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Just a little bit

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Just a little bit

Mensaje por Paul Bjurman el Miér Feb 15, 2012 8:43 pm

Martes 14 de Febrero, 2012
16:50 hrs, 4ºC, despejado.


Alguien muy sabio dijo una vez: “A las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas”. Es más inteligente todavía decir que no hay ni que acercárseles. Víboras, manipuladoras, y si no es a la manera de ellas, no es. Bleh. En momentos como este entiendo el porqué de la homosexualidad. Por otro lado, ojalá Maddie sea niña para siempre, porque si ahora es todo lo que acabo de describir, al menos lo hace de una manera tan sutil y encantadora que no me quedan ni ganas de quejarme, ni de darme cuenta.

Y, de todos modos, no sabría decir si me resulta más difícil tratar de entender a Penny, o tratar de quererla. A veces, simplemente, los sentimientos fluyen y las cosas resultan perfectas. Las otras veces, lo que fluye es una discusión idiota y terminamos en caos. Aunque… supongo que la amo demasiado como para que, al final, siempre termine haciendo lo que ella me pidió que hiciera.

Por lo mismo es que ahora mis pasos iban camino a la florería más cercana. “¡Es San Valentín! ¡¿Cómo se te olvido?!” Dijo ella, y después reclamó que ni por mi hija hacía un esfuerzo. Casi deseé que no haber salido más temprano del trabajo. Deseé haber sabido por qué salía más temprano del trabajo. Deseé que en la florería vendiesen chocolates también.

El local estaba repleto, y suerte que había decidido ir yo mismo a por las flores en lugar de encargarlas por teléfono, porque de otro modo hubiesen llegado a casa para la siguiente navidad. Encima, ahí no tenían chocolates. Nada que hacer, más que armarse de paciencia y ponerse a la fila. De todos modos, se sentía bien no ser el único haciendo las cosas a último minuto.


Off: Creo que los rayos UV terminaron de matar mis neuronas :l
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Re: Just a little bit

Mensaje por Robin Hannigan el Sáb Feb 18, 2012 8:17 am

Lo que le gustaba del día de San Valentín es que se teñía de blanco, rosa y rojo, de un aroma a chocolate y flores, de miradas brillantes. Sonaba tonto pero era de esas personas que creía en el 14 de febrero y en lo que significaba para muchos, aún cuando no lo hubiera experimentado en la forma tan romántica como se plasmaba en las películas. Recordaba que su primer obsequio individual, y no producto de un intercambio, sucedió en el hospital. Un enfermero se lo dio, un pequeño peluche de un gato, aún lo tenía encaramado a una repisa como un felino de verdad que dormitaba entre sus libros.

-Señorita, un ramo de rosas -le pidió un sujeto y despertó de sus memorias. Se hallaba en la tienda de su madre, ayudándola a atender e inclusive Arnold -que deseo marcharse con su novia- tenía que hacer de repartidor. Habían abierto una hora antes y desde entonces ya tenían gente esperándolas pues había muchos oficinistas que olvidaron por completo ese día.

Robin sonrió al cliente y lo atendió, tenían varios preparados de antemano y cuidadosamente guardados en los refrigeradores para que las flores se conservaran más tiempo. La mañana transcurrió así, acomodando intrincados arreglados, tarjetas con mensajes cariñosos y globos con figuras de corazones. Robin estaba muy lejos de ser una experta en el arte con flores pero acomodar un ramo no requería de una ciencia demasiado extensa.

El siguiente cliente, un chico moreno le recordó vagamente a alguien de su pasado, a un chico que le gustaba muchisimo cuando era una adolescente sobrehormonada. Lo increíble fue descubrir que aún se sonrojaba cuando pensaba en él, y eso mismo le ocurrió en ese momento. Miró al muchacho con una sonrisa afable.

-¿Qué deseas? -Le preguntó -tenemos adornos sencillos, canastas adornadas con globos o peluche... -iba a nombrar los chocolates pero lo que ocurría con ellos era más simple, se habían terminado hacía dos horas -... orquídeas en cajas -lo miró tratando de adivinar que clase de flor buscaría.


