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Alejandro

Hinnom

#Our father· Crepúsculo Rol




Para Tolola

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Para Tolola

Mensaje por Samuel Voight el Jue Jul 19, 2012 4:59 am

He aquí un fanfic que empecé a escribir hace bastante tiempo -en realidad, se trata del regalo de consolación por el amigo invisible fallido de Nena-. No es gran cosa; pero espero que te guste, Lofish.

Personajes que intervienen:

  • Tolola Hathaway
  • Molly Flynn
  • Cora Woodds.
  • ... y Claude Seberg.





« PARA TOLOLA »

Molly despegó sus enrrimeladas pestañas del periódico, clavó su aguda mirada en Lola, y dijo:

-Llegas tarde... – Sí, bueno, ése era un dato evidente.

Flashback: Cinco minutos antes.

Lola cruzaba desaforadamente Rosella Boulevard, corría como alma que lleva el diablo. Acababa de salir de su curso de cocina, pero se había entretenido más de la cuenta hablando con el chef Barnes acerca de las múltiples variantes de la preparación de la salsa de los macarrones a la rabiatta. Un diente de ajo, una mijilla de orégano, media guindilla y un toque de sal. Luego continuaron hablando del picante en general, del picante pasaron a México y de ahí terminaron prometiéndose tomar juntos unos chupitos de tequila. Cuando quiso darse cuenta, el tiempo que tenía preprogramado para coger el metro y llegar puntualmente a su puesto de trabajo se había esfumado. Literalmente. Por lo que se ve, tenían unas campanas extractoras muy eficientes.... Jajaja. Chiste de cocineros.

El caso es que la chiquilla se estaba dejando los pulmones en aquella maratón. Con cada bocanada de aire que cogía, parecía que le estaba bajando ácido por la faringe. Ya sentía esa molesta presión bajo las costillas, el flato, y por si esto fuera poco, unos goterones de sudor le resbalaban desde el inicio del cabello hasta las sienes. Llevaba demasiada ropa encima para el día tan caluroso que hacía, o igual es que el día era demasiado caluroso para tratarse de mediados de abril, también para tratarse de Hinnom’s Valley.

Era una tarde despejada, el sol en lo alto, el asfalto seco, el ambiente infestado de minúsculas motitas de polvo, como si se encontraran en el escenario de una película de vaqueros. Todo indicaba que era un día excepcional, un día raro, un día mágico. Por su parte, Lola avanzaba lo más rápido que le permitían sus enjutas piernas. En realidad, nunca fue una chica muy atlética. Y entonces... zarrapaplán, plan, plan.

De los carnosos labios de la rubia se escapó una maldición hacia el cielo. Dirigió una rápida mirada hacia atrás, lo justo y necesario para ver cómo el tacón de su zapato se había quedado atascado en una de las pequeñas hendiduras del respiradero del metro. Oh, qué molesto es cuando suceden esas cosas. Además, ¡qué asco! El pie de Lola pisando el suelo de la calle. Su rostro se contrajo en una mueca dividida entre el enfado, el cansancio y la repugnancia que le daba aquello. Regresó sobre sus pasos dispuesta a recuperarlo.

Molly’s Restaurant la esperaba en la esquina.

Fin del Flashback.

Tanteó con la mano la superficie de la encimera en busca de algún paño con el que secarse el sudor. Las mejillas de Tolola se encontraban encendidas. La curtida en años, Molly, reprimió una sonrisa mordiéndose parcialmente los labios.

-Permíteme, princesa –. Le arrebató el paño de las manos, acercándoselo después al porcelano cutis de su rostro con maternal delicadeza. Una vez hubo terminado, atrapó su mentón con la mano libre que le quedaba, obligándola a mirarla directamente a los ojos, sin darle opción de apartar la vista, sin darle opción de mentir –. Tengo que admitirlo, muchacha, te admiro. ¿Cómo puedes hacer tantas cosas? Dime, ¿te queda tiempo para disfrutar de tu juventud? – Lola pestañeó durante varios segundos anonadada, sin saber muy bien qué responder a esa pregunta. Al final, comenzó a asentir lentamente con la cabeza.

