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Ni el héroe ni el villano, simplemente el soldado que muere para daros la gloria.

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Ni el héroe ni el villano, simplemente el soldado que muere para daros la gloria.

Mensaje por Anthony Dyvoon el Sáb Nov 19, 2011 2:50 pm



La batalla había comenzado finalmente. Los hombres avanzaban enarbolando sus armas, además del arma que ya suponía su propio grito de guerra. Era un ambiente ensordecedor, y más aún, estaba el hedor... ese intenso hedor a muerte que comenzaba a entrar por las fosas nasales y se instalaba como un gran peso en el estomago. Entre una de las tropas de estos dos bandos, había un chico... un chico joven de no más de catorce o quince años. Ya enarbolaba su espada con orgullo, persiguiendo su sueño de gloria a pesar de haber sigo obligado a esta absurda guerra. En sus ojos se podía percibir la determinación, el inquebrantable deseo de salir vivo de una batalla mas, donde la sangre se derramaría en tales cantidades que formarían ríos en tierra donde no había agua. El corría, corría sin parar y sabía que retroceder supondría la muerte. El quería su parte de gloria, un humilde hijo de curtidores que quería alzarse por fin con algún trofeo en su vida. Había nacido para no brillar desde un principio y por muy limpio que estuviese jamás podría hacerlo. Era uno más, peón en un juego de poder. El no era idiota, sabía que estaba en un simple tablero, enviado a la batalla mientras otros se enzarzaban en otro tipo de batalla, una de estrategia. Estos eran los que enviaban soldados a morir mientras estaban cómodos, sentados, en un trono adecuadamente mullido. Escuchó el silbido de las flechas que comenzaban a causar bajas entre sus filas. Compañeros, y desconocidos ¿que más daba? era una guerra. Una le alcanzó en el hombro, dejando que un quejido escapase de sus labios, y paró tres más con el escudo que sostenía en su brazo derecho. El choque inevitable había comenzado. El metal contra el metal, escudos que paraban espadas, cuerpos que eran atravesados sin piedad por estas. Miembros cercenados, cabezas que rodaban y sangre, sobre todo sangre. La tierra antes seca ahora se había humedecido rápidamente. El humilde muchacho esgrimía su espada con sorprendente habilidad, no tenía mucha experiencia con ella pero poseía un don natural. Un respiro y una estocada, impredecible hasta el fin. No había patrón alguno y carecía de un estilo de esgrima. A pesar de esto sus estocadas fueron precisas y mortíferas para todos los que se cruzaron en su camino.

Guerreros con hachas, con lanzas, con espadas y escudos. Cuando su espada centelleaba una vida se extinguía en el mundo, parecía una ley universal que hubiese emergido de la nada, hecha por una espada y una mano hábil que la empuñaba. Se sentía vivo en aquel campo de batalla que poco a poco se teñía de sangre. Un hombre, dos hombres, tres hombres, todos morían cada vez que su espada comenzaba la letal danza. Todo era caos allí donde sus ojos mirasen. Hombres matando hombres. Una guerra era eso, caos y destrucción para que unos pocos pudiesen gozar de más riqueza, de más poder, de un cargo más alto. ¿Cuál era el premio de aquel muchacho? Simplemente salir con vida de una disputa que poco le importaba. Su escudo paró la trayectoria de un hacha, la cual pretendía cercenar su cabeza como seguramente ya había hecho con unas cuantas más. Una floritura, un fulgor carmesí y de nuevo otro soldado que moría por su desgastada espada.- La vida es mi premio – pensó para sí el muchacho de cabellos negros. Poco a poco su forma iba quedando más clara, una forma que parecía hacerse más grande a medida que más vidas se cobraba. Pelo negro, ojos verdes con motas de caramelo, nariz de punta redondeada y labios finos. No era alguien bello aunque tampoco fuese feo.

La batalla avanzaba y la situación cada vez era peor para su bando. El chico no sabría decir cuánto tiempo había luchado, bien podrían ser minutos u horas ¿Importaba acaso? Su vieja armadura de cuero había sido completamente teñida del carmesí de la sangre, la mano de la espada había comenzado a fallarle, su arma temblaba y los enemigos no dejaban de aparecer. Sin saber cuándo ni cómo, pronto estuvo rodeado de más enemigos que de amigos. Su decisión a pesar de todo era inquebrantable: saldría de aquella batalla con vida y por ello enarbolaría su espada, cortaría miembros y atravesaría petos. La cuestión era arrebatar vidas para no perder la suya. Tenía heridas en el costado derecho, el brazo del escudo ya no le respondía, por una estocada que había recibido en él, ahora su peto estaba teñido por sangre suya igual que por la de sus enemigos. La cabeza decía que huyera, su corazón decía que huyera, pero su cuerpo ya no conseguía responder a ninguna de esas órdenes. Estaba agotado, no le quedaban fuerzas y sin embargo un nuevo enemigo aparecía para encararlo en la batalla. El procedió, su espada paro los golpes que intentaban llegar a su cuerpo, el tañido del metal contra el metal había comenzado a entonar la dulce melodía de la muerte. Su velocidad ya no era la misma, había matado demasiado, se había enfrentado a demasiados y la pérdida de sangre había hecho mella en sus reflejos. Una estocada comenzó con su alarido agonía, esta le había cortado el brazo a la altura del codo. Otra estocada venía hacia él ¿Cómo la iba a parar? ¿Cómo?, intento que el brazo del escudo respondiera pero fue inútil. No había nada que hacer, solo quedaba que el golpe alcanzase su quebrado cuerpo. Una espada encajada adornaba ahora su pecho, la sangre salía a borbotones y apenas le podían quedar segundos de vida. Ya notaba el frío abrazo de la muerte. El mundo se oscureció, no había nada, no había dios, no había cielo ni infierno, no había paraíso. El abismo lo consumió, de lo que él fue ya no quedaba nada, un peón que no sería recordado en una guerra de estrategia, un juego de tronos que se llevaba cientos de vidas que jamás tendrían el honor de ser recordados, porque ellos ganaban las guerras pero no se les coronaba ni hacían estatuas, eran peones y nada más. El joven yacía ahora de rodillas en el suelo, alguien había acabado con el que le dio muerte antes de que este le arrancase la espada del pecho. Estaba muerto y de rodillas, los ojos sin vida miraban tristes el suelo, ojos que ya no veían.
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Re: Ni el héroe ni el villano, simplemente el soldado que muere para daros la gloria.

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 19, 2011 4:04 pm

Lo he vivido y yo quería que muriera T.T
Me gustó... dentro de lo tétrico y demás claro, yo soy más de finales felices no de muertes agonicas... pero eso no quiere decir que no aprecie tu arte escribiendo. Me gustó mucho enserio.
Un abrazo sielito lindoooo!! (cantando mientras rie)
Nos vemos On-rol o en el CB, seguramente lo segundo suceda antes
Paz hermano (hace el simbolo de la paz)

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