U. Aplica RCP de inmediato en las neuronas.
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Re: Just a little bit

Mensaje por Paul Bjurman el Mar Mar 06, 2012 11:34 am

Off: Tu sabes, las estrellas siempre llegamos al final(?)

No le gustaba estar ahí. En definitiva, hubiese preferido tener que mantenerse ocupado en cualquier otra tarea, por difícil e interminable que fuese, antes de verse obligado a esperar. A seguir una fila, a tragarse una cantidad impresionante de comentarios carentes de inteligencia —y eso que Paul no podía estar más lejos de ser un erudito— sin poder golpear, para hacerles entrar en razón, a ninguno de los idiotas que había abierto la boca; ni siquiera era capaz de cubrirse los oídos para poder pretender estar en otra parte. Las canciones melosas que acompañaban su estancia en la florería estaban a punto de ponerle enfermo, y el olor dulzón de los arreglos con jazmines que había por ahí cerca parecía traspasarle, calándole los pulmones y llevándose su apetito. Se sentía sofocado, ahí en el pequeño local, anhelando el encuentro de un espacio abierto, uno cercado solamente por el cielo sobre su cabeza y el suelo bajo sus pies. Deseaba sentir el aire, cargado de aquella frescura refrescante que significaba estar en invierno, y quería correr hasta agotarse, cayendo rendido al resguardo de la naturaleza, de la tierra que le había dado vida. Luego de aquel respiro, encontraría paz.

Su instinto animal. No el bruto, sino el puro, el noble, el sincero. ¿Qué hacía despierto? El plenilunio había sido exactamente una semana atrás, y cuando aquel alma hermana viviendo en su interior le había reclamado, Paul se había entregado y había hecho exactamente lo que la luna y el animal requirieron de él. Usualmente, ahora su ser habría de estar en calma, en plena posesión de sus facultades, gozando de nueva energía. No sintiéndose bestia enjaulada, confuso, agresivo. Algo le inquietaba. Presentía un cambio, pero parecía estar demasiado ciego para darse cuenta de lo que se avecinaba.

La consciencia sobre su entorno, el lugar en el que estaba, y para qué; regresó demasiado rápida, incluso cruel. Justo para oír una cortés despedida —que ni siquiera había sido concebida para él, pero que de todos parecía susurrar en cada rincón de su cabeza, contando cada vez un mensaje diferente, algo que, de algún modo, ya había oído antes—. Hasta luego, que tenga buen día, rezaba la voz; la más dulce y melodiosa que escuchó jamás. Se sentía llamado a huir, una promesa de que no habrían compromisos ni corazones rotos si se alejaba a tiempo. Pero Paul se quedó clavado al suelo, aplastado por el peso de algo más grande de lo que él podría manejar alguna vez.

El hombre adelante de él se dio la vuelta y salió del local cargando con un ramo de flores y unos cuantos globos, pero Paul apenas reparó en él. Con suerte alcanzó a dar un paso para llegar al mostrador antes de terminar de perderse con la visión frente a sus ojos. Era ella, la sentía en cada fibra de su ser: desde las puntas de su cabello hasta las de los pies. ¿Y quién si no? Porque la conocía desde el inicio de los tiempos y sabía que cada vez que se encontrasen, entre una vida y otra, se abriría ante ellos un camino mucho más hermoso del que habría para cualquier otro ser en el universo. Una relación más profunda, eterna y sincera que la que compartiría cualquier otra pareja, en este mundo o en el otro.

Quiso hablar, decirle algo, dar rienda suelta a ese sentimiento que amenazaba con destrozarle por dentro. Tomarla entre sus brazos y hacerle saber que, desde ahora en adelante, jamás tendría que andar sola, jamás habría de preocuparse de nuevo, y que cualquier sombra que desease cernirse sobre ella, antes debería pasar por sobre el cuerpo inerte de él.

