño de su madre, el respeto de sus hermanos, la admiración de sus sobrinos y el amor de sus hijos. Se preguntó por un instante si Santi vendría en compañía del iraní, de si Neil y Claude estarían con éste en el vuelo con regreso a Marsella. Donna no permitiría que Neil fuera dañado, lo adoraba aún cuando nunca lo demostraba pero Santi y Claude tendrían que morir. Lo pensó sin vergüenza y arrepentimiento, Santi pesé a ser su descendiente era tan traidor como Sagnier que no merecía otro destino, mientras que Claude, no se le olvidaba que apoyó a Sagnier cuando lo expulsaron de la manada. Y aún cuando lo consideraba débil no quería al sobrino de Cecilé vivo, esperaba que a Joelle no le importara.

Se percató de que Emmeric lo observaba con detenimiento, tratando de adivinar sus pensamientos. Gennaro no sonrió, jamás lo hacía, ni tampoco solía decir lo que pensaba.

–Dile a esos vampiros que se preparen en la noche, que vayan y cacen a Baptiste, estoy harto de que ese mocoso nos burlé –dijo en voz baja, a todos los demás les había hecho creer que ya le habían asesinado –o mejor aún, iré yo con ellos y les enseñaré como se hace –tenía ganas de cazar.

Vampiros si, cuando Donna los vio le reclamó en privado por traer asquerosos chupasangres a un territorio libres de ellos pero los necesitaba, la mujer era aún más rápida que varios de sus lobos mientras que el hombre era un excelente soldado, presto a obedecer y corto de ideas más geniales pero ambos no dejaban de hablarle de un tercero que sería conveniente tenerlo con ellos. Los conoció en el destierro, había asesinado a vampiros con ellos y sabía que su lealtad no estaba ni siquiera cerca de Il Consilio.

Gennaro no permitió que su querida hermana chistara más, los necesitaba y cuando Francia fuera de él, los mataría. Sólo eran ayudantes temporales que se unieron a una causa más grande que ellos mismos ¿por qué no lo entendía? Riñó con Donna hasta que ambos estuvieron a punto de transformarse y sesgarse la garganta. –No es como si les dejará cazar aquí– y con eso terminó la discusión.

***

Mirko entró con las manos vacías, Zlatan traía a Oliffe inconsciente mientras que Neve les cerraba el paso. Gennaro notó de inmediato que Sagnier no venía con ellos así que algo había salido mal ¿Qué era? ¿por qué maldita sea el iraní, bâtard, no se moría? Zlatan, el sueco y quién hablaba mejor francés explicó que había usado a Oliffe de escudo humano en medio del aeropuerto y después la había golpeado, que le cogieron al final en un callejón y le pusieron aquel collar de castigo de perro, de plata además, diseñado exclusivamente para los garou. Huyó, y se escondió en el metro donde le perdieron pero iba solo, no venía con nadie más.

Gennaro con una vena en la frente a punto de explotar les deseó toda suerte de tormento en el averno por inútiles y mandó a todos a patrullar en la noche, por toda la ciudad hasta que lo encontraran y eso incluía hasta a los pequeños. ¿Qué tramaba Sagnier llegando solo? ¿sería que sus hombres estaban en otra parte? Greta le había dicho que estaba paranoico.

Salió de la casa junto con Karel y El Inglés, un lobo británico que no hablaba francés pero que comprendía el idioma de la fuerza, a ésta primera la había hecho su ayo para gran coraje de Donna pero era un castigo para su hermana, ella no se había ido con él cuando Sagnier lo desterró, prefirió quedarse a jugar a la casita. Esa noche quería a Baptiste o a Sagnier, cualquiera le alegraría la noche. Recorrieron el puerto como humanos pero cuando la noche se hizo más oscura pasaron a su forma lobuna, el lazo empezó a transmitir toda una serie de noticias hasta que a medio día una pelea en la Rue des saignements, les hizo tomar esa dirección. Cuando Gennaro llegó sus hombres tenían a Sagnier capturado.

Podía decirse que aquella fue la primera vez que sonrió.

La batalla empezó, le contaron, con Paulie y Joelle entrando a la casa donde el iraní estaba oculto, el más pequeño se había quedado contra la pared sin hacer nada pero Joelle si había atacado y quizás hasta pudiera haber alcanzado a Sagnier de no haber sido por Baptiste que justo había llegado a la escena. No estaban solos, había dos humanos cazadores y otro lobo que no era de la zona. Cuando las armas y la ventaja numérica empezaron a demostrarle que iban a perder, Sagnier lanzó por la ventana a Baptiste y los otros se dispersaron. Los parias aún los estaban buscando. Vamos, ahora Baptiste le importaba menos, cuando asesinará al iraní, no le quedaría de otra más que rendirse o hacerse paría. Jean era joven aún, podía buscarse otra esposa y tener más hijos, no había tenido más que traidores y bastardas.

Esa noche acudió a la celda donde tenían al iraní, diseñada para los días en que torturaban e interrogaban a los Sydone no le habían dado otro uso. Desde luego que estaba cerca del puerto, una casa abandonada donde nadie entraría jamás por error, por si las dudas tenía apostados dos lobos que hacían guardia, lobos fieles a él, nada de los gemelos, las niñas Valois o los petit. Esa noche ya había lidiado con la “rebelión” de éstos o como los polacos la empezaban a llamar “La rébellion de les puces”, como antes era usual, había azotado a Paulie, Georgette y Remi. Sus hermanos sólo les habían mirado, parecía que ellos si recordaban como eran las usanzas de antes. Su humor, no era el mejor pero debía hablar con él.