-Sí, señora. Disfruto yendo con mi familia a la Feria.

Molly entornó los ojos. Qué se podía hacer contra aquella contestación tan humilde, pero a la vez tan decepcionante. Soltó un hondo suspiro, sin duda, producido en parte por la mención a la feria y al recuerdo de cierto alguien que poseía una caseta allí.


-Bueno, al menos llevas puesto el uniforme – añadió, reparando en el aspecto de su blusa malmetida, su falda torcida, sus medias caídas y su delantal arrugado. La hizo ponerse inmediatamente de lado mientras arreglaba el estropicio. Por último le ciñó un poco más el delantal a la cintura -. Ah. Tienes razón, falta un detalle - le dijo a Lola, quien desde luego no había abierto la boca. De un brusco, aunque certero tirón, le desabrochó el primer botón del uniforme -. Perfecta – sentenció guiñando un ojo -. Ahora sal ahí y haz felices a mis clientes. - Lola a veces tenía la impresión de que Molly se comportaba como si fuese la madame de un burdel.

Aún sonriendo, salió de la cocina por una puerta abatible. Saludó brevemente a Cora, quien se encontraba sintonizando la radio en una esquina del local sin mucho éxito, y se posicionó detrás de la barra donde se puso a secar vasos limpios que, quizás, más tarde necesitaría. Miró en derredor el restaurante. Era extraño que estuviera tan vacío a primera hora de la tarde. Aunque con el día tan espléndido que estaba haciendo, incluso a ella le apetecería estar ahí fuera en alguna parte. Su mente divagó, trasladándola hasta el cristalino lago Erie, el cual aquella tarde tendría que estar atestado, atestado tanto de personas como de mosquitos.

Por fortuna, en Molly’s Restaurant siempre podían contar con lo que llamaban “clientes habituales”. Aquellos que venían día sí y día también, y que, por supuesto, dejaban generosas propinas por el buen trato que recibían. Esos eran personas como Keyra Killam, quien almorzaba allí todos los días laborables, dado que su taller se encontraba muy cerca del restaurante; Hellion Grape, hasta donde sabía era un viejo amigo de Molly, aunque por las miradas y los comentarios subidos de tono que intercambiaban Tolola pondría la mano en el fuego a que eran más que eso; Santino y Brooke...

Efectivamente, la persona que acaba de entrar al restaurante, no era sino otro de esos clientes predilectos de Molly’s.

-¡BUENOS DÍAS, SEÑORITA GUAPÍIIIIISIMAAA! – La voz del hombre retumbó en cristales y ventanas. Se quitó el sombrero nada más traspasar la puerta, dejando a la vista una reluciente calva adornada por una corona de lacios cabellos canosos. A continuación, fue acercándose hacia la joven Lola, ataviado con su impoluto traje de los años 50 de cuadros marrones y su paso renqueante –. ¡PÓNGAME LO DE SIEMPRE, HAGA EL FAVOR!

-Buenas tardes, Joe...

Joe era un adorable ancianito de casi 80 primaveras. Todo un clásico viviente con gafas de pasta modelo cristales de culo de vaso. Acudía allí todos los días puntualmente a tomar su tónica junto con lo que fuera que hubiese como menú del día. Joe gritaba en vez de hablar, porque había perdido por completo la audición del oído izquierdo en la Guerra de Vietnam, y estaba a mitad de camino de perder la del derecho. Así, cada vez que decía algo o alguien intentaba mantener una conversación con él, terminaban enterándose medio barrio. Decían que su mujer había muerto en sospechosas circunstancias, que desde entonces sólo vivía de su minúscula pensión de viudedad. No tenía ni hijos, ni más familiares cercanos. Su única dedicación parecía ser la artesanía. Le gustaba crear pequeñas figuritas en miniatura. Una vez le había regalado a Molly un piano negro de cola que cabía en la palma de la mano, y que, cuando abrías la tapa, se descubría una caja musical.