Se estiró para alcanzarla, cogiéndola como si se tratase de un tesoro demasiado frágil como para tratar con él a la ligera. La ansiedad le devoraba, pero se obligó a mantener la calma y la delicadeza; no fuera a hacer algo que la asustase y la separase de él para siempre. Besó sus mejillas, cálidas bajo el rubor que las volvía irresistibles. Deslizó los dedos por su cabello reluciente, sedoso, maravillándose de que alguien hubiese concebido un criatura tan perfecta, y que tal princesa estuviese destinada para él. Le dedicó su corazón y se entregó a ella con promesas de amor eterno; pero antes de llegar a sellarlas uniendo sus labios, se le nublaron los ojos, perdidos como estaban en una visión fuera del alcance del resto de las miradas. Súbitamente aquel escenario cambió, y donde antes hubo una chica, ahora no quedaba ni rastro de su perfume, ni del lugar en donde trabajaba, ni de las sensaciones que hasta hace un segundo les habían embargado a ambos. Estaba solo; vacío.

“Ella irrumpió en el salón como un torbellino; una mancha borrosa en la que con suerte alcanzabas a distinguir un revoltijo de bucles castaños, el brillo deslumbrante en sus ojos y la gracia de una sonrisa. La chica vadeó con facilidad la serie de obstáculos que la separaban de la figura acomodada en el sofá y se dejó caer en el suelo, sentándose con las piernas cruzadas, soltando un suspiro exagerado, para terminar de llamar la atención del anciano que tenía en frente. El viejo se había enterado de su llegada aún antes de que ella atravesase la puerta, pero de todos modos le gustaba hacerse de rogar. Pasó un tiempo antes de que él apartase su mirada de la ventana para posarla lentamente sobre el rostro expectante de la joven. Unas cejas canas y pobladas se alzaron con sorpresa, trazando una miríada de nuevos surcos en el rostro del hombre. Robin jamás había sido la chica ruidosa, incontenible y atarantada que ahora tenía en frente.

Antes de arriesgarse a recibir cualquier comentario desagradable —porque su abuelo tenía fama de gruñón aún en sus años mozos—, ella se apresuró a hablar. —Ay, abuelo, ¡apuesto a que no te imaginas lo que ha ocurrido hoy!— Sonrió, conteniendo otro suspiro, pero se le escapó el rubor en sus mejillas. Un tanto avergonzada, desvió su mirada, lejos del escrutinio del anciano, y se entretuvo enredando sus dedos en el pelaje del gato que había venido a acurrucarse en sus piernas.

Tanta era la emoción contenida en la voz de la muchacha, que a Paul podría habérsele revuelto el estómago. Una nueva arruga destacó en su frente al momento de fruncir el ceño, al tratar de descubrir lo que ella ocultaba en sus ojos; pero más allá de eso, el viejo apenas si se esforzó en pensar una respuesta, aunque sí fingió hacerlo. Al hablar, lo hizo arrastrando las palabras. —Pues, he estado todo el día con un ojo en el televisor y no hubo ningún partido, así que no se me ocurre qué pudo haber sido— Robin alzó la vista sólo para encontrarse con la sonrisa socarrona que seguía al comentario de Paul. Ella hizo un sonido como de resignación y ambos volvieron a sumirse en el silencio. Si Paul esperaba oír un relato sobre cómo habían rescatado a un animalejo de las ramas de un árbol, o con la descripción del vestido perfecto; es que no conocía en nada a su nieta.

Lo que recibió en respuesta fue algo monumentalmente distinto: una pregunta, hecha de igual a igual con voz titubeante mientras ella clavaba sus profundos ojos en los de su abuelo, que a esas alturas, cumplía una función algo así como de diario de vida. —¿Alguna vez, sentiste que tu vida entera cobraba sentido en apenas un segundo? En el preciso instante en que...— Se interrumpió bruscamente y cambió sus palabras, contestándose a sí misma, porque con lo que acababa de revelar era suficiente. —Yo creo que no. Eso es lo que dice Maddie, porque te separaste de su madre; y eso jamás lo perdonó. Y pienso que tiene razón.—A pesar de la dureza de las palabras, no había en esa frase reproche alguno. Si Robin nunca había sido inquieta, desde siempre que hablaba con una franqueza devastadora.