***

–Gennaro, Gennaro, je t’aime. Cuéntame que te pasa –le pidió Greta.

–Tengo a Sagnier en Saint-loup con plata hasta las venas pero ni por esas ha aprendido a controlar la lengua –murmuró enojado. Sagnier tenía la lengua más filosa que Gennaro había tenido la desgracia de haber padecido en sus carnes –debería arrancársela –y lo consideró en serio, el Sagnier con la lengua de menos era un regalo para el mundo.

La mirada de Greta se entristeció y bajó los ojos hasta la cama que compartía.

–No estaba con él –dijo Gennaro adivinando sus pensamientos. Eso Greta ya debía de haberlo sabido, tenía entendido qué hablaba regularmente con la esposa de éste, él nunca preguntaba nada, para él Santi como hijo había muerto el día que Raphaello falleció. –Y aunque lo estuviera, ya sabes qué va a suceder –la observó durante un instante, la tristeza que se reflejó sobre su rostro sólo hacía que pareciera más bella.

Acarició su cabello rubio, todavía podrían intentarlo, reparar su familia.

–¡Gennaro! –El que gritaba era Emmeric. Al grito se levantó velozmente para salir a ver qué sucedía con su beta, no hubo tiempo de charlas salieron corriendo de la casa y una vez afuera explotaron en enormes lobos oscuros para dirigirse hacía… Gennaro ya sabía hacía dónde, a Saint-loup.

Entraron corriendo a la casa, Zlatan y Elka estaban de guardia cuando entraron, estaban una muerta y la otra con un pie en la tumba. Gennaro mandó a que la despertaran mientras intentaban encontrar el aroma de Sagnier, y del traidor que le había ayudado a escapar. ¡Por qué alguien le tenía que haber auxiliado! No podía haberse librado él solo de la plata y mucho menos de huido como lo hizo. ¿Dónde estaban todos? Buscó a través del lazo pensando en qué había sido un error no haber buscado de inmediato a Baptiste, ese licántropo, Ça me fait chier! Pero al parecer no había sido él, faltaban lobos. Remi, Paulie, El inglés... Esperó a que Elka despertara pero no lo hizo y a los muertos no se les podía interrogar. Maldijo hasta que la garganta se le irritó, cuando cogiera a esos tres traidores les abriría la carne desde el ombligo hasta la garganta.


***


Los ojos de su madre brillaban con un sutil “te lo dije”, estaba sentada ahí sin que nadie la invitara pero sin que nadie se atreviera a decir que no entrara a sus consejos. Jean había regresado de París, la respuesta a su sometimiento al mando de Gennaro era un rotundo no así que tendrían que pelear. El ex italiano ya había pensado en asesinar a Tessier, la loba en París, y deponer a uno de los suyos, y ahora… Baptiste, jamás se había detenido a pensar que tenía en mente el muchacho, cuando lo dejó en Marsella no era más que un mocoso que corría detrás de los más grandes pero Joelle decía que se había hecho un excelente estratega militar. Si él fuera Baptiste y estuviera con Sagnier, estaría corriendo a París.

–¿Y bien? –Preguntó Donna, parecía divertida con aquella derrota.

–Una pelea no es la guerra –auguró. El que Sagnier hubiera escapado sólo indicaba que era excelente a la hora de huir pero eso no significaba que pudiera pelear y ganar contra él. Gennaro tenía que decidir muchas cosas rápidamente pero de mientras los únicos que habían dado un consejo, fueron los vampiros que trabajaban para él, tal vez Sagnier aún no estaba en París, primero pasaría por Lyon. Lo que, según su criterio, necesitaba era un buen rastreador porque Noah parecía haber perdido el sentido del olfato, o más bien no parecía querer cooperar; y cazar a Sagnier antes de que llegara a París.

A Gennaro le ardía la sangre, quería salir en pos de él pero si se iba de Marsella podría perder los aliados que tenía y no deseaba que, ya que el iraní había vuelto, los demás reconsideraran que era su verdadero Alpha.

–Un rastreador –dijo Gennaro. Si iba a intentarlo, cazarlo antes de que llegara a París. Los vampiros, ahí presentes, sonrieron sabiendo que les había escuchado –les presentó a Daniel.

Y si otro vampiro entró, uno que a diferencia de él, sonreía anchamente como si tuviera una broma privada que no quería compartir con nadie más.



POV Abel:

ABDEL-KADER
Supe en cuanto aterricé que algo no andaba bien. El aroma de Oliffe me recibió en el aeropuerto en cuanto dejé la puerta de arribos internacionales. No le había dicho a nadie qué vuelo tomaría, menos aún a qué hora estaría de vuelta en Marsella. Especialmente no se lo había dicho a gente que pudiera informar de mi regreso, aka, gente llamada Claude. Aún así Oliffe estaba ahí.

Caminé sin buscarla, ella vino a mí agitando una mano sonriente. Ahí las alarmas en mi cabeza se dispararon a tope. Ella jamás se mostraría así de entusiasmada con mi regreso. Yo no sabía de qué lado estaba esa mujer, del mío, del de Gennaro, del de Claude o del de Oliffe. Joder. No esperaba lidiar con esto tan pronto. Envidié a Sam que no tenía esta mierda de política dentro de su manada.