Lola regresó con un plato de filetes de pollo con patatas. Se lo dejó a Joe antes recoger su bandeja plateada e ir a limpiar algunas mesas que acababan de dejar vacías. En eso, experimentó aquel cosquilleo en la nuca que le producía su sentido arácnido cuando alguien o algo la estaban observando. Llevó inmediatamente su mirada hacia el umbral de la puerta, donde detectó una figura que parecía no decidirse a entrar o no. Se giró hacia ella enarcando las cejas.

-El cartel pone que está abierto – señaló al individuo. De hecho, el cartel lo había confeccionado la propia Lola. Estaba muy orgullosa de él. Era inconfundible su impecable caligrafía.

-Sí... Sólo es que... – El muchacho permaneció estático todavía indeciso. Se retorció las manos, mientras decía –: buscaba a Aurora Rowe.

Lola frunció los morros. Le había costado descifrar apenas aquel inglés, sin lugar a dudas, escupido desde los labios de un franco-parlante.

-¿Auro? – repitió, sólo para cerciorarse de haber entendido bien –. ¿Quién eres, su marido? – interrogó con una sonrisa curiosa y la bandeja aún bajo el brazo.

-No, no – negó al instante –, soy el primo de Neil.

-¿Y también estás casado?


-Non...


-Ah, guay. – Tolola asintió satisfecha –. Creía que era cosa de franceses el encontrar el amor tan pronto. – Soltó una risilla nerviosa, para luego dejar los ojos en blanco.

-Entonces, ¿está aquí? – insistió él, avanzando un paso adentro.

-Lo siento, pero no. Hoy libraba.

Ahora que el muchacho había entrado dentro del restaurante y que no lo veía a contraluz, Lola pudo fijarse mejor en su aspecto. Se trataba de un joven bastante atractivo. Alto. Poseía una tez pálida salpicada de pecas, facciones angulosas, barbilla afilada, labios extrañamente rojizos y carnosos, cabello muy oscuro, lacio y que se derramaba desde la frente hasta la altura de unos ojos azules como el hielo. Sin embargo, lo que más destacaba en él, era ese aspecto adormilado de quien se acaba de despertar de la siesta. Le vio llevarse una mano a la cabeza y rascarse con evidente desconcierto. Una bombilla imaginaria que se encontraba flotando a un metro de la cabeza de Lola, comenzó a parpadear. Era una situación de libro, perfecto caso para embaucación del cliente despistado.

-Pero... pero ¡quédate! – se apresuró a decir, acercándose con pasos danzarines al muchacho y tomándolo con toda confianza por el brazo –. Vamos, Auro no me perdonaría que no te invitara ni siquiera a un café. – Conforme hablaba lo fue arrastrando hasta la mesa más cercana, de aquéllas con sillones rojizos de dos plazas y pegadas al cristal. Solía ser un buen sitio, porque desde ahí podías entretenerte espiando a los viandantes mientras comías –. ¿Cómo lo quieres? –El cuerpo de él cayó sentado sobre el sillón gracias a un pequeño empujón por parte de Lola –.Vamos, invita la casa.

-Está bien... pues... no sé, tráeme un expreso – cedió, finalmente. En realidad a él no le gustaba cómo hacían el café en América; pero ahora no quería parecer descortés negándose.

-¿Nada más? –
retintineó. Lola le miró alzando las cejas con expectación –. Es que, no sé si te habrás dado cuenta, pero hoy estamos algo bajos de actividad por aquí. A la cocina no le vendría mal un pedido – le dijo bajando el tono de voz, y escondiendo su boca tras una mano con el fin de que sólo él la escuchase –. ¿No tienes hambre? ¿No? Seguro que sí. ¿Has visto nuestra fabulosa carta? – Lola se sacó una pequeña libretita, junto con un bolígrafo azul, del bolsillo de su blusa.

El chico comenzó a reírse entredientes con un deje perruno. Alargó el brazo hasta alcanzar la carta en el otro extremo de la mesa, vigilando por el rabillo del ojo a la camarera.

-Se te ve un poco désespérée.

-Bueno, de alguna forma tengo que mantener a mi familia –
admitió, con la cabeza en alto, los ojos chispeantes y el rictus imperturbable.