En realidad, Paul y Robin no eran abuelo y nieta, como pretendían ser frente al resto del mundo. Lo cierto es que habían varias generaciones de por medio, y como nadie se acostumbraría a tratar con tátara-tátara-quién-sabe-qué, pues utilizaban aquellas denominaciones más simples. El anciano tensó su mandíbula y se concentró en acompasar su respiración, llevándola a un ritmo en la que apenas era audible. Aquella jovencita de ojos brillantes era sin duda, su favorita. Y cómo no serlo, si desde recién nacida que había hecho gala de unas virtudes ahora difíciles de encontrar en cualquier otra persona. Y más cuando, apenas hace unos meses, Robin se había incorporado a la manada de la ciudad, soportando su primera transformación de una manera nada menos que estoicamente espectacular. La chica era reticente a mostrar cualquier signo de debilidad, y Paul no podía estar más orgulloso de ella. Pero ahora, si la pequeña realmente había encontrado a su otra mitad, todas las cosas podían cambiar; puesto que la estrella polar que había guiado los pasos de su niña durante sus quince años de vida, acababa de cambiar. Ya no era más un ideal, una meta, un deseo de ver las cosas bien resueltas. Ahora era un hombre. Seguro sería algún alfeñique incapaz de protegerla como corresponde, pero ella se aferraría a él con garras y dientes si es que hacía falta. Se notaba en sus ojos, que reflejaban la misma mirada de Paul la primera vez que vio a su delfa.

El anciano pasó tanto tiempo en silencio, como amenazado por sus pensamientos, que la chica comenzó a arrepentirse de sus palabras. Trataba de encontrar una disculpa cuando su abuelo volvió a hablar, con una sombra de sonrisa en sus labios. —¿Qué opinas del amor, jovencita?— Aquello dejó muda a Robin. Se hubiese esperado algún comentario hiriente, un reclamo, algo del estilo "¿ y qué es lo que sabes tú, pequeña tal por cual?". Eso Robin podría haberlo contestado con facilidad. Pero Paul veía la dicha que le deparaba el camino a su nieta de ahora en adelante, y no tuvo nada que objetar. En cambio, si que podía ofrecer una especie de consejo. Más o menos.

La chica se tomó su tiempo para responder, y cuando lo hizo, las palabras sonaron sensatas a oídos de Paul. —Pues, que nadie debería vivir sin él. Y no me refiero al amor de pareja, sino a ese sentimiento más simple, el que te pone contento al saber que el otro también lo está. Eso que hace que te preocupes por el otro, que te importe más que cualquier otra cosa. Es… maravilloso, no sé, parece mágico.

El anciano asintió, pareciendo satisfecho, aunque su opinión distaba bastante de la de la joven, puesto que él carecía del corazón, de la bondad, sinceridad y la capacidad de amar de su nieta. Quizás también era menos ingenuo y más complicado. Robin sonrió tímidamente y prestó atención a la siguiente pregunta de su abuelo. —¿Y sobre el alma?—. Esta vez ella se lo pensó menos, y respondió con más seguridad: —Es intangible y se encuentra dentro de nosotros, es como la moral un poco, pienso. Y todos tenemos alma, que es lo bueno de nosotros, y cuando haces algo malo, pues una parte de esa alma se rasga; creo que eso es lo que nos hace humanos. Cuando morimos el alma se va al cielo, y si regresa es porque tienen que decir algo, o se han perdido.—Parecía muy segura sobre lo que decía. Pero antes de averiguar por qué él hacía todas esas preguntas, Paul intervino otra vez.

—Yo creo que, después de un tiempo, el alma renace, encontrando un nuevo cuerpo, un propósito distinto. Pero además, tengo la impresión de que, hay veces en que, si tienes suerte, por así decirlo, en algún momento se te permite recordar todas, o parte, de las experiencias que tu alma ya llevaba encima.— Guardó silencio, tratando de ordenar las ideas en su cabeza. Su nieta le miraba con curiosidad, preguntándose cómo es que Paul conseguía tales teorías. Él no tenía ninguna explicación sustentable, ningún razonamiento lógico al respecto. Sólo su propia experiencia. —¿Quieres oír una historia, Robin?— Y como aquellas oportunidades eran escasas, la chica accedió y se acomodó mejor, pues veía que aquello tomaría tiempo.