–¡Abel!– ahí estaba de nuevo su jodido entusiasmo que sonaba como a los pasos de la muerte en mi techo. –Bienvenue Abel–. Vino a mí y me echó los brazos al cuello para luego darme un beso en cada mejilla. Entre beso y beso me dijo:– están aquí.

La agarré y enterré el rostro en la curva de su cuello como si fuéramos dos novios que se extrañaron.

–¿Cómo supiste de mi llegada?

–Gennaro me envió –me confesó antes de soltarse de nuestro abrazo. Fingí una sonrisa.

–¿De qué lado estás?

–Son tres y dos más fuera del aeropuerto Abel.

–¿Dónde están Cecilé y Baptiste?

–Cecilé bien, a Baptiste no le hemos visto ni un pelo desde que Gennaro volvió, dijo que estaba muerto –añadió lo último como si le valiera madres. –Rue des saignements 785– murmuró al final casi sin despegar los labios.

La agarré de una mano y caminé hacía la salida. Yo ya sabía que los putos lobos rusos pueden ser muy grandes, pero en serio el tipo que nos salió al paso entre la gente que iba y venía por el aeropuerto se llevaba las palmas. En mi vida jamás había dicho: “que tipo tan alto” al menos no desde que rebasé por un poco los dos metros. Pero en ese momento sí que lo dije, creo que hasta en voz alta porque Oliffe, bendita sea la muy puta, se rió.

Y bueno, como ella dijo dos más venían con este primero pero apenas y se veían, eran sólo unas muletas para el grande.

–Es Mirko – dijo Oliffe –y los otros dos son Slatan y Neve.

–Vale, saber sus nombres me va a salvar de esta.

El tal Mirko hizo como que avanzaba y yo agarré del cuello a Oliffe, porque fue lo primero que se me ocurrió y porque seguía sin tener claro de qué lado estaba ella. Pero fue lo correcto porque se detuvieron. Procuré poner cara de que iba muy en serio con hacerle daño. Ellos pusieron cara de no creerme que yo fuera capaz de lastimar a alguien de mi manada. Todos pusimos cara de esperar mi siguiente movimiento.

A la fecha sigo sin arrepentirme ni un poco, ni remotamente considero pedir disculpas a nadie por lo que hice.

Solté a Oliffe y cuando ella se separó de mí apenas un par de pasos le di un golpe durísimo, un puñetazo en la parte posterior de la cabeza que la mandó al suelo. Ahora, pausa, Europa ha vivido tiempos nerviosos en cuanto a la violencia en sitios públicos y el terrorismo. Imagina que
un tipo con cara de matón empieza a golpear chicas indefensas cerca de ti. Una mujer mayor, afortunadamente una muy histérica, soltó un grito y se armó un pandemonio. La garde del aeropuerto reaccionó en un tiempo admirable. Corrí hacía ellos.

–Son ellos, están golpeando a la gente – les grité señalando a los rusos. Vale, que no me detuve a pensar en la posibilidad de que los estaba mandando a que les rompieran las piernas.

En la confusión logré salir del aeropuerto, apenas a tiempo para encontrarme con los otros dos de los que Oliffe me había hablado.

–¡Merdé!– fue mi declaración llena de sabiduría milenaria. Las zarpas de los tipos se cerraron sobre mí, estaban a medio transformar ya, valiéndoles madre el secretismo. Malditos cabrones. Intenté escabullirme de nuevo pero me llevaban un regalo de bienvenida. Fui derribado, me da vergüenza admitirlo, y en lo que pugnaba por levantarme me pusieron un collar de perro de esos de castigo, pero no una broma para un perro normal, esto había sido claramente diseñado para los garou.

Me puse de pie repartiendo patadas en la entrepierna y corrí. Y después corrí aún más. No estaba huyendo claro, era una retirada estratégica. Tenía que meditar sobre la confusa información que Oliffe me había dado antes de actuar; y sobre todo tenía que salvar mi pellejo si quería contra atacar, porque claro muerto no iba a ser un gran alfa. Obvio.

Acabé metido en el subterráneo. Y de ahí corrí más y luego a un autobús y luego a correr aún más. Estaba seguro de que me seguían aunque en ningún momento los vi. No me detuve hasta casi llegar a Montpellier, sólo cuando dejé de sentirme observado paré en esa absurda carrera.

En cuanto tomé aliento una idea me cimbró.

–Baptiste no puede estar muerto – está mal, ya lo sé, pero la primer razón por la qué pensé eso no fue porque él fuera muy joven para morir o porque yo lo hubiera dejado para ser sacrificado en mi lugar. Lo que pasaba era que no podía ni imaginarme diciéndole a Claire que su hermano había muerto por mi culpa. Luego de pensar en eso ya pensé en razones más decentes por las que deseaba que el crío ese estuviera con vida.

Pasé la noche en vela escondido en callejuelas. De noche los lobos vigilan y al intentar entrar en fase el puto collar ese se me encajó peligrosamente en el cuello. ¡Cabronazazos! No tenía aliados, me buscaban para matarme y yo de humano. ¡Carajo!

Cuando amaneció estaba desesperado y sólo se me ocurría una idea: ir a la Rue des saignements como Oliffe dijo. Lo malo es que no explicó si ahí estaría seguro o si ahí estaba Genaro. Sólo había una manera de averiguarlo.