-Oh, me rompes el corazón... – De pronto, Claude pareció un poco más espabilado. Todo intento de sonar desafiante había quedado anulado por su cómico acento francés. Quizás no lo reconociera, pero Lola acababa de captar su atención. Escondió su rostro tras las ofertas de platos combinados de Molly’s Restaurant...

-Entonces, te doy el mío. – ... e inmediatamente, resurgió para devolverle a la rubia una mirada divertida –. ¿Qué pasa? – preguntó ella –. No te quejarás del servicio.

Claude esbozó una sonrisa.

-Tráeme lo mismo – dijo, señalando con el pulgar al viejo Joe, que parecía disfrutar con su pedido.

-Maarchando. –
Lola giró sobre sus talones, dando media vuelta y enarbolando su bolígrafo hacia la cocina.

Minutos más tarde, Lola sirvió el combinado a su apuesto cliente. Claro que no contenta con haberlo convencido de mala manera para que hiciera una consumición, se encaramó en el asiento de enfrente observándolo de manera casi intrusiva. A su alrededor, Cora había logrado sintonizar una cadena con música de los 80; Molly movía los pies al ritmo, mientras se manejaba con las sartenes sobre los fogones. De fondo también se oía zumbar una chatarra de ventilador. La luz era cálida, entraba a través del ventanal arrancando dorados destellos al cabello de la camarera. Claude, cohibido, fijó la mirada en su humeante filete y clavó sus cubiertos en él.

-¿Está bueno?

-Oui – Habló tras la servilleta.

-Es un clásico del restaurante. He intentado convencer a Molly mil veces de que debería innovar la carta, y mil veces me responde que por qué tendría que cambiar algo que ya funciona. Aunque, a veces también añade: “y cállate ya, que no te pago para opinar sobre mi negocio”.

-Te entiendo. Yo tampoco llevaba bien lo de tener jefe.

-Ah, no me digas. ¿En qué trabajabas?

-Pinche de cocina, pero metía tanto la pata que la mayor parte del tiempo era el lavaplatos – Lola soltó una cruel carcajada –. Ahora soy cheff. – No hubo mucho orgullo en sus palabras, pues era sólo el mero cocinero de un pub irlandés. Los fish & chips y las hamburguesas no suponían ningún reto para él.

-Cheff – repite extasiada –. Ése es mi sueño. Convertirme en famosa y abrir mi propia cadena de restaurantes.

-¡Ja! Pues, señorita, me parece que quedándose en Babia y de cháchara con los clientes no lo va a conseguir... – Efectivamente, cuando Tolola se giró sobresaltada, encontró a Molly detrás de ella, quien permanecía quieta y observándola con una mirada de desaprobación. Soltó una risilla nerviosa, e inmediatamente se levantó y marchó a las cocinas con su paso danzarín. Molly no le quitó ojo de encima hasta que no desapareció por detrás de la cascada que provocó la cortina de cuentas. Luego, se cruzó los brazos debajo del pecho y aguijoneó al comensal francés con la mirada, a pesar de que éste estaba más entretenido garabateando algo en una servilleta del restaurante.

Una vez hubo terminado, se la tendió a Molly.

-Podrías darle esto a...

-Tolola – completó Molly con sequedad.

-Para Tolola, s'il vous plaîtY dicho esto, dejó los cubiertos sobre el plato y se marchó. Mas en la servilleta que Molly colgó en ese perchero que da vueltas, y vueltas, donde suelen poner los apuntes de los pedidos, aún se podía leer :

« Si quieres cumplir tu sueño, ¡despierta !
Esta noche, en The Barking Spider. »



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Re: Para Tolola

Mensaje por Lola Hathaway el Jue Jul 19, 2012 5:51 am

-se hace fan-
Jo, ya te lo he dicho todo por MSN pero asfghjkl *O*
Me ha encantado, ha sido el mejor regalo con retraso del mundo *-* YYYYYY... Ben, dale el banner de mejor regalo a Sam D: JAJAJA, no podeis compartirlo(?) LOL
Ahora en serio, me he reído mucho con la situación, super cómica y jo, ahora shippeo el Lola&Claude JAJAJAJA. Por cierto: Molly, tirana! D: Como la amo <3
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