«Comencemos con un jovencito. Un chico modesto; centrado, sin mucha suerte para sus asuntos. Un simplón, como diría la gente que no sabe; que con lo único que contaba era con un correctísimo sentido del deber, y con una estupenda fuerza de voluntad. Era perseverante, y en cada tarea daba su mejor esfuerzo, pues para él no podía haber otra opción. Cargaba con un gran peso encima, para ser tan joven. Con apenas diez años tenía claro que él y su hermano —dos años mayor— estaban ahora a cargo de su familia; la madre y las dos hermanitas. Apenas amanecía estaba listo para comenzar su jornada, y trabajaba hasta que las luces de los faroles se lo permitían; todo por conseguir una mísera cantidad de dinero, que apenas garantizaría la comida del día siguiente. Pero iban arreglándoselas. Su hermano consiguió trabajo en la casa de uno de los grandes terratenientes, y aunque tuvo que dejar a su familia unas temporadas, aquel dinero facilitó mucho las cosas para los que se quedaron. Este jovencito, Fintan, encontró su lugar como aprendiz de un herrero; el mejor en todo su continente y al cabo de unos años, Fintan tenía una fama parecida.

Pareciera ser que el valor, el esfuerzo y el sacrificio son la clave para terminar bien las historias de los protagonistas, ¿sabes? Porque lo que ocurrió con nuestro personaje y su familia fue más o menos así: uno de esos finales tan buenos que la historia entera parece un fiasco, después de haberlo pasado tan mal. Fintan conoció a una jovencita un par de años menor que él, y apenas intercambió unas cuantas palabras con ella, descubrió que la amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo. Y algo más fantástico todavía: ella sentía lo mismo por él. Así que sin perder el tiempo, se prometieron en matrimonio, dispuestos a casarse en cuanto reuniesen el dinero suficiente. Fueron años felices, y tuvieron unos cuantos hijos que podrían aprender el oficio del padre apenas tuviesen la edad suficiente. Pero él falleció unos años antes de terminar de enseñar a sus chicos, y pareció que la historia volvería a repetirse.»

Paul se encogió de hombros y carraspeó antes de poder continuar.

«Hay otros hombres a quienes se les bendice aún antes de su nacimiento. Niños que todavía no han alcanzado la madurez suficiente para comprender qué es lo que se espera de ellos, pero que de todos modos saben que están destinados a grandes cosas. Coll era uno de ellos; un tipo audaz, encantador. El tipo de persona que te ofrece diez soluciones diferentes para cada problema y está siempre ansioso por ayudar. Era un joven con tantas capacidades y virtudes que se lo atribuían a que era descendiente directo de los dioses —ten en cuenta que esto ocurrió antes de que el cristianismo terminara de desplazar el resto de religiones—. Y su destino, cómo no, estaba claro desde un principio: Heredaría las tierras de su padre, a pesar de no ser el primogénito, y terminaría de convertirse en uno de los mejores líderes que jamás vio la gente. No podía ser de otra manera, y Coll estaba seguro de ello; aunque en su interior sabía que aceptaba por deber y no porque realmente se sintiese llamado a hacerlo. Pero era lo que se esperaba de él, y eso sería justamente lo que haría. ¿Me creerías si te digo que este hombre es el mismo de antes, Fintan, ahora recompensado con todo lo que siempre soñó? Su vida anterior le costeó esta nueva existencia, acorde a lo que se consideraba necesario para hacer la felicidad de un ser humano. Pero Coll siempre se sintió desgarrado, como si le faltase un órgano vital. Le faltaba, quizás, algo que había conocido antes pero que no había vuelto a encontrar.