Si te estoy contando esto claramente es porque la libré. Vale que con eso el relato pierde encanto pero lo interesante es saber como hizo el héroe, o sea yo, para salir del mal paso. Ahora que Gennaro juró cortarme las bolas como me encontrara, a que quieres saber si volví completo. Y no, no me bajaré los pantalones, escucha mi relato.

Llegué a la dirección que Oliffe me dio cuando ya era de día. Llegar a plena luz del día y tocar el timbre sería lo que Gennaro menos esperaría que hiciera. O al menos eso pensaba. Aguardé con los nervios tensos listo para pelear cual perro rabioso o huir según la circunstancia. La circunstancia
tenía forma de mujer, de una hermosa y joven humana.

Nos miramos un segundo, ambos con la misma expresión de cauteloso desconcierto. Ella habló primero.

–¿Abel?– dijo – ¿vous êtes Abel?

Asentí. Me agarró de un brazo para apremiarme a entrar. Me gustó el contacto de su mano en mi piel. Vale que estaba en una situación en la que podría haberlo perdido todo pero aún así seguía teniendo ojos en la cara.

–¿Cómo sabes mi nombre?– No me lo dijo. La casa en la que estábamos era blanca, iluminada y espaciosa. Amueblada con austeridad. En la sala nos esperaba un tipo tan enorme como Dimitri y un chico de mi complexión y estatura. El gigante era lobo, el otro humano.

–Abel, que gusto que estés bien – me dijo el lobo que fungía como jefe del peculiar grupo. –Me llamo Yuri Kozlov, ella es Saoirse, una bruja amiga mía – nota de no tocar de más – y este es Alex McCarthy, un cazador. Soy amigo de Matvey Volkov, me llamó hace un par de días para pedirme que te echara una mano.

–¿Cómo?– no me creía mi buena suerte.

–Gennaro –lo conocían – trató de reclutarme para incursionar en Marsella, prometió dejarnos parte del dominio de la ciudad –se me revolvieron las tripas del coraje– creo que también contactó con Matvey, encima tú venías para acá así que pidió que te echáramos la mano.

Ok, no iba a tentar mi suerte.

–Pueden empezar por quitarme esta mugre – les dije señalando el collar denigrante que por poco y me olvido que llevaba. El buen McCarthy fue a por una caja de herramientas que parecían sacadas de un catalogo de la inquisición española. Pronto tuvo en mano unas pinzas que aplicó al maldito artilugio. Sus fuerzas humanas no dieron para abrirlo pero con ayuda de Kozlov quedé libre y McCarthy nos sumó unas pinzas a sus honorarios.

Kozlov me dijo que sabía dónde estaba Genaro, qué podíamos evadirlo y que me ayudaría a salir del viejo continente en una pieza. No era el tipo de huída que pensé que haría. Él y Saoirse se perdieron a hacer unas llamadas sin preguntar mi maldita opinión. Quedé con Alex el cual no era muy conversador. Una idea me rondaba por la mente.

–¿Quién y cuánto te paga por ayudarme? –no me creía que mi benefactor ruso llegara a tanto. Casi no sabíamos nada de los McCarthy pero Cécile los mencionó una vez y de pasada, lo que dijo fue que cobraban muy caro.

–Cincuenta mil – respondió.

–¿Dólares? –puse ojos de plato.

–Euros – por poco me desmayo –cobro por anticipado – añadió y se rió teatralmente. –Me paga un benefactor que… – se interrumpió poniéndose de pie como resorte. En mi vida había visto a un humano reaccionar de esa manera. Las ventanas de la casa se hicieron añicos bajo el peso de
los lobos que hacían su entrada. Para cuando cayeron de pie en la sala McCarthy tenía un par de pistolas más grandes que él y ya les disparaba.

Entré en fase por fin. Reconocí a Paulie y a Joelle. Frené mi ataque hacía ellos. Paulie retrocedió, Joelle se me fue encima. No llegó a tocarme, la llegada de otro lobo a la contienda lo impidió. Era Baptiste. Mi amigo hizo presa del cuello del chico y lo sacudió con ferocidad. Kozlov se sumó al
ataque. Entró corriendo en el salón todavía sobre dos patas, era inmenso. Con las garras sujetó a un lobo que ya había derribado a McCarthy y lo arrojó brutalmente contra el muro. Finalmente terminó de convertirse. Saoirse no se quedó atrás, ella también estaba armada, imaginé que su
intuición de bruja era lo que le permitía tener tan buena puntería y esquivar con facilidad los ataques de los lobos.

La cosa no iba a ser fácil. Joelle debía haber llamado refuerzos. Cuatro lobos más se unieron a la pelea. Debían ser los que fueron por mí al aeropuerto y al más viejo de ellos lo reconocí como mi suegro querido Jean Lauvergne el cual tuvo buen cuidado de no atacar ni a su hijo ni a mí, en
cambio le brincó encima a Kozlov. En pocos minutos fue claro que íbamos perdiendo la refriega. Yo estaba enzarzado con un lobo gigantesco que seguro era Mirko, buscándonos mutuamente el cuello cuando escuché que Saoirse gritaba. Otro enemigo que claramente era una hembra, ¿Neve? La había mordido en una pierna. Ahora la loba retrocedía y volvía a ser humana. Seguro no sabía que se trataba de una bruja. No es aconsejable morder a los brujos. Empujé a Mirko y me interpuse entre Saoirse y otro intento por matarla. Le ladré a McCarthy el cual era intuitivo y vino
corriendo a levantarla.