Se le presentó una pequeñísima oportunidad, de navegar en busca de nuevas tierras, de conocer el resto del mundo. No podía dejarla escapar. Pero tampoco era un insensato; así que se aseguró de que todo lo que habría podido ser su futuro en esas tierras quedase en buenas manos. Y gracias al cielo que Coll era rico en hermanos, porque así podía zarpar en paz. Si te contara todas las aventuras que vivió, te harías vieja igual que yo antes de terminar de escuchar, y aun así quedarían cuentos para hacer dormir a tus hijos. Pero lo que importa aquí es esto: Su vida entera la pasó en el mar, en barcos del origen que quieras imaginar, a veces de capitán, a veces como remero, o a veces de polisón. Daba lo mismo, porque lo que a él buscaba era la aventura. Adoraba la manera en que el océano parecía prometerle aquello que a él le faltaba, aunque nunca encontraba nada. Pero tampoco perdía la esperanza. Años después, anciano, con el rostro arrugado y el cabello cano, seguía adentrándose en el océano como cuando tenía veinte. Algo le llamaba, sin duda. ¿Y sabes? Nadie sabe lo que ocurrió con él. Desapareció; así de simple. Algunos dicen que lo vieron saltar por la borda para adentrarse en las profundidades. Otros dicen que de vez en cuando puede vérsele nadando con criaturas de colas plateadas, mitad humanas. Yo sólo sé que Coll si encontró a su dama. En el fondo del par pero su dama al fin y al cabo.»

Y después de ellos dos, vinieron otros cuantos más. Paul tenía bastante que contar, al parecer. Historias tristes, historias para reír. Con finales felices, o con finales trágicos. Aparentemente todas diferentes, pero en el fondo todos se referían al encuentro entre dos espíritus a estar juntas, sin importar la forma o situación que sus cuerpos tuviesen. Un caballero y una sirvienta. La Dama del palacio y su perrito —que mordía los dedos de todo aquel que quisiese hacerse el simpático para impresionar a la señora—. Un par de jóvenes guerreros, o dos niñas correteando por el jardín. Y lo que uno pudiese imaginarse. A lo largo de toda la historia uno podía aprender lo mejor y lo peor de las actitudes de la gente; las diferentes cosas que uno puede llegar a hacer por amar a alguien. Por fin, Paul terminó sus relatos y guardó silencio, con el ceño fruncido y la mirada perdida. Robin también se quedó callada; sabía que faltaba algo, así que esperó.

—La... La última vez es la más complicada. Él parecía carecer de las virtudes que su espíritu había cargado orgullosamente décadas antes, pero era decidido y tenía su vida finalmente bajo control. Su camino no estaba exento de errores, pero hasta entonces llevaba bastante bien la tarea de remedar sus propios entuertos, y algunos más. No era el más valeroso de su generación, pero de todos modos le escogieron a él para poner en sus brazos una de las criaturas más perfectas. Su pequeña hijita. Significó todo para él, sin duda, y por ella se prometió hacer las cosas mejor que nunca. Tenía las cosas claras... —Pareció flaquearle la voz al anciano. Pero su nieta estaba lista para ayudarle. Después de todo ese rato escuchando, ya había entendido el patrón en que se desarrollaba la historia.

—Todo iba perfecto hasta que se encontró con la mujer de su corazón; esa que, apenas verla, supo que pertenecería a ella el resto de su vida. Es tal como las veces anteriores, cuando fue Fintan, Coll y los demás; aunque con la sutil diferencia de que ahora nuestro hombre carga con una responsabilidad mayor todavía. Una hija. Dime, abuelo, ¿él estaba casado?— Dijo Robin, con un aire de sabiduría que hubiera podido molestar a unas cuantas personas, pero Paul agradeció esa ayuda.

Él negó lentamente con la cabeza. —No. Pero sí planeaba un futuro con la madre de su bebé, pues al fin y al cabo, la amaba. Entonces, creyó que podía hacer caso omiso de su necesidad de esta nueva chica, para conservar sano y salvo lo que tenía. Trató de alejarse, y por un tiempo las cosas funcionaron como debían, aparentemente. Pero él se equivocaba. Jamás fue capaz de apartar las imágenes de su doncella, por mucho que él se llenara de cosas por hacer, trabajos, actividades que requiriesen de toda su concentración. Ella siempre estaba ahí, acompañándole, dedicándole sonrisas dulces, sosteniéndole en momentos de debilidad. Todo eso ocurría en su mente, por supuesto, pero sentía reales cada uno de esos pequeños detalles. ¿Qué otra cosa podía hacer? Moriría, consumido por su deseo de amor, y tratando de fingir que todo estaba bien, convirtiéndose cada día en un ser menos humano, más inútil.