–¡Baptiste!– Acababa de decidirme –Es hora de largarse– le dije a él y a Kozlov. Mi amigo no parecía estar muy concentrado en escucharme por lo que deshice en parte mi transformación para andar en dos patas y tener manos. Lo agarré del cogote.

–¡¿Abel?!– Lo arrojé por la ventana. Kozlov no se esperó a que le diera el mismo trato, se giró para agarrar con el hocico a Saoirse por la ropa y escapar con ella. McCarthy puso pies en polvorosa por sus propios pies dejando tras de si una conveniente granada. La explosión cubrió su retirada y además logró que en pocos minutos se escucharan las sirenas de los humanos.

Los lobos me rodearon, menos Neve que seguía tirada envenenada; y Paulie que se había negado en todo momento a tomar parte en este asunto.

Me volví humano y me senté en el suelo a fumarme un cigarro.

–Bueno ya me tienen– tenía varias heridas que empezaban a cerrarse. –Felicidades – les dije con sorna. Esperaba recibir al menos un mordisco por mi comentario pero ninguno se movió. Mi olfato me indicó que eso era porqué Genaro estaba al llegar. Seguro querían dejarme entero para su alfa
de pacotilla.

***

La última vez que había estado en aquella celda fue para interrogar a un Sydonie. Hacía años de eso. Y en ese momento jamás se me ocurrió pensar que me tocaría estar con cadenas encima y plata corriendo por las venas para que no me transformara.

No había podido ver a Cecilé y eso era lo único que lamentaba.

Gennaro entró a verme al cabo de un rato. Él no se había ocupado de nada. Yo me hubiera encargado de cada detalle personalmente pero su desprecio hacia mí igual iba a joderlo si mi plan funcionaba. Por que hey, ¿no pensarás que dejé que me atraparan sin un plan de respaldo? Claro, fue en parte mi nobleza, de la que todo el mundo sabe, por proteger a mi manada de ser
lastimados; y en parte, pues ya tenía en mente una cabronada arriesgada para jorobar a Gennaro.

–Hola– lo saludé al verlo entrar. Cuando era niño y empezaba a darle problemas este hombretón me puso unas buenas palizas, eso no se me había olvidado. Lo recordé precisamente en este momento porque se le veía en la cara que venía dispuesto a machacarme.

– Sagnier– me llamó por mi apellido –¿sabes que vas a morir?

–Si – respondí al punto– pero sé que no será en esta celda, porque políticamente no te conviene. Para que la manada se doblegue necesitas que me vean morir.

–Y luego mandar pedazos tuyos a París, Dijons y demás.

– Es correcto – aprobé. Es lo que yo haría conmigo mismo de ser él.

–¿Y Santino?

–Bien, está en Hinnom’s con tu nieta y tu nuera – le conté, porque bueno, seguro ya lo sabía. Su mirada se miró insondable por un momento. –Si, ya sé que me odias.

– Eres un ingrato Sagnier, cuando tu familia murió yo te protegí.

– Apenas un niño cuando eso pasó, te recuerdo que cuando crecí yo aniquilé a los vampiros que mataron a muchos de nuestra manada. Soy mejor líder que tú. Es molesto lo sé pero es la verdad.

Sí que es molesto.

Donna vino a verme finalmente. Después de Gennaro. No sabía si venía a darme otra paliza. La reconocí por la voz. Los ojos son partes que tardan en regenerarse, aunque no tanto como los huesos.

-Me mandaron a inyectarte más nitrato de plata para que no cierren las heridas- carraspeé y escupí sangre antes de hablarle.

-Tienes que dejarme ir – fui al grano. Ni siquiera me respondió. –Neil…- empecé de nuevo.

-Deja a Neil fuera de esta guerra – me siseó. Por fin empezábamos a entendernos.

-¿Sabes dónde está Neil?- le pregunté. Y respondí al punto –anda en París como antes andaba en Hinnom’s, otro de mis territorios. Y en los dos tengo gente que puede matarlo.

-Dudo que puedas dar esa orden desde aquí.

-Así no funciona, Neil no me sirve muerto es de mi equipo, pero si muero, Gennaro se dará prisa en contarle a todos los garou de su gran hazaña y cuando eso pase tengo gente selecta con ordenes de matarlo en venganza contra ti.

-¿Contra mí?

-Por traicionar a tu alfa, yo muero y Neil muere, Donna.

-Tú no diste tales ordenes Abel, me temo que has perdido tu habilidad hasta para mentir.

-Como quieras- le digo – no me creas.

No sé si lo hizo, pero el caso es que no me inyectó de nuevo.

***

-Fabian – Fabian Rowe era humano. Había vivido la guerra contra los Sydonie, el destierro de Gennaro y ahora esta nueva guerra interna. Y lo había hecho todo por amor a Donna y a Neil. Ser esposo de una loba no era cosa fácil. A él nunca se le consideraba ni se tomaba en cuenta su opinión. Él era un contable, era normal. Su súper poder consistía en elaborar la declaración de impuestos de la panadería de su mujer y punto. –Fabian, Abel dijo que dio ordenes de matar a Neil si no lo ayudo. –Donna debía estar muy confundida si le contaba eso. No había dicho mucho acerca de lo que pasaba en Saint loup, aunque había hecho un breve berrinche cuando los vampiros llegaron. Abel había mantenido Marsella libre de vampiros durante años y ahora Gennaro los traía por invitación. A Fabian tampoco le había gustado eso.

- ¿Matar a Neil?- repitió colgando el abrigo en la percha junto a la puerta de su piso. Donna vino a él y lo abrazó como si él pudiera protegerla. Le dio un beso en la frente y la estrechó. Fabian respetaba a Abel porque no sólo familias garou habían muerto a manos de los Sydonie. Él igual había perdido a un hermano, vecinos, amigos. Pero no perdía de vista que a veces ese perro podía pasarse de la raya. –Abel no hará que nadie mate a Neil, lo prometo – dijo.

***

La puerta de la celda se volvió a abrir. Sorpresivamente quién entró no fue ningún lobo. Fue Fabian Rowe.

-Abel – me llamó en la oscuridad – vine a hablar contigo, ¿qué son esas tonterías de matar a Neil que le dijiste a Donna? – me pregunta con un tono como de profesor. Que yo sepa el tipo da clases así que no me extraña. –Abel, creo que en la vida nadie te ha hablado de hombre a hombre así que he decidió que alguien te dé esa charla.

Me rio y me duelen las costillas que están acabando de soldarse. Pero el tipo habla en serio porque se sienta junto de mí. A este hombre lo vi poco mientras crecía, porque bueno trabajaba duro para sacar adelante, económicamente a su familia. Y porque claro ni modo que nos acompañara a los entrenamientos o las guardias. Donna trató de enseñarle a disparar un arma para que nos fuera útil pero tiene la puntería en el culo. Así que ahí va, una nulidad en la guerra que viene a inmiscuirse cuando lo que necesito es que su esposa parta unos cuantos pares de piernas y luego me saque de esta mugrienta celda.

-Un hombre se pone en pie solo Abel, sin importar cuantas veces caigas o lo duro de la caída. Nadie te puede levantar, ni los pactos, ni las estrategias, ni las amenazas a tus propios amigos. A veces sólo debes hacer eso ponerte de pie y hacer lo que sabes hacer. – Me explica y saca las llaves de mis cadenas.



***

El Alpha en París:

Controla París, Bruselas, Dijjon, Orleans y Lyon. Descendiente de André Sagnier, los Sagnier siempre han sido Alpha's de Francia y los territorios vecinos. Abdel Al Kader Sagnier es descendiente de un inmigrante iraní quien le heredó su nombre y Lucile Sagnier.

    -su beta, Santino Fornari; se encuentra actualmente en Hinnom’s Valley.

      -su esposa, Brooke Travis.
      -su hija, Emma Fornari.

    -su ayo, Cecilé Seberg; también considerada su madre adoptiva, se encuentra en poder de Gennaro.


-su manada:

    -Neil Rowe, estaba en Hinnom's hasta que se dirigió a París con su familia.

      -su esposa, Aurora Lautner.
      -su hijo adoptivo, Shane Rowe.

    -Baptiste Lauvergne, se encuentra con él en París, en el tiempo en que Abel se encontraba en Hinom’s Valley, él mandaba.
    -Claude Seberg, se encuentra en Hinnom's Valley.
    -Remi Valois, se encuentra con él en París.
    -Paulie Seberg, se encuentra con él en París.
    -Noah Seberg, se encuentra con él en París.


-sus capitanes leales:

    -Chlóe della Vedova, jefa en Orleans junto con su grupo de tres lobos.
    -Gêrome Tagliabue, jefe en Dijons unto con su manada de cuatro lobos.
    -Mireia Capdevila, jefa en París junto con sus seis lobos.
    -Caesar Vanderhoeven, jefe en Bruselas junto con sus cuatro lobos.


-lobos ex parias, otros compañeros:

    -El Inglés, ayudo a escapar a Abel y se llevó consigo a Remi y Paulie.
    -Yuri Kozlov, lobo ruso amigo de Matvey Volkov.
    -Alexander McCarthy, cazador contratado por Baptiste.
    -Saoirse, bruja que acompaña a Alexander.

El Alpha en Marsella:

Controla Tolousse, Milán, Turín y Marsella. Descendiente de Fabio Fornari y Cecilé Seberg, huyó de Savona cuando Il Cosilio les echó para caer en una guerra contra los Sydone, cuándo éstos cayeron y Abdel Kader fue nombrado Alpha, unos meses después fue desterrado junto con su beta.

    -su beta, Emmeric Valois.
    -su ayo, Karel Svboda, un licántropo checo.


-su manada y familia:

    -su madre, Cecilé Seberg.

      -su esposa, Greta Maldini.
      -su hijo mayor, Santino Fornari, el traidor
      -su hijo menor, Rapahello Fornari [RIP]


-sus hermanos y miembros de la manada:

    -Donna Rowe, hermana.
    -su esposo, Fabio Rowe.
    -Jean Lauvergne.
    -Oliffe Valois.
    -Georgette Valois.
    -Joelle Seberg.


Sus capitanes leales:

    -Adelaïda La Porta, jefa en Tolousse, con sus cuatro lobos.
    -Nestore Concetta, jefe de Turín, con sus tres lobos.
    -Aurelio Martello, jefe de Milán con sus cuatro lobos.