Pero claro, él no era el único afectado por la situación, sino que todos a su alrededor. Nadie debería convivir con una persona en ese estado, pues a nadie le sirve alguien que no termina de concentrarse, ni de hacer las cosas bien.

Tú... Tú sabes cómo funcionan las cosas entre dos razas que son enemigas naturales, ¿verdad? La existencia de uno es simplemente inconcebible para el otro, y de ahí que se desencadene una guerra milenaria, una en donde la meta no es la expansión territorial, ni los bienes materiales, ni el favor de una dama, ni el sometimiento de tu oponente a tus leyes. No es ninguno de los motivos que haya impulsado cualquiera de las guerras anteriores. Aquí lo que se quiere, es ver limpio el mundo de la escoria que constituye tu rival. Una exterminación.—
Su nieta asintió con solemnidad, y compartieron unos instantes de silencio, que Paul utilizó para tratar de hallar la mejor manera de terminar su relato.

—Este hombre era uno de los nuestros, Robin, y eso explica en parte la intensidad de sus sentimientos. Aquella chica era su delfa, y él se había estado comportando como idiota al tratar de negarlo. Como no había caso en seguir aparentando, y dado que todos parecían estar de acuerdo en que debía estar con ella, partió a buscarla. Había aguantado y dejado pasar tanto tiempo que a penas si recordaba cómo actuar, cómo hablarle; pero de todos modos, cada vez que la veía, le parecía conocerla como si fuese una parte de él. Temblaba de pies a cabeza, pero nunca había sentido tanta dicha como en el momento en que sus ojos la encontraron en la distancia. Se acercó a ella, ejerciendo sumo control sobre si mismo, pero sus esperanzas poco a poco fueron desmoronándose, para terminar hechas trizas. La joven de inusual belleza que tenía en frente era sin duda la misma que llevaba viendo en su imaginación, y al mismo tiempo, no podía ser ella. Esta carecía de la chispa de vida que le había enamorado la vez que la conoció. Esta estaba muerta, y sin embargo la veía ahí de pie, moviéndose y fingiendo respirar.

Él no pudo soportarlo. Enloqueció, traicionado como se sentía, y se dejó llevar por la ira. Él...—
Su voz se quebró; y quién sabe de dónde halló fuerzas para continuar. —La maté, Robin. Y nada importó su encanto, o su fuerza, o lo rápido que pudiese correr. Le di caza y la destrocé como se podría hacer con la más valiosa de las muñecas de porcelana. Creía... Pensé que, al fin y al cabo, me tocaría verla la vez siguiente, como ocurrió tantas otras veces. Me pareció estar haciéndole un favor, estar facilitando las cosas. Me dije: Morirás y la próxima vez que abras los ojos ella estará a tu lado, como debió haber sido desde el principio. Pero aquí sigo, más de ciento cincuenta años después.

Se quedó en silencio, su cuerpo sacudiéndose involuntariamente. No le diría a su nieta que había intentado morir cientos de veces, sólo para volver a empezar; pero que nada le había resultado. No le diría había peleado cada pequeña guerra con un vigor que dejaba claro que poco le importaba no ver el amanecer del día siguiente. Se volvió un inepto; pero eso Robin lo sabía, pues se habían asegurado de gritarlo a los cuatro vientos. Paul nunca volvió a ser el mismo, y por mucho que quisiese retomar sus actividades anteriores; enmendar las cosas con Penny y con su hija, se le hizo imposible. Todo perdido el sentido, su alma se había desgarrado y él ya no tenía nada que hacer. Trató de fingir que las cosas iban como antes, lo hizo siempre, pero jamás lo perdonaron. Hasta su hija le culpaba de arruinar a su familia; y también de haberse arruinado el mismo por una insensatez.

La suave voz de Robin espantó las pesadillas que le acosaban. Había tomado su mano, brindándole su apoyo y ¿qué decía? —Abuelo, deja de torturarte. Han pasado muchísimos años y veo que sigues sufriendo como los primeros días. Yo creo que te equivocas. No podía ser ella la mujer que habías amado tantas otras veces antes. Alguien que se vende a la inmortalidad no pudo haber sido digna de ti. Merecías algo mucho mejor— Ella sonrió cálidamente, deseando desde lo más profundo de su ser poder reconfortar a Paul. Pero sus palabras tuvieron el efecto contrario. Él sabía que lo que decía Robin era mentira; pero acababa de enterarse de otra cosa que terminó de helarle la sangre.