-Lobos parias:

    -Mirko Hrnkak, paria croata.
    -Neve Linker, paria holandesa.
    -Zlatan Gustafsson paria sueca [RIP]
    -Elka Gustafsson paria sueca [RIP]


-Vampiros que trabajan con él:

    -Yuto Kiragisaga.
    -Renee Marshall.
    -Daniel Dusse.




Última edición por Santino Fornari el Dom Sep 09, 2012 6:59 pm, editado 1 vez
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Re: Tales du troupeau

Mensaje por Santino Fornari el Dom Sep 09, 2012 7:32 pm


Los dos Alphas II



POV Paulie:

PAULINNE SEBERG

Paulie apretó la mano de su M&M y la mandíbula por igual, la patada que Gennaro le propio hizo que le cimbrara el cuerpo por entero. Debía aguantar el dolor sin transformarse ¿cómo pretendían que lo lograra? Levantó la vista, clavó sus ojos claros en el Usurpador, su boca no podía decir más que quería que en su mirada leyera todo el desprecio que sentía por él. Quería gritarle que se fuera a la mierda de dónde salió, que él nunca sería el Alpha, que las cosas estaban peor cuándo él llegó y espetarle el porqué no les había dejado en paz. Por un momento pensó que se iba a transformar y tal vez se lo leyó en la cara porque un instante después un golpe en la cara lo mandó al suelo. Escuchó las risas del par de vampiros, los que se supone deberían estar muertos porque en Marsella se aplicaba la no tolerancia hacía cualquier otra especie. El dolor se detuvo pero los alaridos de Remí le indicaron dónde estaba, se limpió la sangre de la cara y al hacerlo se encontró con la mirada asustada de Noah, y los ojos de Joelle y Oliffe.

–¡Basta! –Tronó una voz dura detrás de Gennaro. El que intervino no fue Emmeric, el papá ausente de Remí, ni Jean ni Donna, fue al que apodaban El Inglés que apenas si dominaba el francés pero que parecía apunto de prescindir de las palabras y usar los puños. –Son sólo niños –dijo señalándolos.

Paulie en otras circunstancias hubiera rebatido eso.

–Y como los niños, deben aprender ahora, no te metas –rebatió Gennaro.

Paulie no pudo evitar apoyar imaginariamente a El Inglés y suplicar que le rompiera el cuello al Usurpador. Era un lobo tremendo, ya lo había visto, no le costaría mucho si se decidiera a mover los músculos que tenía pero no lo hizo.

–No vine a golpear a los cachorros, esto era lobos primero y luego escoria –señaló a los vampiros –esto no es natural. Yo me voy –declaró.

En ningún momento pareció que nadie pretendiera detenerlo.

–Pero ahora te vas, no te quiero ver mañana aquí –le dijo serio Gennaro y se volvió a ellos –y ustedes largo –dijo moviendo una mano, parecía exasperado con ellos, siempre lo estaba.

Paulie se levantó, ayudó a M&M a ponerse en pie y Remí fue detrás de ellos. M&M lloraba enojada y se fue sin que quisiera que la acompañaran así que Remí y él hicieron los propio, no es que llegaran demasiado lejos considerando que estaba justo al lado y que las paredes no eran tan gruesas como para no enterarse pero necesitaban poner una pared de por medio. En cuanto estuvieron solos en la alcoba de Remí, Paulie se puso a pasear a la habitación.

–Tenemos que hacer algo –dijo Paulie.

–Ya hicimos algo –negó Remí, lo vio tirarse en la cama y sacar su diccionario dónde anotaba sus malas ideas.

–¡Esa no fue una mala idea! –explotó Paulie, liberar a Abel no lo era en ningún escenario o universo alterno.

–No pero... la planeación fue un asco –y Remí puso cara de pena. Paulie por un momento se sintió peor, frustrado y aún más enojado que nunca, el plan había sido de él así que la cosa era su culpa.

–Lo mío nunca fue eso –no quiso contradecir a su amigo, y en ese caso no era de extrañar porque los planes buenos eran de Baptiste y de Claude.

Pensó en qué podrían hacer descartando ideas porque hasta él reconocía que eran malas ideas, de pronto escuchó que había barullo al otro lado. Le hizo un "shhhh" a Remí para que no dijera nada y pegó la oreja a la pared. Intentó descifrar algunas palabras pero era inútil así que mejor se dejo de sutilezas y se empezó a quitar la ropa.

–Me voy a transformar –anunció y se transformó en un lobo grisáceo. Era más rápido espiar mediante el lazo que salir y asomar la cabeza con la idea de que se la podían arrancar. El enojo de Gennaro lo cimbró e inmediatamente volvió a ser humano. –¡Abel escapó, escapó! –Dijo Paulie enloquecido en felicidad, tomó sus prendas y entonces se vistió. Era hora de irse con su verdadero Alpha. –Seguro que fueron Santino, Neil y Claude. Ya te decía que era demasiado que no llegaran con él, si lo planearon juntos –se carcajeó pensando en que todo volvería a ser como antes –¡mueve el trasero Remí, es hora! –No había tiempo que perder.

Buscó una bolsa y echó un par de prendas, las tenía regadas por todas las casas para momentos en que las requiriera, tendría que pasar por su propia casa, cogería los ahorros de Joelle, se lo merecía el muy mamón.