La esencia de su nieta era la misma que, mucho tiempo atrás, le había hecho enfermar de amor cada vez. Era su Robin, lo sabía con la misma seguridad con que sabemos que a toda noche le sigue un día, pero ella no parecía recordar. Para ella, no había relación alguna entre la historia que acababa de oír y la suya propia. Le habían concedido una nueva oportunidad, a salvo de cualquiera que antes pudo haberla dañado, y Paul se había condenado solito a pagar por sus errores. Para él no habría un nuevo comienzo.”


Regresó bruscamente a la realidad. Una en donde apenas había pasado un par de segundos desde que por primera vez posó su mirada en ella. Sólo que ahora no parecía haber amor en sus ojos; y si lo había, estaba bien oculto bajo el miedo, la desesperanza y la determinación. Sus destinos, hasta entonces habían estado unidos, separándose y volviéndose a encontrar caprichosamente, casi al azar. Pero él había visto el final, y no era lo suficiente fuerte ni valiente para aceptarlo. Era demasiado egoísta como para entregarla a alguien más. Debía alejarse de Robin, fingir olvidarla y dedicarse a lo que ahora tenía en las manos; su hija, Maddie, y Penny. Quizás no volviese a verla en esa vida, pero así se aseguraba de mantener su destino junto al de ella.

Con todo, el sentimiento que ardía en su interior seguía intacto, aunque ya no era una sólo la dulce necesidad del futuro que se les ofrecía, sino que estaba la amargura de saber que no podría tenerla sin hacerle daño, ni condenarse a una vida de arrepentimiento; sin ella. Qué irónico.

Apretó los labios y de todos modos tuvo que esforzarse por evitar abalanzarse sobre ella para besarla, al mirar su rostro, al fijarse en su sonrisa. Autocontrol. Y uno excelente, para qué negarlo; ¿quién se lo hubiese esperado de aquel tipo imprudente, bruto e impetuoso? Paul se irguió lo más que pudo y escondió cualquier signo de expresión en su rostro. Sólo su mandíbula en tensión delataba lo mucho que aquello le estaba costando, pero con un poco de suerte, nadie lo notaría. ¿Qué quería? Muchas cosas, y parecía que no podría tener ninguna de ellas. Señaló los arreglos de la derecha. —El del perro de peluche— No sabía si los globos le llamarían la atención a su hija, pero de todos modos podría probar suerte llevando un par, aunque no de la florería. —Y un ramo de rosas; el que tenga más espinas.— Sonrió, debatiéndose entre la malicia y la amargura. Un gesto de bastante mal gusto, considerando que su comentario difícilmente podría considerarse gracioso, y que aquella mueca en sus labios distaba bastante de ser una sonrisa.

Ella se limitó a hacer su trabajo, y Paul siguió su rol de cliente ordinario al pie de la letra. Excepto por una cosa; al momento de pagar, piel encontró piel y cualquier defensa que él pudo haber levantado se derrumbó, dejando al desnudo aquel torrente de emociones que le envolvía, amenazando con quitarle la cordura. Si ella se dio cuenta, él jamás lo sabría, por muy intensa que fuese la manera en que clavase sus ojos en ella. Soy tuyo, y siempre lo seré. Pero no me puedo permitir tenerte, su alma parecía desgarrarse al pronunciar esa frase; pero lo que dijeron sus labios fue muy diferente, sin atisbo de vida: —Guarda el cambio.— Cogió todas sus cosas y se dio el tiempo de una última palabra antes de voltear. —Cuídate— Los deseos de su vida entera se plasmaban ahí, tan fervientes que se hubiesen tatuado a fuego en cualquier persona. Apretó los labios y dio media vuelta, deseando no tener que encontrarse nunca más con ella. Y más que eso, deseaba que ella pensara que era un idiota que no valía la pena. Así todo estaría bien.


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