–Paulie, seguro que no están fuera esperándonos, deben de estar ya lejos. Gennaro es el papá de Santino y Donna la de Neil, ¿crees que ellos van a sesgarle la garganta a sus padres? Lo más seguro es que se vayan a París –Dijo Remí, quién además no se había movido de su cama, parecía estar pesimista pero Paulie ya sabía cómo era y eso a él no lo desanimaba.

–Entonces vamos a París –dijo Paulie para quién no había obstáculos que no pudiera sortear.

Corrió la ventana y miró, los checo-suecos-loquesea estaban tomando diferentes direcciones y luego estaba El Inglés, que tenía un morral en el hombro y no parecía ni siquiera apresurado.

–Ya intentaste llegar corriendo a París ¿qué te hace pensar que ahora lo lograras?

–Lograremos, y no iremos solos. Y no se diga más –lo apuntó con el dedo. Hasta ahí llegaba la actitud pesimista de Remí.

Pero había algo que no podía dejar en el aire y eso era ir por M&M, porque ella estaba dentro del plan aunque no hubiera sido informada de él antes. Nunca echaban llave a sus casas, vamos ¿quién se le ocurriría asaltar a unos lobos agresivos? Subió hasta la alcoba y tocó un par de veces, escuchó un gemido de que pasara. a otro lado de la puerta estaba M&M, con la boca cubierta de chocolate, había estado llorando. Por eso Paulie no quería que ella se quedara sola, porque sabía que eso solía pasar. En circunstancias normales, Paulie se sentaría a su lado, contaría chistes malos, le sacaría los dulces de la bolsa para que ellos comieran más rápido y desentrañarían que ocurría pero ese día no había tiempo.

–Tenemos que irnos ahora, Abel ha escapado –anunció.

La mirada de su M&M brilló con el mismo entusiasmo que él había sentido pero no se movió y un segundo después sus ojos adoptaron la misma mirada de antes.

–No Paulie, es que... creo que Oliffe va a hacer una locura –pronunció en voz baja.

–¿Una locura? ¿Igual a la que me dijiste que haría la semana pasada? –Se mostraba escéptico porque la M&M llevaba alucinando con eso desde hace varios días pero luego se dio cuenta de que no era un buen momento para bromear. –Está bien ya entendí pero... no quiero que te quedes aquí sola, todos unos estúpidos –dijo porque, vamos, le dolía horrible que su hermano Joelle se hubiera puesto como perro faldero a las ordenes de Gennaro sin chistar, es más le ayudaba en lo que fuera y se enojaba y sólo podía pensar en insultos, los cuáles no eran buenos porque terminaba insultándose a sí mismo cuando pasaba a traer a la madre de Joelle.

–No, habló de una locura de verdad. Me quedo Paulie pero si, creo que tú y Remí deben irse –dijo poniéndose en pie para tomarlo de los hombros e ir lo empujando hasta la puerta hasta que lo saco, miró a su hermano y a él le dio un beso en la mejilla. Después cerró la puerta con un golpe –y cuando salga de aquí ¡no los quiero ver ahí parados! –gritó desde dentro.

Paulie miró la puerta, estaba dolido pero supuso que no podía ser de otro modo hasta que no regresara Abel así que dio media vuelta y se alejó corriendo con Remí detrás. La calle estaba vacía, no era de extrañar, se conocía como la Hora del Lobo, y era en que los licántropos andaban por la ciudad y era suya por esas horas. Empezaron a alejarse, sabía qué camino había tomado El Inglés, porque esa era la idea de Paulie y de pronto escucharon un ruido detrás de ellos, se volvieron de inmediato para encontrarse con Joelle con una mochila. ¿Joelle?

–Voy con ustedes. –Era Noah. –Y no pregunten nada más –dijo pasando a su lado. Por ellos no había problema.

Echaron a correr hacía la estación, había un último viaje a París a esa hora, lo sabía porque lo habían estado checando a últimas fechas pensando precisamente en eso. Al llegar, compraron los boletos con el dinero que tenían, que era el que Cecilé les había ido dando porque hasta eso les habían cortado y salieron al andén. Ahí en efecto, estaba El Inglés. Ya sabían que Abel no tomaría ese camino así que era el más seguro en ese momento porque todos estarían detrás de él. El Inglés pareció sorprendido de verlos así que Paulie se acercó hasta él.

–Nos vamos contigo –dijo Paulie con una sonrisa. El Inglés alzó una ceja y su expresión ceñuda no cambió.

–¿Ah si? –Preguntó.

–Si, a París –dijo Paulie y señalo los boletos, de hecho hasta llevaban el de él. Sólo esperaba no haber pagado uno de más, observó el boleto que tenía en la mano, decía Bruselas así que... estaba bien. –Y tú vas con nosotros –señaló.

A El Inglés le dio risa.

–Porque ahí está lo que viniste a buscar –dijo Noah detrás de Paulie. Al final el tipo rompió el boleto que tenía en las manos y lo miró. El tren estaba listo así que debían ir abordando.

Paulie se rezagó un poco, no se aguantó y tomó a Noah por un brazo.

–¿Y qué esta buscando? –Le preguntó.

–No tengo ni idea pero creo que él si –dijo su hermano con una mueca. Paulie no pudo evitar reír. Paulie subió al tren y se acomodó, miró a Marsella, sentía una especie de nudo en el estómago que M&M pudo haber desecho sin problema alguno, iba a París, y eso era lo que importaba.
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